Marcela Arza

Pésima idea

Te acompaño hasta la esquina. Nos miramos, nos abrazamos corto y fuerte y me decís: te voy a estar esperando. Te aprieto el mentón y te digo que fuiste lo más hermoso del último tiempo. Me doy vuelta y sin mirar atrás, camino apretando la cara para no llorar. Llego al departamento, me cambio y meto la ropa que había dejado secar, en la valija. Reviso el baño, la cocina.

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Marcela Inda

Mareo

A veces la vida te pega un mareo…  No controlamos nada, es así.

Así le pasó, por ejemplo, a la chica Almodóvar que conocí el otro día. (Sí, esas cosas también pasan). Asistí sin pestañear a la función. Fue un espectáculo, como todos los buenos, irrepetible. Un despliegue maravilloso de hipérboles. 

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Victoria Sarchi

Las casas

Mi primera casa no es un recuerdo mío. Es un recuerdo de otros, para ser más exacta es el recuerdo de mi madre, de mi padre y de mi hermana mayor. Todos los que vinimos después, creemos que nos acordamos de algo pero no es verdad. Calle Hipólito Yrigoyen entre Luis Sáenz Peña y Virrey Cevallos. Congreso. De afuera sé cuál es, un edificio rojo, muy rojo, sí, tiene tanto rojo que parece un ladrillo gigante. Está exactamente en la mitad de la cuadra. Y durante muchos años de mi adolescencia le pasé por enfrente sabiendo que ahí empezó todo pero no lo construyo desde adentro. Intento, porque me jacto de que tengo mucha memoria. 

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Marcela Inda

Lo que hago sin darme cuenta

Lo que hago sin darme cuenta

Alguien me dijo: 

-Me encanta escucharte cantar. 

Y me sorprendió. Porque yo no estaba en un escenario, frente a un micrófono o rascando la guitarra en modo fogón. Tampoco estaba bajo la ducha entregada al público invisible de los baños cotidianos. No, nada de eso. Simplemente estaba trabajando, llevando cosas de un lado a otro, en un mecánico ir y venir, vaya a una a saber por dónde iban mis pensamientos. Y se ve que mi voz recorría el lugar con alguna melodía. Sin darme cuenta.

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Victoria Sarchi

El plateado

Las alpargatas azules con suela de arpillera ya están completamente empapadas. El agua salada le sobrepasa los tobillos y sube lenta pero constante a taparle las piernas. La niebla no lo deja ver lejos, lo envuelve entre sus brazos invisibles y en cada respiración lleva humedad a sus pulmones. Varias cosas salieron mal esta mañana. Para empezar el sol apenas se mostró y él confiaba en su presencia para el abrigo. Pero eso no fue lo primero que falló.

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Marcela Arza

Detalle

Ya se habían ido todos. El eco del bullicio seguía como constante a pesar de la casa vacía. Le pregunte si quería café, y apenas hizo gesto y se desplomó en la silla, con el cansancio de una vida entera. No podía decirle nada. El nudo en la garganta asesina los tímpanos, cuando no hay más nada que hacer, que solo tomar un café. Me senté al lado de ella, le agregue dos de azúcar y prendí un pucho. Había algunos vasos sobre el modular, marcado de un labial violeta. No recordaba quién había estado con ese color en la boca. Tampoco recordaba bien, quién había estado. Como que el día había pasado, da igual si latimos o no. 

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Marcela Inda

Crónica de un sendero

Hay ausencias que piden una disculpa. Hay silencios de los que esperamos explicación. Y hay caminos que merecen un relato. 

Resulta que una nueva tarea me lleva al corazón del Goierri, a un rinconcito verde, muy verde, en el límite entre Gipúzkoa y Navarra. Ataun mítico, euskaldun, de cuento. Y me prestan una bici, hermosa, con canasto y todo, para poder llegar, y, sobre todo, para poder volver, porque el transporte público no se caracteriza por su frecuencia. 

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Victoria Sarchi

Minado

Ahora es el momento de tener cuidado, extremo cuidado, pensaba Urriaga mientras, al mismo tiempo, se le caían y congelaban los mocos, justo antes de tocarle los labios. El viento austral, gélido y bravío le cacheteaba la cara una y otra vez, y tan fuerte lo hacía que le ralentizaba las ideas. Había garuado finísimo toda la noche y aunque a los ojos era imperceptible, el agua, lo había embarrado absolutamente todo. Cada paso era una posible caída, los borcegos gastados de Urriaga ya no se aferraban a nada y eso hacía la situación todavía más límite de lo que ya era.

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Victoria Sarchi

¡Shhh!

Ya es mucha ausencia de ruido, por mucho tiempo, por muchos ratos, por muchas horas, minutos, segundos. Ruido quiero, puro ruido, del más básico, sencillo y berreta. Si hasta una chapita de botella cayendo sería suficiente. Algo que inunde, algo que llene, algo que suene luminoso, porque el silencio oscurece, es como un ciego reciente. Y soy un ciego que busca desesperadamente, con las manos temblorosas, el interruptor que enciende la bombita de luz en medio de la oscuridad total pero no la encuentra. No se lo ve al silencio con los ojos, como tampoco se lo puede ver al viento pero igual nos toca, nos roza, nos despeina.

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