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Vacas muertas

Por Mariano Sánchez

—¿Alguien quiere un poquito más de carne? —pregunta mi tío.

El brazo en alto apunta para la mesa con el tenedor ensartado en un pedazo de vacío. El jugo chorrea en el pasto. Nadie responde. O al menos nadie abre la boca para hacerlo. Mi vieja niega con la cabeza, mi tía pone cara de ¿cómo podés seguir comiendo, Fabián? Y mi viejo parece estar largando un sí en cámara lenta, pero no es más que su típico cabeceo de sobremesa.  

—¿Por qué no te vas a recostar a una reposera? —le dice mi vieja.

Él abre los ojos y la mira como si nada. Como si el mentón nunca le hubiera tocado el pecho.

—¿Hay cafecito? —pregunta.

El beep de mi Casio. Las cuatro de la tarde.

—¿Ya nos podemos ir? —digo.

—Tu tío todavía está comiendo —contesta mi tía. 

Pero Fabián nos habilita con un golpe de cabeza y mis primos son los primeros en levantarse. Liquido mi vaso de Pepsi de un trago y los sigo. 

El campo tiene diecinueve hectáreas. Mi primo dice que una hectárea es más o menos como una cancha de fútbol. A mí me parece que en el campo no entran ni a palos más de diez Monumentales. Once, doce, como mucho. Pero mi primo es hincha de Independiente.

Lo alcanzo a la altura del pozo donde tendría que estar la pileta, pero que este verano tampoco se pudo terminar. Los ladrillos se apilan en el fondo y en los bordes. La carretilla verde con la que corríamos picadas entre los maizales apenas se asoma debajo de una montaña de tierra. 

—¿Trajiste fuego? —me pregunta.

Le muestro el encendedor sin sacarlo del todo del bolsillo. Él hace lo mismo con el porro. Mariana camina sola unos metros más adelante. 

—¿Qué le pasa? —le pregunto.

—Se peleó con el novio.

—¿Otra vez?

Mi primo se encoge de hombros. 

—¿Viste el partido?

—Tremendo pase del Piojo en el gol de Aimar —le digo.

—Tiene un balde en la cabeza, dejame de joder. 

Miro para atrás. La casa se hace cada vez más chica y se pierde entre los eucaliptos. El rojo de unas pocas tejas se recorta contra el marrón pálido del resto. Hace dos veranos un rayo partió una rama y la rama rompió el techo. Justo arriba de la cocina. Estuvimos varios meses atajando el agua con baldes y palanganas porque mi tío quería aprovechar para hacer todo el techo de nuevo y mi viejo prefería gastar lo menos posible. Si fuera por él ya hubiese vendido el campo. Hace años que lo único que lo mantiene en pie son las vacas y la voluntad de mi tío. 

—Pasame el porro —dice mi prima, cuando cruzamos la arboleda del arroyo.

—Tranquila, nena, que lo pagué yo.

Ella se muerde el labio de abajo y lo putea.

—Si estás caliente con tu novio, no te la agarres conmigo.

Nico se sienta en el pasto con una sonrisa de costado y me hace una seña para que le pase el encendedor.

—Sos un pelotudo —dice ella—. Menos mal que te vas, pendejo. 

Y empieza a caminar por la orilla.

—Vení, Maru —le digo— Te está jodiendo. 

Pero ni siquiera se da vuelta. Se manda para el campo y la sigo con la mirada hasta que la pierdo entre los árboles. Hoy las copas no se mueven, el viento no sopla. Lo más parecido al agua que hay en el arroyo son unos charcos de barro estancado entre las piedras del fondo. 

Todo está quieto. Demasiado quieto. 

Nico prende el porro y me lo pasa. Se acuesta mirando al cielo. Le doy una pitada corta y apenas trago el humo. Quiero evitar toser, pero no puedo. Mi primo vuelve a sonreír de costado.

—¿Te vas, entonces? —le pregunto.

—Más vale.

—¿A dónde?

—No sé, a la mierda. ¿Te acordás del gordo Ferraresi?

—¿El de las remeras de Maiden?

—Está en España, el loco. En Barcelona. Dice que es una fiesta. Se hizo un grupo de amigos argentinos, va a la playa todos los días.

—¿Y tu viejo?

No me contesta. Larga una nube de humo blanco que le queda flotando un rato sobre la cabeza, hasta que la desarma con una mano y con la otra se pasa los dedos por la punta de la lengua.

—¿Te acordás cuando fuimos con el gordo a la yerra del 25 de Mayo?

Sonríe. Hago lo mismo, aunque el recuerdo me provoca lo contrario.

—¿Cuánto te arrastró el becerro? ¿Cien? ¿Doscientos metros?

Mi primo se tienta. Se pone de costado para no ahogarse de la risa. En una pose parecida a la que terminé yo aquel día, pero sin la máscara de barro y sangre. No me acuerdo si fue él o mi tío el que terminó enlazando al ternero. Pero sí que me hicieron marcarlo a mí con el fierro caliente, mientras todavía andaba masticando polvo.

Me tanteo la cicatriz que me quedó en el codo. 

—¿Y vos qué onda, primo? —me pregunta, todavía entre risas— ¿le vas a meter a la guitarrita o vas a terminar en el estudio con tu viejo?

Respondo con un gesto que puede significar cualquier cosa. Evito mirarlo a los ojos. Me pasa otra vez el porro, pero ya no quiero fumar. Me lo quedo un rato en la mano, concentrado en el papel que se quema de a poco y en la brasa naranja que se acerca cada vez más a los dedos, hasta casi quemarlos.

A lo lejos, un grito. Después otro. Es mi prima.

Nico se incorpora despacio. Me cuesta distinguir si tiene los ojos abiertos.

—¡Hey! ¡Acá! —vuelve a gritar Maru.

Me paro y la veo en el medio de un pastizal, agitando las manos al lado de una piedra gigante. Tiro la tuca al pasto y encaro para ese lado.

—¿Qué hacés, boludo? —me dice mi primo, mientras se arrodilla para tratar de recuperarla.

Recién cuando llego a donde está la piedra gigante, me doy cuenta de que en realidad es una vaca. O lo que queda de ella. Le falta la mitad de la cabeza, los ojos, y tiene un agujero enorme en el culo. Un agujero prolijo, perfecto. Como si se lo hubieran hecho con un cuchillo. O con un láser. 

Agarro un palo y lo acerco a la cuenca vacía de uno de los ojos. Me tiembla la mano. Se escucha un ruido que parece salir de adentro de la vaca. 

—¿Escuchaste? —me dice.

Algo parece moverse en la cabeza. Acerco el palo un poco más, hasta tocar el borde de lo que debería ser carne, pero es hueso.

—¡GUARDA!

Nico aparece por atrás y me hace soltar el palo y una puteada. Le tiro un manotazo. Lo esquiva.

—¿Qué mierda es esto? —pregunta, cuando ve el agujero de atrás.

Mi prima vuelve a desaparecer entre los pastizales.

—Acá hay otra —grita.

Pero no es una más. Ni dos. Pego un salto y entre los yuyos amarillentos alcanzo a distinguir varias piedras gigantes.

Mi primo trata de treparse a un árbol, pero no puede. Lo intento yo, que tengo los ojos un poco más abiertos. Aprieto las rodillas contra el tronco y llego a agarrarme de una de las ramas más altas. Trepo. Como lo hacíamos los tres hasta hace algunos veranos. Recién desde ahí arriba vuelvo a ver las tejas rojas entre los eucaliptos y descubro el paisaje completo. No alcanzo a contarlas todas. Me pregunto cuántas canchas de fútbol podrían llenarse con tantas vacas muertas.

Mariano Sánchez
Mariano Sánchez

Nació en Buenos Aires en 1984. Cursó estudios de cine en el CIEVYC, el Observatorio de Cine Documental y con Ángel Faretta. Escribe y eventualmente dirige. Con sus cortometrajes obtuvo distintos premios y menciones en festivales de Argentina, España, México, Chile y Colombia. En 2017, Evaristo Editorial publicó Un renault 12 de otro planeta, su primera novela. Dueño de una escritura sencilla, plagada de imágenes, sensaciones y mucha humanidad.

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