Marcela Arza

Mi primer amor

Uno de los últimos días de enero en Gesell. El día más caluroso del mes. El sol a pleno sobre las canchas de voley. Churros, barquillos y “lloren chicos lloren”. Mi viejo en la orilla habla con Eduardo. Se lo ve efusivo en lo que charlan. El puño de su mano lo demuestra. Mi vieja está sentada, leyendo uno de Stephen King. Tan fanática, que leía de 15 a 20 libros al mes. 

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Marcela Inda

Una de terror

El mundo está al revés. Ya nadie lo duda. Abro los ojos y es pesadilla. El día es pesadilla, todas sus noticias parecen un mal sueño, tienen el tinte de lo que buscaría un morboso en una película de terror. Porque, digo yo, ¿a quién le quedan ganas de mirar una de miedo, después de leer el diario? El horror es real, la realidad supera la ficción. 

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Victoria Sarchi

La sobremesa

Fue incómoda, lo que parecía que iba a ser una cosa alegre no lo fue y yo creo que nos sorprendió a todos. Ni mi padre, ni su novia, ni mi hermano, ni yo esperábamos lo que finalmente pasó. La sobremesa estaba siendo de lo más tirante, y no había forma de cortar esa soga de la que nos habíamos colgado y que nos mantenía a todos malhumorados y con ganas de hacernos sentir mal unos a otros.

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Marcela Arza

Los Narcos

Lo dijo bien claro: O te vas o te hacemos concha. Nancy apenas frunció el ceño de miedo. Sus ojos no quisieron verle la cara. Vos no eras así, salió decirle. Matias  le clavó la mirada y se le fue con el cuerpo hacia ella. No seas boluda, le dijo con sinceridad elocuente. Su piel se erizó al descubrir que el niño que había cuidado hasta la adolescencia, le estaba diciendo que se vaya del pueblo. Se paró al lado de ella, sacó un cigarrillo y lo prendió. La ruta estaba vacía. La brisa de un verano otoñal. El auto de Matias, rojo Peugeot con las luces bajas, puesto de frente al Duna blanco, ambos brillando bajo el sol del pleno atardecer. 

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Marcela Inda

E.

E. nació al mediodía, el día más caluroso del verano más seco en décadas. Hacía un calor que se caían los pájaros, comentó M., la vecina, a esta cronista. Su madre casi muere deshidratada, y no lo hizo porque tenía otros niños que criar, no pudo soltar amarras. Y claro que, no mucho después, se arrepintió de no haberlo hecho, pero ya era tarde, porque después de E. vinieron tres niños más, y no había tiempo para lamentos. 

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Victoria Sarchi

Copacabana

Caminábamos por la rambla mirando hacia la playa, había una bruma sobre el agua que lo hacía todo más especial, ya estaba cayendo la tarde y buscábamos un puestito en la playa para tomar cachaça, el viento caliente y pesado nos peinaba bien, nuestra gran preocupación era a dónde íbamos a bailar esa noche y así andábamos, enérgicas sobre las famosas baldosas onduladas negras y blancas de la playa de Copacabana. 

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Marcela Arza

Y así, un sábado más en Ramos

Fumamos porro en las vías. La china y yo. Hablamos de la existencia y sus múltiples posibilidades. Habíamos visto la película Efecto mariposa. Alto flash, decía la china, con sus ojos chinitos y su boca hinchada que algo le había dado una reacción alérgica. Alto flash, decía.  Cualquier mínimo movimiento cambia la realidad. Somos posibilidades mínimas todo el tiempo. Somos lo mínimo que hacemos. ¡Somos nada!, gritaba al eco de las vías de Brandsen. De una casa nos chistaron, asi que nos fuimos. Dejamos la botella vacía en el huequito al lado de la red. La enterramos con las colillas de cigarro de esa noche. 

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Victoria Sarchi

La menor

Puso sus dos pulgares en cada uno de mis ganglios del cuello y me dijo, respira y larga el aire despacio. A mí me daba un poco de nervios pero siempre hacía todo lo que me decía. Ella era algo así como la dueña de mi voluntad porque yo no quería más que agradarle todo el tiempo y por eso le decía que sí a todo. Me estaba entregando ciegamente al “juego del desmayo”, me había puesto en sus manos para divertirla, para ser por un rato parte de su mundo, mundo del que toda hermana menor quiere ser parte, un mundo que se le retacea la mayor parte del tiempo.

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Marcela Arza

Disfraz de felicidad

Se estira la carne. La estiro a golpes, con el martillo. Martillo que me regaló tu mamá para mi cumpleaños pasado. ¿A quién se le ocurre regalar un martillo que aplasta, golpea y machuca la carne? A mi suegra. A tu mamá. A la herencia que le vamos a dejar a nuestros hijos. O a nuestros gatos. A lo que sea que tengamos de valor, le dejamos una mujer que regala armas “de cocina” a su cuidado. Ese sentimiento. “Arma de cocina” cuidando nuestro futuro. 

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