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Le dolían

Por Tato Cayón

Caminó por el centro ida y vuelta unas cuantas veces. “¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?”, era lo único que se preguntaba. Si abría la boca, le salían esas palabras a borbotones, y si se quedaba en silencio, la pregunta era un martillito golpeando por dentro, incesantemente. Ese día le dolían los dedos. Le dolían, hinchados, a punto de explotar. Le dolían tanto las manos, ¡tanto! , que sin pensarlo, las cerraba en puño, como si así le pudiera dar unas cuantas trompadas a la vida. Es que la vida estaba siendo muy poco amable con su cuerpo. 

“La amabilidad y yo, no nos llevamos bien”, era una de sus frases de cabecera.

Las rodillas y los pies le daban condena: pasos cortos y pausados, lentos, bien lentos.

“Salgamos a caminar”, le decía él, cuando lo esporádico de tener para el boleto de colectivo hacía que se encuentren. “Como puedas. Yo voy al lado tuyo, así, sin apurarnos y nos sentamos en el pasto y miramos cómo corre el agua del canal. Vas a ver que eso te calma.¡Te obligo a que lo hagas!” decía, mientras la sonrisa le achinaba esos ojos negros y profundos. Quería que copie su cara, esa mueca alegre que salía de su cuerpo sano, con eso estaba bien.

En aquellas tardes nubladas de invierno, cuando el viento frío del sur sólo proponía tirarse en la cama a mirar el techo, o a taparse con el acolchado para dormir una buena siesta, él le agarraba la mano hasta que el golpeteo de las primeras gotas de lluvia los adormecía. Allí estaban los dos, con los cuerpos mezclados. El de uno sano y el del otro, enfermo y moribundo.

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Las mismas pastillas.

Todos los días.

A la misma hora.

Y nada. Nada de nada.

“La amabilidad y yo, no nos llevamos bien”, repetía una y otra vez, como un pesado mantra.

“No voy a poder curarte, suena bastante tremendo, trágico y fatalista, lo sé, lo sé. Pero, ¿sabés una cosa? lo que sí puedo es abrazarte hasta que te duela. Porque es preferible el dolor de un abrazo, que el de esa mierda que te corre adentro, ¿o no?”

No. No era lo mismo, claro que no. Era un guerra de miles de soldados heridos y mutilados, muertos de frío y parados en el frente de batalla, contra un monstruo asqueroso, de esos que nos imaginábamos cuando éramos chicos.

Con todo eso encima y un poco de la resignación y la costumbre que el tiempo pone frente a las adversidades que no tienen remedio, cada tanto se reía un poco, e incluso, se sorprendía cada vez que la tan preciada mueca le modelaba la boca. A decir verdad, no fueron tantas las veces, pero fueron, y en el semejante caos de un cuerpo semi adormecido, servía y mucho.

Ahora se paraba en la esquina a mirar el colectivo que traía a su amor y se iba, dejando una nube de polvo en las calles de tierra del pueblo.

Así eran el uno y el otro, en esa patagonia de vientos fuertes, veranos agobiantes e inviernos duros.

Así, con la simpleza y la inocencia del que no se contamina con nada.Tantos años pasaron, que finalmente uno se fue, voló, se convirtió en paisaje y el otro, con toda su vejez a cuestas, sentado en el patio, en su silla de siempre, recordaba la palabra que le decía al oído antes de cerrar los ojos y dormir un rato, para no sentir dolor: “Piwkenieeyu”

Tato Cayón

Es actor, director y dramaturgo. Nacido en Roca, Río Negro, cursó sus estudios en la Escuela Nacional de Arte Dramático, en Buenos Aires, lugar en el que residió durante veinte años. Trabajó con Hugo Varela. Como actor, participó en obras como “La patria fría” y “Al servicio de la comunidad”. Escribió una decena de obras teatrales, como “Tan gris, Tan primaveral” y obras que también dirigió, como “Donde terminan los rieles”, “Río que va”, “Como los terremotos que solo dejan escombros”.  La última, “Casa Rufina”, tuvo una gran convocatoria de público en Casa de la Cultura, de Gral. Roca. Actualmente y hace dos años, se desempeña como Director del elenco de teatro de la Fundación Cultural Patagonia, donde además lleva adelante las puestas en escena de los demás espectáculos de la institución. El mundo de Tato Cayón tiene un dejo de nostalgia, y tiene también comicidad, ese humor que es una manera de acercarse a lo profundo. Él mira ese costado de lo humano que otros desechan, no le teme a la oscuridad. Es creador de escenas potentes, conmovedoras, de una gran intimidad.

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