Victoria Sarchi

Rebelión

La insolencia en su mirada era preocupante, se veía el desafío que proponían sus ojos aún estando de espaldas, el sol le volvía el pelo atado en una cola de caballo todavía más dorado y mientras miraba el exterior apoyada en la mesada por la ventana de la cocina, pergeñaba incesantemente como iba a hacer para huir de aquella casa de veraneo que supo ser un paraíso repleto de aventuras al comienzo de la temporada y que ahora se había convertido en un páramo aburrido y carente de atractivo.

Se pasó las yemas de los dedos por los labios rosados con la mirada perdida hacia sus adentros, su abuela la miró de reojo mientras apretaba fuertemente con la artritis y sus manos media naranja contra la juguera de plástico. Las dos se mantenían en absoluto silencio. La joven puso ruido a la mañana cuando emitió un suspiro profundo demostrando tedio, enojo, hartazgo. La mujer mayor la miró con resignación y con una leve sonrisa sacudió la cabeza resignada ante la actitud de la niña, ya casi adolescente. ¿Vas a tomar jugo? preguntó a su nieta. Me aburro, contestó la chica tan enfáticamente que parecía haber estado esperando siglos a que alguien le dirigiera la palabra para poder pronunciar esa frase. Terminala, contestó la abuela, ¿Vas a tomar o no? volvió a preguntarle mientras le extendía un hermoso vaso de cristal tallado con jugo recién exprimido en su interior. ¡No! respondió la niña dándole un fuerte zarpazo al vaso que terminó enteramente estallado en el medio del impoluto piso de la cocina.

La joven se agarró la cara. Era la primera vez en su vida que tenía semejante impulso contra su abuela, fue una ráfaga de ira que la dominó, de hecho cuando sacudió el vaso, también con su mano, golpeó el antebrazo de la anciana y se escuchó crudo ese golpe, justo antes de que el cristal impactara contra el piso. Si hubiese estado más cerca, quizá la habría lastimado. Ambas se quedaron en shock varios segundos. La jovencita por fin tomó coraje y cruzó su mirada con la de la abuela quien la miraba con unos ojos furiosamente gélidos. Eso la puso nuevamente irascible y se retaron a un duelo profundo de miradas sostenido por varios segundos. La abuela dio un paso hacia el desastre, pateó un pedazo de vidrio y le dijo: Levantalo. No, respondió tajante la adolescente, quiero volver a mi casa.

La abuela recibió esas palabras como cuchillos recién afilados en medio del pecho, miró hacia abajo, asintió con la cabeza y espetó: Limpia esto, armá tu bolso que te llevo a la terminal, y salió de la cocina visiblemente ofendida. La chica se arrodilló, agarró con su mano los vidrios más grandes y se sintió fatal, sabía que no era culpa de nadie que ella se aburriera, no entendía porque se había enojado así con la persona que mejor la trataba en el mundo, era una furia que le subía por el cuerpo y se volvía incontrolable, de repente todas sus emociones empezaban a ser intensas e inmanejables, como olas que le pasaban por encima y la arrollaban velozmente hasta la orilla, dejándola completamente desnuda y confundida. Y así era como la adolescencia empezaba, de a poco, a hacer los primeros estragos en ella.

La abuela cerró la puerta de su habitación apoyó sus omóplatos contra ella para darse un descanso, cerró los ojos, pequeñas lágrimas salieron de ellos y se fueron perdiendo entre los surcos de su cara. Le provocaba dolor y mucha intriga ese crecimiento esperado pero repentino de su nieta. Solo esperaba poder estar con vida para conocer a la mujer que iba a descubrirse luego de que la insolencia y la rebeldía desmedidas se disiparan, faltaba para aquello porque esto recién empezaba.

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