Marcela Arza

¡Salvatore! ¿Sos vos?

Era un sábado. Habíamos ido con mi mamá a Palermo. Mientras caminábamos, mi mamá me dice así al pasar, ¿qué te parece cremar a papá y lo llevamos a Salto? Me acuerdo que miré una vidriera, unos zapatos horribles que no les sacaba los ojos de encima. Está bien, le dije y no hablamos más del tema. 

La comida fue tensa, después compramos cosas y eso alivió. Tomamos café, dimos vueltas y volvimos. Serían las 9 de la noche, subimos a un taxi, me dejó en mi casa y ella seguía a la suya, a Ramos. 

Entro. Con bolsas, llevaba bolsas en la mano. Entro con bolsas en la mano y en ese instante me di cuenta que algo raro pasaba, me pareció extraño que Salvatore no me venga a saludar. Salvatore es mi gato. Prendo la luz y nada. Camino para el patio y antes de llegar al ventanal, lo veo acostado en el piso. Salva, le digo y no reacciona. Tiro las bolsas y corro hacia él. ¡Salvatore! ¿Qué te pasa? Lo toco y estaba duro. Lo levanto y su cara abollada. ¿Pero, qué te pasó?, le pregunto, ¡¿qué te paso?! Lo entro. Lo pongo en el piso del living, le masajeo el abdomen, le doy respiración boca a boca. Llamo a mi mamá, le digo que venga, que venga que era urgente. Sigo masajeando ¿Qué te pasó Salvatore? ¿Qué te pasó? y lo abrazo con todas mis fuerzas y en ese preciso momento, aparece desde la medianera del patio, un maullido acercándose. 

Entra y me mira. Lo miro. 

¿Salvatore, sos vos? 

Dejo el gato en el piso. Los miro y son iguales. Y pensé lo que más lógico me pareció: el espíritu de Salvatore va a vivir siempre conmigo. Ahí estaba el cuerpo y ahí su alma maullando a lo loco. Lo más lógico del mundo, me pareció.  

Sonó el timbre. Un timbre alarmado, Salí, era mi mamá y el taxista en la puerta, los dos con cara de pánico. Mi mamá me pregunta, ¿te están robando? No, mamá, entrá. Mi mamá saluda al taxista, le grita un ¡no!, y el hombre aliviado guarda algo que tenía en la mano. No sabes lo que pasó, le decía mientras atravesábamos el pasillo a mi casa. Entramos y la imagen del gato estampado en el piso del living la impactó. Un breve ay, y un apoye en la mesa, suficiente para alarmarme. ¿Pero, lo ves a Salvatore, no? Está ahí. ¿Qué le pasó? me pregunta agarrándose más de la mesa. Está ahí, ¿lo ves?  Ahí creo que pensé que estaba loca. Que yo sola lo veía. Yo sólo veía el espíritu de mi gato muerto. Está ahí mamá, ¿lo ves? Ah, sí, y lo mira a Salvatore que andaba gruñendo.  Es igual me dice. Sí, debe ser de algún departamento, le digo. Quedate acá con los dos que voy a tocar los timbres. Y me fui. Toqué el portero entero. ¿Tenés un gato naranja? Pregunto. Sí. Es de mi novio, dice una voz entre risita.  Vení, le digo, está acá. 

 Vuelvo para mi casa y la veo a mi mama sentada en el sillón con cara de horror.  Le digo que ya viene la chica a buscarlo y ahí me mira, señala al gato muerto postrado del living y me dice, Cami, ¿estás segura que este no es Salvatore? ¡Ay mamá! grité. Te llamé para que me ayudaras, le digo. Ahí dudé. Dude mucho. 

Llega la chica, entra, lo ve acostado en el piso y se empieza a reír todo chiquitito nervioso. Sí, es Tino, dice. Es el gato de mi novio. Ay me va a matar, dice riéndose nerviosa. Se habrá caído, le digo. Sí, estaba enfermo, dice. Hace rato no lo veía, le voy a avisar. Y sale al pasillo. Mi mamá negaba resignada, esos movimientos tan dramáticos que hace. Es de ella, le digo, del novio, estaba enfermo, Salvatore es él y señalo a mi gato todo espantado con los pelos de punta en la esquina de la pared, atacadísimo mirando al cuerpo muerto del gato idéntico a él. Su espíritu se está espantando, pensaba, porque yo seguía con mi teoría. Aunque sabía que era otro, yo seguía con mi teoría. 

 Hay que sacarlo antes de que llegue, no lo quiere ver, dice la chica. Bueno, le digo. Voy a buscar una caja, dice y se va. Está nervioso, dice mi mamá, por mi gato, el gato que ella aún cree es otro gato. Sí, le digo y nos quedamos en silencio.  A mi mamá le incomodan los silencios, a mí no. Te limpio un poco, ¿querés?, y se puso a limpiar y a contarme todas las cosas que pensaron con el taxista. La chica volvió con una caja, lo agarró y lo puso adentro. Le sonó el celular. ¡Está entrando! Dice riéndose asustada y se escucha la puerta del pasillo del edificio. Tapa la caja y dice ahí vengo.

Vamos a tomar un café, dice mi mamá con los guantes puestos de lavar. Cuando termine todo esto, vamos a tomarnos un café. Sí, digo y miro fijo la tapa de la caja. Una botella de champagne y dos manos brindando con copas. Un dibujo espantoso. Escucho llorar. Me acerco al pasillo y pispeo. El novio, es el vecino musculoso que siempre veo en la puerta. Nunca hablamos, más que un hola y chau. El musculoso de gimnasio que baja en cuero a atender el delivery. Ahí estaba llorando a mares abrazado a su novia, la chica que ya no reía, parecía que su tic se había convertido en caricias. Esperamos que el chico suba a su casa y sacamos la caja. La tiramos en el conteiner de la basura. 

Fuimos a tomar el café. Ya eran como las doce de la noche. Mi mamá hablaba pero yo estaba en otro lugar. Mi espíritu en otro lugar. La acompañé a tomarse otro taxi y se fue.

Volví a casa y Salvatore vino apenas abrí la puerta. Estaba mimoso. Los dos. Nos acostamos en la cama, en silencio, uno encima del otro, hasta quedarnos dormidos.  

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