Victoria Sarchi

La corteza

Su mano agarra con tanta fuerza el tronco del árbol que hace que este pierda poco a poco la corteza. Está en cuclillas, las puntas de los dedos de los pies se mantienen estoicas haciendo equilibrio. En la rama de abajo, Mary, su hermana menor sacude la cabeza y el flequillo largo que le tapa los ojos se mueve veloz hacia un lado y el otro. Shhh, quedate quieta, le dice apenas moviendo los labios. Está atardeciendo, el sol cae lento en el horizonte, se escucha el graznido de los cuervos que también, como las niñas, vuelan ávidos en busca de refugio.

El cuerpo se le empieza a entumecer, haberle dejado la rama más extensa a su hermanita, que entraría sentada perfectamente en el espacio en el que ella se encuentra enteramente doblada, empieza a parecerle una pésima idea pero ya están cerca del horario de la llegada del padre y bajar del pino para volver a subir, esta vez con Mary a la cabeza, ya no es una posibilidad. Es arriesgado. El plan podría verse estropeado por su incomodidad y por su poca inteligencia en cuanto a calcular espacios. Las piernas empiezan a temblarle. Mary levanta la cabeza y la mira expectante con sus ojos negros, llamativamente redondos, pero el tupido flequillo no alcanza para detener la corteza que los temblores de Ana hacen desprender de las ramas y le penetran de lleno. Ay, exclama la pequeña con franco dolor. Aguantá, dice Ana repetidas veces como todo el consuelo que encuentra mientras intenta enfocadamente controlar su cuerpo para no caerse. No veo, replica Mary. Quedate con los ojos cerrados, yo te aviso, responde Ana tratando de transmitirle calma a la pequeña. Se escucha lejano el sonido del caño de escape de una moto de mediano tamaño. Los músculos de Ana se endurecen de golpe, ya nada cae de las ramas, ésta se mantiene firme y tiesa como una estatua de mármol. El naranja del cielo es cada vez más intenso, las niñas tienen la trama del follaje del pino dibujada en sus caras.

La moto se siente cada vez más cerca y el ruido que sale del caño de escape se mezcla con el sollozo de Mary, quien se esfuerza muy valiente por llorar en silencio lo más que puede. La respiración de Ana se acorta. Siente miedo de caerse, miedo de su padre, miedo de que el llanto de Mary las delate… pero sabe que los jueves las palizas son más fuertes que de costumbre y que si esperan a que esté dormido para entrar a la casa, como no las ve, se evitan mucho dolor físico y hacen que se le olvide que existen hasta la mañana siguiente… Entonces se enoja menos por algunos días. El jueves pasado les funcionó… y acá están otra vez esperando la noche amarradas al pino. Fue Ana la que se dio cuenta de que lo mejor es mantenerse fuera de la vista de su padre el mayor tiempo posible, sobre todo los jueves, que le toca trabajar en la estancia y vuelve tan malhumorado que se crispa hasta por la mosca que entra cuando ella sale y se le olvida cerrar el mosquitero para darle de comer a Groncho, el perro policía de la casa. ¿Viene?, pregunta Mary dolorida. Sí, aguantá, responde Ana bajísimo. La moto se frena y ambas niñas con los ojos cerrados se hacen invisibles. Se escuchan los pasos del padre hasta el porsche de la casa, dos puertas que se abren y dos puertas que se cierran. Ambas se mantienen, inmóviles, completamente en silencio hasta que cae enteramente la noche… Recién ahí, Ana exhala un largo suspiro contenido y suelta un: Abrí ya, a su hermana. Mary inhala enérgica sus mocos con la nariz y abre, lentamente, sus ojos enrojecidos de tanto llanto y corteza.

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