Marcela Inda

Tormenta

El ruido de la lluvia no me deja pensar. Truena. Moja. Ocupa todo el espacio a mi alrededor y no me deja pensar. No tengo claridad. Siento que debería estar tomando una decisión. Ya. De manera inminente. Y no amaina. El cielo se cerró y me dejó acá adentro. Adentro de esta lluvia que me envuelve y me confunde. 

Mi instinto de huida está ahí, cerca. Juntar dos cosas y salir. Empaparme y llegar a la tranquera. Barro y más barro y llegar a lo de Mari. Y que no me parta un rayo. Que esas cosas pasan, pasan más de lo que uno cree, como todo, como todo lo que no se dice. Desear tanto salir de acá, soñarlo de mil maneras posibles para terminar haciéndolo de la peor forma, corriendo, escapando como si hubiera hecho algo malo. De la única forma.

No hay un segundo de silencio en esta tormenta de verano. Es infernal el chaparrón y es muy probable que se corte la luz. No estaría mal. La oscuridad puede arroparme, quizás.

Los pájaros se callaron, cada quien en su nido. Ellos saben, son de acá. Yo soy la única desquiciada que piensa en atravesar el diluvio. Hay cosas que se ven fosforescentes cuando es oscuro el día. Miro sin pensar el monte mojado. Dejo que la lluvia me penetre y llegue hasta el fondo de mi cerebro apagado. Deseando el cortocircuito que lo haga despertar. 

El agua en las canaletas. Veloz, fuerte. Todo en esta tarde ha tomado unas dimensiones… Y mi alma, oscura también, sólo puede mirarlas, abrumada, sin reaccionar. Destellos de relámpagos en los eucaliptus. Son instantes de dibujos hermosos, impredecibles en el cielo iluminado. Si no me voy ahora, no me voy nunca. Es una certeza que me nace en el estómago, esa fuente de verdades a la que escucho con mucha claridad y pocas veces obedezco. Pero hoy…

Tomo el último trago de manzanilla. Miro la taza con el saquito arriba de la mesa y me parece ahora un souvenir. Ahí te queda. Junto a los algodones y el desastre del post desastre.

Ya no me duele nada, no siento nada. Lo logró. El oscuro de la tormenta es ya casi oscuro atardecer. No sé cómo pero estoy en el pasillo, abro el placard y tiro algo adentro de una bolsa. Es una bolsa de compras muy alegre, de muchos colores, que me compré una vez, llena de entusiasmo por la vida doméstica. 

El cielo está enojado, bufa, grita. Ahora estoy en la puerta, en la puerta de atrás. Me doy cuenta de que todas las luces de la casa están encendidas, el arbolito de navidad tintinea. Adentro y afuera tintinea, como una navidad que se extiende por toda la pampa. Y salgo, y ahí siento el barro en los pies desnudos y dudo, pero no, no me importa, ya no vuelvo. Si logro no pensar mientras doy un paso y otro sobre la tierra resbaladiza, voy a estar a salvo… o por lo menos, voy a estar en otro sitio, lejos del reloj de la cocina, lejos. 

El destello de un relámpago me sobresalta, y mecánicamente empiezo a contar: 1, 2, 3… Trueno. Mierda. Estuvo cerca. De chiquita que lo hago, calcular a qué distancia cayó el rayo, y esta vez estuvo cerca, y yo casi desnuda, casi sin miedo, no me queda casi nada… Sólo un rinconcito de fuerza, unos gramos de instinto. Camino y me mojo. Y me concentro en las gotas que me arden en la cara, y también me lavan y me alivian. 

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2 Comentarios sobre “Tormenta

  1. Lea dice:

    Un hecho tácito. Entonces, en lugar de un conflicto fáctico, el conflicto es interno y la naturaleza lo acompaña. La lluvia bienhechora para el campo lava el miedo y la oscuridad del alma.

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