Marcela Arza

La delicia de la unión

Jorge se empecina en observar y hablar con entusiasmo.

¡Qué nobleza el pisingallo! ¡La magia de la transformación, a través de una tapa Essen! ¡El vidrio empañado del vapor de lo intenso, del estallido de la renovación molecular! ¡Éxtasis entre aceite y centígrados! Nada muere. Todo se transforma. ¡Qué noble! ¡Escuchalos Mabel! ¡Escuchá la magia de lo intenso, de la vida en proceso constante! ¡Escuchá Mabel!

Mabel, se acerca con sus ojos expresivos de compasión, mezclada con una angustia de estreñimiento, y su dedo índice de la mano derecha, erguido con fuerza como depositario de todo lo que quiere pero no puede. 

Vamos a dar una vuelta, le dice ella. 

¿Sentís lo que yo siento, Mabel? 

Mabel suspira con los ojos. Su dedo índice se mueve sin control. Mabel lo sujeta con su otra mano pero el dedo impune activa su rebelión. 

¿Impresionante, no? Jorge abre sus ojos chiquitos y sus fosas nasales se ensanchan.

Los pochoclos golpean. Jorge deslumbrado observa la orquesta de maíz. Su boca semiabierta y sus manos atentas a la olla. Mabel apenas lo mira de reojo. Su dedo inquieto difícil de acallar, la obliga a alejarse de él y apoyar sus manos sobre la mesa. Los ojos chiquitos de Jorge se llenan de lágrimas. 

Los pochoclos cesan. Por unos segundos, el silencio de la tarde los invade. 

Abrupta, aparece la chicharra desgastada de calor, como si siempre hubiese estado ahí. Ambos la escuchan. Mabel se sienta en la silla de mimbre y aprieta su dedo contra otro de sus dedos. Sus huesos gritan. Jorge retira la tapa de la olla. Agarra una cuchara y revuelve los pochoclos, algunos caen sobre la cocina, pero uno, un sólo pochoclo, llega a caer al piso de mármol blanco brilloso. Jorge lo mira. En medio de la baldosa, con olor a Flores de primavera, el pochoclo, caliente, caído, mirándolo. 

Suenan las campanas del reloj del living de la casa. Los techos altos hacen el sonido del eco más intenso. Los pisos de madera absorben el volumen y lo devuelven con el aroma característico de los enero, en Salto. La chicharra desahuciada. Mabel parece achicarse en la silla con el paso de los segundos. Jorge apoya la mano sobre la cocina y con sumo cuidado, flexionando sus rodillas, se acerca al piso, al pochoclo en la baldosa. Mabel lo mira. Sus ojos se convierten en lo más inmenso de su cuerpo. Su espalda achicharrada y sus brazos que apenas llegan a la mesa. El reloj da doce campanadas, doce tiempos en donde Jorge sigue agachándose al pochoclo. Afuera la chicharra da un grito final, como si el calor de los 40 grados a la sombra terminara de aniquilarla. 

Jorge agarra el pochoclo. Ahora, a poner el caramelo, sentencia con voz grave y terrenal. 

La delicia de la unión, dice Mabel. 

Jorge la mira. Mabel se convirtió en dos ojos gigantes que pestañean. Debería irme, dice. Debería irme, ya. 

Jorge aprieta el pochoclo. Cenizas de pisingallo. Suena el timbre colorido, la casa se vuelve más grande y orgullosa. Se escucha, a lo lejos, abrirse la puerta. ¡Papá! Jorge se levanta. Las lágrimas empiezan a brotar de sus ojos. Trepa por la alacena apoyando sus manos con una fuerza que no tenía. 

Aparece con las llaves en la mano Mercedes y detrás de ella Damián. 

¿Papá, qué haces acá? ¿Por qué te fuiste? No te encontraba por ningún lado y no me atendés el teléfono. ¡Te llamo y no me atendés! ¿Para qué tenés teléfono si no me atendés? ¿Por qué te fuiste del hospital? Te vas y no me atendés. Nos dejaste solas… Mercedes se desploma en la silla de mimbre, donde estaba sentada Mabel. Llora sin disimulo. Igual, ya está. Ya no hay que ir más, dice con tristeza seca.  Damián se acerca y le acaricia la espalda. Jorge con lágrimas por todo su rostro, fija su atención en la olla. 

Estoy haciendo pochoclo. Falta el azúcar y ya está. La delicia de la unión.

Mercedes lo mira. Jorge tira el caramelo y lo revuelve. De pronto la casa se vuelve más chica, como si cada rayo de luz que entra por la persiana le quitara tamaño. El reloj, ya no tan lejos, apenas se escucha. Jorge agarra un puñado de pochoclos con caramelo y los coloca en un platito celeste de vidrio. Va hacia Mercedes, se agacha con ligereza, y apretándole el mentón con dulzura le da el platito de pochoclos. 

Voy a buscar… Y sin terminar de decir nada, Damián sale de la cocina. Jorge, arrodillado, le seca las lágrimas a su hija y le da un abrazo. 

Se fue mamá, dice. Se fue.  

La chicharra vuelve a gritar en un llanto de despedida, a ese patio, a lo que fue de esa casa, que poco a poco se vuelve más chica de tantos recuerdos. Tan fuerte es el abrazo, que pareciera que ambos quisieran implosionar sus cuerpos y ser de esas moléculas que se transforman. Como el pisingallo o como tal, el sonido de un reloj. La mano de Mercedes parece entrar en rebelión y el platito de pochoclos cae. Sus cuerpos se separan, se miran, empañados de llanto. 

¿Vamos a dar una vuelta?

Si, hija. Vamos.

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