Marcela Inda

Planta de interior

Qué chiquito y qué grande, el mundo.

Mirando el verde de la hoja del potus de mi cocina me fui de viaje. No sé por qué extraña sinapsis viajé a Ecuador, al verde-profundo-infinito de su selva. Fue hace unos seis años ya, un viaje hermoso, intenso, expansivo. Unos días nomás, pero unos días de inmersión total en esa humedad, en esa sinfonía de capas de sonidos-música, en esa superabundancia de vida.

Nos adentramos ahí donde no hay sendero, de día y de noche también. En la oscuridad más negra que vi en mi vida, donde un perezoso se mueve en cámara lenta, donde boas arborícolas me erizan la piel, donde arañas cazadoras tejen redes laboriosas cada vez. 

Se produce una rara mezcla de colores, sonidos y energías en un entorno natural cuando se infiltran unos turistas curiosos por lo virgen.

¿Nos entendemos? Hablamos, se supone, un mismo idioma. Pero las expresiones son distintas, y, sobre todo, son distintos los pre-supuestos, el desde dónde hablamos, lo que queremos cuando decimos, lo que nos representa ese otro diferente que nos sonríe con… ¿hospitalidad? ¿condescendencia? Tal vez automáticamente… ¿o auténticamente? Nos creemos cerca, pero no sé si existe tal cosa.

Klever se llama el guía. Vamos en la lanchita con él y con otro lugareño que de tan callado no tiene nombre. Tan al ras del agua, que la toco. Dicen que no, que no lo haga, que no se puede. Hay instrucciones precisas en este universo con leyes propias y absolutamente desconocidas. Ellos nos convidan algunas miguitas de ese conocimiento inmenso, supongo que lo mínimo indispensable como para que no metamos la pata y les traigamos inconvenientes. 

Una mañana me despierta un sonido demencial, como de un viento huracanado. Segura de que se viene un tifón o algo parecido, me asomo y, en toda la extrañeza de esa hora temprana, no siento una gota de viento. Todo está en calma. Mi cuerpo no entiende lo que percibe, no se corresponde. Son monos aulladores, me dicen ellos. Ah. Miro el verde que me señalan. Profundo-frondoso-infinito. No veo nada. Y nunca hubiera podido adivinar que eso que me llega como un estruendo de la naturaleza era producido por un animal, por un mono.

Klever y sus amigos hacen chistes que no entiendo y se ponen serios a veces con cuestiones nimias. Sus sentidos están ahí en su casa y perciben cosas que yo ni soñando… Escuchan y distinguen que ahí, en ese verde-frondoso-indescifrable, hay tal especie de mono con la misma claridad con que yo escucho silbar la pava y sé con certeza que el agua está a punto para el mate. 

Está el mate. Vuelvo al potus, al recorte, a mi cocina, a mi pequeño mundo. Qué pequeño es el mundo de cada quien. Y no hablo de los metros cuadrados de un departamento. Hablo de lo limitado de nuestra capacidad de percibir, siempre fragmento, siempre parcial, siempre recorte. Aunque yo elongue mi curiosidad, aunque mi deseo me lleve lejos, siempre mi mundo estará hecho de cachitos de mundo, de mundos. ¿Soy planta de interior y me sueño selva?

Dicen que la vida es la misma, ¿no? La que corre por la savia del potus, la que viaja por la sequoia de setenta metros de altura, la que me habita en las venas… ¿Es la misma?

Adentro mío, se miran, como mareadas, la intuición de la inmensidad, de lo infinito escondido, y mi necesidad de salir, de respirar, de desconocerme en los fragmentos de otros.

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Comentario sobre “Planta de interior

  1. Lea dice:

    ¡Qué maravilla! ¡Cuánta profundidad! El lenguaje, aunque el mismo y diferente a la vez, que nos identifica. Me encantó eso de que “de tan callado, no tiene nombre” Y lo que no tiene nombre, o no se manifiesta con el habla o sonido, no existe. El fragmento y el todo que nos habita. El pensamiento de lo cercano y lo lejano que nos ubica en la realidad y en el recuerdo. Reconocerse en las diferencias. Y mucho más… Excelente, Marcela.

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