Marcela Inda

Elkar/Entre

Le hizo un lugar. Se corrió un poquito, no mucho. Y es que quería tenerlo cerca, sentir esa cercanía, su temperatura, sus sonidos involuntarios, su ir y venir cotidiano, su vivir ahí, al lado. 

Si le dejaba mucho lugar, demasiado, entonces sería como alejarse. O desaparecer, dejar de ser ella.

Si quisiera ella ocuparlo todo, ser sólo ella, respirarse todo el aire, entonces él no tendría cómo vivir ahí.

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Victoria Sarchi

Pirañas

Pateó rabiosamente lejos un cascote de piedra con la punta del dedo gordo y aunque no hizo ningún gesto con su cara se podía entrever que le dolía. La humillación del arrebato, del forcejeo, del despojo de lo propio… también dolía el dolor físico en su pie, me imaginaba al verlo como a la sangre le estaría costando circular por su dedo gordo y le dolía pero menos, mucho menos, se notaba en sus labios trémulos que lo que más le dolía era la violencia, la suya y la de los otros. Los ojos los tenía en un estado bastante border, no decidían si inyectarse en sangre de la bronca o si dejar salir lágrimas de angustia. Yo miraba todo desde la parada del colectivo y no hice nada, ninguno de los que estábamos en la fila hicimos nada. 

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Marcela Inda

Ya no le temo a los murciélagos

Pánico les tenía. Era de esas cuestiones irracionales. E incontrolables. Ver (o intuir) uno aparecer y bloquearme. Ser capaz de meterme debajo de una mesa, como una niña pequeña, taparme la cabeza con las manos como si eso equivaliera a desaparecer, y no salir hasta asegurarme de que el asunto estaba controlado, o sea, hasta estar cien por ciento segura de que el bicho inmundo había sido expulsado del recinto (y/o muerto in situ).

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Victoria Sarchi

Providencia

Le pedí. Le pedí a la divina providencia un tiempo extra. Un regalo. Hinqué a mi alma, la puse de rodillas y le rogué con entera franqueza que me diera más tiempo, más momentos, más instantes de esos juntos. Yo, entera, era un enigma emocional sin resolver. Y no podía soportar la incertidumbre de su ausencia. La evolución de las cosas sin su presencia corpórea era una imagen que se hacía insoportable. 

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Marcela Arza

En mi casa

La nariz alargada, con la pera redondita. Nariz alargada y grande. Boca de labios finos. Está observando directo la puerta. Su torso, apenas, fantasea un brazo. La cortina de caireles ahí ya no me deja ver, la descuelgo y la apoyo en la cama.

 ¿Cómo no lo vi antes? ¿Cómo vivir con esa imagen sobre la puerta? Es tan real la cara, que me asusto y me subo a la escalera y con cepillo y lavandina, a las 3 de la mañana, rasqueteo la pared. 

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Marcela Inda

Ese domingo

Se sentó.

Había elegido un ángulo que le permitía junar su puerta sin esfuerzo, como quien no quiere la cosa. No se lo confesaba, pero sus tripas le hacían hacer cosas que consideraba reprobables en otros. Como ese domingo. Que se las arregló para encontrar una excusa y sentarse casi frente a su puerta. En ángulo. En ángulo perfecto.

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Victoria Sarchi

Un adiós imposible

No tengo ganas de mirar a nadie, ni de empezar ninguna conversación, ni de cruzar una sonrisa, o un comentario, nada. Quiero que me traten como si fuera invisible, inexistente, como una sombra confusa. Lo que quiero ahora es no importar, que no me tengan pena o piedad, ojalá no estuviera acá. Pero mis deseos no son escuchados y estoy siendo apabullado con abrazos, cacheteado con caricias y ensordecido con sentidos pésames. 

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Marcela Arza

Rosal esquelético

Abriste la ventana del living y todo se volvió de un naranja melancólico. Un instante de pasado, bajo mis Nikes verde fluorescente. Seguiste para las habitaciones del fondo. Abrías maderas que crujían, luces destellantes, en lo que había sido el Caserón de Caseros. Lo único que había, era el sillón de tres cuerpos cubierto con las frazadas de invierno. Las frazadas de invierno a cuadros en tonos verdes y azules. Las mismas de siempre.  Las usábamos tres meses y las guardábamos en el placard de arriba, como reliquias. Las lavábamos a mano, al sol de la mañana y las guardábamos dobladas y correctas. Las mismas frazadas de invierno de siempre.

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Marcela Inda

Descafeinado

Unos segundos antes de que suene el despertador Eric abrió los dos ojos con obediencia civil, sin pereza. Desactivó la alarma, se puso en pie. Sin hacer el menor ruido, para no molestarla, dejó el lecho y se dirigió al baño. Se higienizó con pericia y tomó su primer antiácido del día, junto con otras píldoras de colores que prometían activar sus sistemas y mantenerlo alerta. Sus prendas planchadas, nuevísimas, lo esperaban en el vestidor. Chequeó: llaves, teléfono, mascarilla. Al pasar junto a la puerta, se desinfectó las manos en el dispenser y salió.

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