Victoria Sarchi

Tóxico

La sangre tiene efervescencia cuando lo miro, recorre todo con tanto hervor que tengo que cerrar los ojos para no explotar en mil pedazos y quedar desmembrada contra las paredes blancas. Es que creo que ya tengo enfermas hasta las células de tanto desearlo, el citoplasma, la membrana plasmática y creo que hasta las moléculas se desquician porque quieren su adn y rechazan el mío a cada rato, a cada instante, a cada segundo.

Esta septicemia tiene su nombre, su cara, su piel, sus ojos, sus manos… estoy infectada y hasta ahora no conozco el antídoto correcto, que lo saque, de una vez, de mis adentros. Son burbujas las que corren por mis venas a una velocidad tan rauda que el corazón pareciera quedar en sístole permanentemente. Contraído, apretado, convulsivo, al borde del colapso. Tengo los ojos cerrados pero su imagen está tan adentro mío que la siento

pegada en mi cavidad frontal y aunque anule mi visión o la mueva a cualquier parte, él está ahí, tallado en el hueso, divinamente, intoxicandome toda. Me confundo, este deseo, este querer arrebatado ya no es lo que era, mutó de un suave cosquilleo por las vísceras a una revolución. Él habló y escuché su voz muy cerca mío, sentí como las uñas me crecieron a centímetros, en el mismo instante que su melodía vibró en mi tímpano, la piel se transformó en imán, el corazón, temblando como un puño irascible, contuvo la sangre y me sobrevino un impulso incontrolable de arrancarle la ropa para pegarme a él, abrazarlo piel con piel y clavarle como agujas las uñas crecidas en la espalda para sentirlo respirar en mi oído, respirar dolor, ese mismo que me causa a mí, su desamor. Me da fiebre cuando lo tengo cerca, es un calor tan intenso que las glándulas sudoríparas se activan para enfriarme pero fallan, porque esta sangre no para, sigue y corre salvaje hasta clavarse en mi pecho a congelarse, a contraerse tanto que me duele, que me asusta porque esto, acá en mi cuerpo, se le parece más al odio que al amor. Estoy intoxicada, envenenada, infectada, emponzoñada. El remedio no aparece y la gangrena crece. Quisiera ser extirpada, transfundida, medicada, que no quede ni un centímetro de su rastro acá en mis células, ni toxicidad en mis venas, yo ya ruego que me curen de esta fiebre, de una vez y para siempre.

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