Marcela Arza

Hakuna Matata

No hay palabras hoy.  

Quisiera ser canción, nomás. 

Un relato es un ordenamiento y acá no hay. No esperen. 

No se puede cambiar el pasado. Las flechitas del reloj sólo avanzan. Crueles. Despiadadas. Dictadoras de sentencia. ¡Que alguien las detenga por favor! ¡Que alguien les saque ese poder! 

Como Mufasa le dijo a Simba: olvidaste quién eres y así te olvidaste de mí. Recuerda quién eres, recuerda. Y el viento se lo lleva, se disipa entre estrellas que son antepasados. 

¿Dónde estás, mi cielo? ¿En qué nube te encuentro?  

Apenas pasó, el contestador automático llevaba un cassette con tu voz, tus palabras. Llamábamos todos los días para escucharte. Te comunicaste con el 654… y dejábamos sonar. Todas sabíamos que si sonaba, no se atendía. Usábamos el teléfono público del quiosco de la calle Brandsen. Todas queríamos ir a comprar para usar el teléfono de la calle Brandsen y llamar. Y escucharte. 

Hasta no sé cuándo, podía dibujar tu cara a ojos cerrados. Ahora no hay detalle ni trazos.

Mamá dice que le hablaste en el auto, en plena tormenta. Ella apenas había vuelto a manejar y diluviaba. Quedó la rueda atascada en un pozo y mamá no veía nada, no sabía qué hacer. Pero vos, con tu voz, le hablaste, la calmaste y ella siguió.

Cómo quisiera escucharte ahora y que me calmes.

Daría la vida por verte otra vez.

Me olvidé por completo y no hay palabras para eso.

Cuatro y veinticinco sentencian las flechas. ¿De día o de noche? ¿Importa?

Eran otras épocas. Tengo pocas fotos. Una brindando en navidad. Vos champagne y yo garrapiñadas. Otras, en Villa Gesell, en la playa. Me dijiste de hacer fotos en los médanos y los dos jugamos a modelar, hacer caras, tirarnos arena y sonreír. Nunca me gustaron las fotos. Pero esas sí. Vos sí.  

La campana fría. Los electroimanes solitarios. Las horas sin relieve están desprotegidas y mis dedos podrían lanzar las cuatro y media.

O las cinco. 

O las seis.

Podría ser Dios.

Pero no me atrevo. Aún no.

Ayer volviendo a casa, para mis adentros, dije: si estás, haceme señas, y al instante escucho silbar. ¿Eras vos? ¿Seguís acá? 

En el silencioso cadáver del tiempo ahí estás. Elíptico sueño que ya no despierta.

Tic-Tac. Tic-Tac. No hay palabras. 

¡Qué dolor ese parpadeo de horas! Eco de segundos que acribillan. ¡Que lo detengan por favor! ¡Que alguien lo pare!

Daría la vida por un instante con vos. Como el instante en que me la diste. Como el instante que te llevó. 

Y si fuésemos quietud que cree vivir, qué definición vaga tengo de eso.

Reina, lacayo y siervo, percepción de mi causa.

Soy la visión de un pasado. Lágrimas que lloran humedad. 

Calma, calma, corazón. Llorá tranquila. No hay palabras hoy. 

Que silben alto, que todo sea canción.

Silencio. La flecha apunta. 

¿Daría la vida por verte otra vez?

Como Simba a Mufasa: hay que ir a casa, papá. Volvamos. Y te muerdo la oreja para llevarte y moverte y sacarte.

Vamos, levántate.  

Hakuna matata. El reloj estalla.

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