Marcela Arza

Disfraz de felicidad

Se estira la carne. La estiro a golpes, con el martillo. Martillo que me regaló tu mamá para mi cumpleaños pasado. ¿A quién se le ocurre regalar un martillo que aplasta, golpea y machuca la carne? A mi suegra. A tu mamá. A la herencia que le vamos a dejar a nuestros hijos. O a nuestros gatos. A lo que sea que tengamos de valor, le dejamos una mujer que regala armas “de cocina” a su cuidado. Ese sentimiento. “Arma de cocina” cuidando nuestro futuro. 

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Marcela Inda

La tarde fue una fiesta

Miré alrededor. Parecía Kabul. Empecé por los almohadones, que habían sido bombas de una batalla campal. Y cada uno volvió a su lugar en los sillones. También las mantas, que fueron techos de casas, refugios y cuevas. El taburete del piano, que había bailado hasta la otra punta del cuarto. Los cucharones de madera, que supieron ser varitas de Harry Potter volvieron decepcionados a la cocina. 

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Victoria Sarchi

Pasajera

Estuve muy triste, dije con la voz un poco quebrada y el decirlo trajo de nuevo esa sensación de angustia inacabable por unos segundos. Recordé las persianas de mi luminoso living completamente bajas y la bronca que me daba ver como, aunque las cerrara  con fuerza, se colaban irreverentes los rayos del sol dándole un poco de luz al pozo negro en el que quería refugiarme. Ver todo y a todos en color sepia, sin gracia, sin color, sin atractivo, sin ningún tipo de entusiasmo. Me empeñe en no llorar pero no pude, la memoria de mi amiga sacándome el buzo y la remera de manga larga en pleno mes de enero me deshizo, recordé sus manos pasando crema en mis codos resecos y desenredando mi pelo como a una niña pequeña.

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Marcela Arza

La vecina de arriba

Se mudó hace un mes. Nuestro primer contacto fue un domingo por la mañana. Tocó el timbre mientras yo dormía. Tenía tanto sueño que no me levanté a atenderle. Al rato, y con el mal humor que me producen los ruidos del edificio, y que no haya un solo día sin poder dormir hasta el mediodía, me levanté de la cama. Le di de comer al Chino, me preparé el café y le imprimí una buena onda a la mañana. Salí al patio con la taza caliente y escucho: Hola vecina. Tomada por sorpresa, miro hacia arriba y una cabeza llena de rulos me sonríe. 

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Marcela Inda

Eclipse de ballena

Miraba el horizonte con una tristeza infinita. Con esa mezcla de desasosiego y detención que le había tomado el cuerpo y el alma hacía meses. La muerte había entrado en su almanaque, le había magreado las carnes y silenciado el cerebro. Una inyección de nada. Esa era su sensación. La nada palpable en el cuerpo. Y ahí estaba, parada frente a ese mar inmenso, azul, brillante. El cielo despejado, transparente, era casi una burla. Y el viento. El viento que soplaba con una fuerza descomunal, como si intentara sacudirla, despertarla.

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Victoria Sarchi

Ideal

El estruendo en el piso la asustó. Fue instintivo cerrar los ojos. Automático. El plato de aluminio quedó resonando en el espacio por un rato. De a poco fue descomprimiendo la fuerza que usaba para no mirar y su cara se relajó, siguió con los ojos cerrados por un momento. Los mantuvo así hasta terminar de tragar las ganas que también le daban a ella de revolear cada cosa que había sobre la mesa de la cocina. El vaso plástico con agua, el mantel individual, los juguetes didácticos que lo ocupaban todo. Escuchó el repicar del tenedor plástico contra la mesa de madera varias veces pero seguía sin ver. Tiene ritmo, pensó. Quizá haga música como papá, y esbozó una pequeña sonrisa.

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Marcela Arza

Las Coristas

Habitación del hotel “El paso”, en Comandante Andresito, Misiones. Una cama matrimonial, de sábanas desarregladas; un modular llovido de vidrios rotos del espejo de la pared; dos valijas y un bolso. La puerta de entrada se encuentra al lado de la ventana que da a la playa del estacionamiento del hotel. El baño en suite con la luz encendida. Es una mañana otoñal. Un cielo blanco se entredeja ver.  Dolores, con el maquillaje corrido y un vestido apenas manchado de alcohol y sangre, mira hacia afuera por la ventana con el brazo extendido al picaporte de la puerta. En guardia. Sol tirada en el piso, boca abajo. Las lentejuelas de su vestido, ya no brillan tanto.

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Marcela Inda

Espero

Espero que la máquina se reinicie. El cosito da vueltas, ella está “pensando”. Eso nos dicen para que la respetemos un poco, o para que nos banquemos la espera. Esa, que es una de las tantísimas pequeñas esperas de hoy. Espero que el agua se caliente. Espero que el baño se desocupe. Espero que hoy no haga frío. Espero haber acertado con el abrigo. Espero el bondi. Espero que esté vacío y me pueda sentar. Me siento y espero. Espero encontrar el lugar. Toco timbre y espero. Espero en la cola para ser atendida. Espero mi turno. Espero que me toque una persona habilidosa, y que sea rápido e indoloro. Espero terminar pronto. Espero el resultado. 

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Victoria Sarchi

Esquivo

Hay un no sé qué en esa mirada que no me gusta. Algo esquivo, algo inquieto, algo que no llego a ver pero que está, que subyace, algo que intuyo que pronto se va a hacer carne. Lo miro mientras recorre la habitación desabrochando su camisa y deja desnudo ante mis ojos su torso fibroso. Me acercaría, porque siempre me atrae su piel al aire libre, pero hay una barrera invisible que me contiene. ¿Todo bien? pregunto lo más casual que me sale, , responde apenas moviendo los labios.

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