Marcela Inda

Enamorada

Siempre fue excesiva en el amor. De ahogar las plantas, por temor a que les falte agua, de ese estilo. Y a la gente, no sé por qué, le da pavura el ser amada en exceso, se suele sentir asfixiada y entonces le huían, y sufrió durante años las consecuencias de esos deleites de un instante que se transformaban en un dolor de entrañas de la noche a la mañana. 

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Victoria Sarchi

Tóxico

La sangre tiene efervescencia cuando lo miro, recorre todo con tanto hervor que tengo que cerrar los ojos para no explotar en mil pedazos y quedar desmembrada contra las paredes blancas. Es que creo que ya tengo enfermas hasta las células de tanto desearlo, el citoplasma, la membrana plasmática y creo que hasta las moléculas se desquician porque quieren su adn y rechazan el mío a cada rato, a cada instante, a cada segundo.

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Invitadx

Mil maneras de perder

Por Lucía Tirone

Estoy en mi baño contemplando los relieves de mi rostro. Las veo a ellas, mis ojeras, el maquillaje permanente que visten mis ojos. Un color purpúreo, un pigmento borgoñés que quiero que desaparezca. Me amargo profundamente de sólo notarlas. Están conmigo de día y de noche. Las compañeras más fieles que tengo. Desearía que también me abandonaran. Ya está, es el momento, tengo que dejar de tomar. Llegó la hora de romper mi más fuerte y duradero compromiso. Mi compromiso con el alcohol.

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Invitadx, Pecados Capitales

Pereza

Por Valeria Di Toto

Quiero pensar que no va a pasar lo mismo de siempre, aunque nada estaría demostrando lo contrario. Otra vez el mismo cuadro, yo en la cama, yo en la cama con un paquete de oreo, yo en la cama con un paquete de oreo y con un rollo de papel higiénico (porque las carilinas nunca me alcanzan y me da fiaca levantarme). Yo en la cama un viernes a la noche cayendo.

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Marcela Arza, Pecados Capitales

Lujuria

Rebotamos contra las paredes. Me raspaban los ladrillos en ardor y tus manos me tironeaban el pelo. Cerré la puerta del baño y entramos. Te arrinconé en el vértice de la pared. Agarré tu cara como copa de agua en un desierto. Nos besamos a lengua viva toda la piel que podíamos. Entró alguien y simulaste un silencio pero yo seguía. Te desabroché el pantalón apretando la boca para contenerme y subí mi vestido. Vos estabas atento y estiraste la mano para cerciorar la puerta. Te miré a los ojos y te vi ardiendo en el fondo, ahí donde dicen que si mirás ves el alma y me vi ardiendo en tu alma. Las paredes transpiraban como nuestras espaldas.

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Marcela Inda, Pecados Capitales

Gula

Siempre sospechaba de ellas. De ellas y de todos los que se incorporaban a la casa brindando alguna especie de servicio. Pero sobre todo de ellas. Porque eran las que más cerca estaban de sus pertenencias, las que pasaban más tiempo en la casa, las que sabían mucho más de lo que a ella le hubiera gustado. Un mal necesario. Pero, salvo a su marido, jamás lo confesaba, eso nunca. Sólo tomaba recaudos, como le gustaba decir. 

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Pecados Capitales, Victoria Sarchi

Soberbia

La boca ya se mueve sin sonido, pierde el hilo de las palabras que de allí salen, pone en mute lo que viene a sus oídos porque se resiste a escuchar, es un mecanismo que le sale en automático cuando tiene un otro enfrente que habla como si ella fuera un ser inanimado, sin sentimientos. Le pasa seguido. La creen más fuerte de lo que realmente es. Es una situación que se repite, como si cualquier persona pudiera decirle a la cara lo que piensa de ella sin importar herirla, con poca piedad, con ausente empatía.

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Invitadx, Pecados Capitales

Ira

Por Roberto Cappella

No puedo dejar de sentirlo. Un asqueroso gusto a metal baila espeso en mi boca. Siento el líquido áspero rasparme el paladar como una lija granulada. Oprime mis labios con violencia implorando una salida. Al mismo tiempo voy cayendo en una profundidad sorda. Como si me hundiera en el mar arrastrado hacia el fondo por una boca negra que me devora y traga hambrienta sin piedad. No me defiendo. No puedo. No pude. No tuve tiempo. Sólo caigo. No hay fondo. 

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Invitadx, Pecados Capitales

Envidia

Por Brenda Bonotto

Está enojada. Es temprano y quisiera no haberse tenido que levantar de la cama. Los sábados -ahora que dejó de asistir a las clases de pintura en Bellas Artes- son para dormir un rato más de lo normal. Le gusta haraganear sin ser vista ni interrumpida en ese momento de intimidad; quedarse en la cama observando cómo se dibujan las figuras de los árboles en la pared cuando la luz atraviesa las rendijas de la persiana, escuchar al pájaro que canta bicho feo. Pero hoy, en este preciso momento, los ojos le pesan demasiado y las manos le sudan, lo cual no suele sucederle muy a menudo. Está nerviosa, sí, pero no es exactamente ese el estado. Siente algo extraño: algo en las vísceras le indica que a partir de hoy tendrá que asumir una responsabilidad a raíz de todo esto que no sabe muy bien cuál es. Nadie logró explicarle muy bien hasta ahora de qué se trata o qué se espera de ella. 

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