Marcela Arza

Clotis

Fuimos en el 504. Paramos en un semáforo, “Albóndigas frescas y despampanantes”, decía el cartel de la rotisería. La vi a mi mamá a través de la ventanilla del auto. Estaba sin gestos. Era un cuerpo de trapo, sin gestos. Mi papá empezó a silbar y que nosotras adivinemos qué canción es. Siempre hacía eso de animar a todos. Siempre quería caer bien y que todo esté bien. Pero no dijimos nada y se quedó callado.  Me caía bien mi papá, pero a veces me daba pena. 

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Marcela Inda

Irau

Pueblo situado en el Pirineo, o eso se cree. De acceso remoto. Esto es: para llegar, hay que ponerle mucha, pero mucha voluntad. 

Su geografía: pequeñísimo valle rodeado de montañas, no le faltan ríos, cascaditas, sitios de ensueño. En el invierno hace un frío que pela, y el verano es escaso, como suspiro de yuppie. El otoño es generoso en colores, y la primavera en setas. No hay mapas detallados del lugar, ni carreteras cercanas, ni estaciones de servicio. Nada facilita el acercarse, y mucho menos el arribar.

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Victoria Sarchi

El humo

Sacate todo hasta quedar vacía, me decía amablemente, pero no me fue tan fácil. Era un manojo de contradicciones y… ¡cómo cansa ser una persona insegura! Es algo extremadamente agotador porque la calma que se siente al tomar “la decisión” aparentemente deseada es efímera, es después un ir y venir, un vaivén angustioso porque esa “paz” obtenida se esfuma cuando aparece la duda y con la duda, otra duda y se empieza a caer en un espiral interminable de vacilaciones hasta que la calma vuelve cuando se sostiene nuevamente una decisión, al menos por un rato, así funciono yo, perdiendo y ganando al mismo tiempo y de a ratos.

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Invitadx

Le dolían

Por Tato Cayón

Caminó por el centro ida y vuelta unas cuantas veces. “¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?”, era lo único que se preguntaba. Si abría la boca, le salían esas palabras a borbotones, y si se quedaba en silencio, la pregunta era un martillito golpeando por dentro, incesantemente. Ese día le dolían los dedos. Le dolían, hinchados, a punto de explotar. Le dolían tanto las manos, ¡tanto! , que sin pensarlo, las cerraba en puño, como si así le pudiera dar unas cuantas trompadas a la vida. Es que la vida estaba siendo muy poco amable con su cuerpo. 

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Marcela Inda

Reposera

Embadurnada con protector cincuenta, así toda pegajosa y medio blancuzca, se puso un vestidito sobre la malla, metió el termo en el bolso, miró alrededor. El sombrero, las gafas. Ah, sí, las botellitas de agua del freezer. Se las llevaba así congeladas y le duraban toda la tarde. ¿Qué más? Agarró la mejor reposera, bajó las persianas, y salió. La casita que habían alquilado ese año estaba a sólo cuatro cuadras de la playa, tenía hasta un jardín y una parrillita. Hermosa. Un pino en el patio daba una sombra que se agradecía en el sopor de la siesta. Le iba a preguntar a la dueña si también la alquilaban fuera de temporada, sí. Cerró la tranquerita, y rumbeó con sus bártulos, que ahora no podía evitar que le parecieran poquitísimos, bajo el sol de las cuatro, que decían que no era tan malo como el de las tres. 

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Victoria Sarchi

Rebelión

La insolencia en su mirada era preocupante, se veía el desafío que proponían sus ojos aún estando de espaldas, el sol le volvía el pelo atado en una cola de caballo todavía más dorado y mientras miraba el exterior apoyada en la mesada por la ventana de la cocina, pergeñaba incesantemente como iba a hacer para huir de aquella casa de veraneo que supo ser un paraíso repleto de aventuras al comienzo de la temporada y que ahora se había convertido en un páramo aburrido y carente de atractivo.

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Marcela Inda

Enamorada

Siempre fue excesiva en el amor. De ahogar las plantas, por temor a que les falte agua, de ese estilo. Y a la gente, no sé por qué, le da pavura el ser amada en exceso, se suele sentir asfixiada y entonces le huían, y sufrió durante años las consecuencias de esos deleites de un instante que se transformaban en un dolor de entrañas de la noche a la mañana. 

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Victoria Sarchi

Tóxico

La sangre tiene efervescencia cuando lo miro, recorre todo con tanto hervor que tengo que cerrar los ojos para no explotar en mil pedazos y quedar desmembrada contra las paredes blancas. Es que creo que ya tengo enfermas hasta las células de tanto desearlo, el citoplasma, la membrana plasmática y creo que hasta las moléculas se desquician porque quieren su adn y rechazan el mío a cada rato, a cada instante, a cada segundo.

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