Invitadx

She

Por Magui Funes

Cuando la vi por primera vez, me pasó desapercibida. Me pareció que podría ser cualquiera de las que atienden en los supermercados chinos de los barrios del conurbano.  No imaginaba lo que podrían hacer sus manos, esos dedos que no cuentan plata ni pasan comestibles por la caja registradora. 

Habla el castellano mejor que las supermercadistas, me mira atenta durante toda la consulta, con un interés que hace tiempo no siento en nadie de mi alrededor.  Y además, Ella no es china: la acupunturista de mis sueños es japonesa.

Acudí a la primera cita llena de emociones complejas, digestiones difíciles y malos hábitos de sueño. Pasaba noches en vigilia esperando a que llegara el sueño, o buscándolo a fuerza de imaginar cuentos que no escribía, discursos para contestar las barbaridades que le escuchaba a mi vecino macrista, o posibles posts para contrarrestar tanta burrada cibernética.

Ella es dedicada y atenta: escuchó mis roscas mentales, sin inmutarse, escribiendo en su cuadernito escolar en símbolos que no tienen pinta de menospreciar mis emociones; quiso saberlo todo de mí: mis deposiciones diarias con sus formas y cantidades; mis gustos alimentarios, mis hábitos cotidianos. Pero cuando me preguntó si prefería dulce o salado, mi mente disparó a elucubrar que estaría por invitarme a cenar: ¿qué tendría que ver eso con la acupuntura, o con el hecho de que no pudiera dormir? Comencé a dudar. Me puse nerviosa. Un sinfín de preguntas íntimas que se me antojaron una entrevista exhaustiva para buscar pareja: “Mejor que el Tinder”, pensé.  ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Deberíamos empezar así nuestras citas a ciegas, los nuevos intentos de estar con alguien: contestando un interrogatorio profundo de nuestras intimidades corporales y espirituales cotidianas. Estoy segura de que si algunas de mis ex hubieran sabido con quién se encontrarían realmente en el día a día, yo con mis malos humores matinales, mis arranques iracundos de soledad ferviente, mis desbarajustes en el orden alimentario y del hogar, habrían elegido simplemente no elegirme. Fin de la cuestión. Menos rollos de separaciones, celos y angustias matrimoniales. 

Divagando en esos vericuetos, algo avergonzada porque nunca me había fijado amorosamente en unos ojos rasgados, la escucho como de lejos -así como nos enseñan a imaginarnos esos momentos de lapsus en las películas- repitiendo una pregunta que me deja helada. Repite mi nombre para que le conteste, para que vuelva a ese espacio-tiempo. Me pregunta, nuevamente, por el aliento que tengo al despertar y no logro dilucidar si es ácido, salado o metálico pero me estimula las más variadas fantasías, querría invitarla a dormir conmigo y que constate ella misma el sabor de mi boca al amanecer. 

Luego mira detenidamente el color y estado de mi piel, de mi voz y mis ojos. Sonríe vacilante si me sonrojo cuando me mira fijo buscando que mi cuerpo le dé las pautas de mi desequilibrio. Comienzo a sospechar que ella también está obnubilada conmigo al tomarme el pulso. ¿Sabrá leerlo? Sus manos toman las mías -con dulzura, adivino- primero oprime suavemente la muñeca derecha, luego la izquierda. Escucha, siente la vibración acelerada de mi cuerpo, el borbotear de mi sangre avisándole. ¿Podrá darse cuenta de que mi cuerpo le grita deseo? Ella que todo lo lee en mí, ¿sabe ya que despertó rápidamente en mí un amor inusitado?

Sus manos acariciaron mi espalda, para estimular los puntos centrales de acupuntura, dice, desarmando nudos y miedos absurdos al ridículo. Me amansó amasándome suavemente. Me charló largo y tendido, desdibujando mis enrosques y abriendo las posibilidades a verme de otra manera, instándome a pactar nuevamente una alianza conmigo misma, mientras me hacía masajes suaves y delicados, me colocaba ventosas o me clavaba las agujas más pequeñas que había visto en mi vida en lugares que no creería que se pudieran clavar. Incluso así, deseé que me dejara mil de esas incrustadas en la piel. Quería que mi órgano más extenso fuera tocado, acariciado, perforado por sus manos. Quería sentirla en cada centímetro de la epidermis.  

En el instante en que se fue, dejándome acostada boca arriba semi desnuda, sintiéndome una cuerpoespín metalera, olorosa a aceite de rosas y acobijada en la tibieza de la penumbra, supe que la amaba. En ese envase de espinas en el que me había convertido, había una yo flotando de confianza y placer. 

Si suspiro mucho, me preguntó al terminar. No supe qué contestar. En este primer encuentro no pude contenerme de expresar el éxtasis en forma de exhalación cada vez que sus manos recorrían suaves y estimulantes mi cuerpo tensado por la nueva sensación: me clavó más de 30 milimétricas agujas de placer a lo largo de todo el cuerpo, me dejó unos círculos rojos tatuados temporalmente en la espalda por las ventosas y me siento flotar. El dolor suave, paciente y provocativo puede ser muy excitante. ¿Qué hago ahora con las fantasías que despertó en mí, con las ganas de que me ate y me clave, me acerque el moxa y yo calle al preguntarme si me está quemando? ¿Cómo le explico que quiero más de eso, más tiempo, más extremo y más sensual?

Antes de irme,  abrió su teléfono móvil para mirar la agenda y darme un nuevo turno. Yo la miraba sin contenerme, queriendo saber todo de ella. Quería chocármela en la verdulería o a la salida de una obra de teatro, que la fila fuera larguísima y que la charla fuera fluyendo. Quería, mirándola a los ojos como hace ella, saber si prefería –como yo- lo salado a lo dulce, para imaginar cómo le gusta dormir y fantasear con preguntarle si le interesaría que le contara los cuentos que no le cuento a nadie. Pero Ella seguía mirando alternativamente el teléfono y a mí, esperando una respuesta. Quedé en shock, de nuevo. El azar me daba una muestra más de lo cercano que estaban nuestros caminos: la pantalla estallaba con un primer plano de Dawid Bowie a puro color, un rayo naranja le atravesaba la cara.
Gracias, le dije a ese dios que no existe pero que me hacía perder la fe en su irrealidad.

Ella es dulce, y al terminar siempre tiene palabras de aliento para mis desazones, cree fervientemente que su arte ancestral ayudará a equilibrarme y hasta insiste en que le escriba si surge algo.Unos meses después me siento mejor. He recuperado el apetito y descanso maravillosamente. Volví a concentrarme en el trabajo y hasta comencé nuevamente a escribir. Todo se lo debo a Ella. Aunque claro, aún no lo sabe. 
Percibo que en algún momento se percatará que le invento nuevos síntomas cada martes para seguir asistiendo a sus sesiones de miradas, caricias, ventosas y agujas. Cada vez más extremos, más extraños y disímiles los síntomas, en proporción directa con sus respuestas como profesional.
Hoy me duele la espalda; la semana que viene volveré a tener insomnio; otro mes dejaré de tener apetito, el sabor de mi boca al despertar habrá cambiado, me picará el cuerpo irritablemente, o regresarán los sueños horribles. O mejor,  me darán unos ataques de pánico tremendos que requieran un cuidado más intensivo de parte de Ella.

Magui Funes

Comunicadora social, periodista, fotógrafa, editora. Encuentra en la radio un espacio de expresión y también de lucha. Ha participado en innumerables programas y emisoras, como “Toples, con todo al aire” de FM En Tránsito (Castelar), y “Conjuros a Viva Voz” de FM Alas (El Bolsón).Se forma como fotógrafa en ARGRA (Asociación de Reporteros Gráficos de la República),  aunque también sus viajes son claves en su formación, de donde nace “Larutanatural”, proyecto donde su mirada se hace imagen. Es productora, intérprete de lengua de señas, acompañante terapéutica y desde hace algunos años lleva adelante su propia editorial: “Ediciones Hormonales”, que edita libros, revistas y fanzines de manera artesanal, poniendo sumo cuidado en la curaduría y en el diseño. En su búsqueda incansable de la comunicación en todas sus formas, pinta y escribe, con la profundidad de alguien que se entrega y la libertad de lxs inquietxs, de quienes eligen vivir creativamente. 

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