Marcela Arza

El inicio del viaje

Tal vez, dijiste.

Tal vez.

Y sacudiste la puerta y el espejito donde colgaban las llaves y los muñequitos de Arturito y Citripio retumbaron contra la pared.

Vi La guerra de las galaxias por vos. 

¡No golpees la puerta!, te grité y oí como mascullabas puteadas  contra mi. 

Marta y Eduardo fueron mis vecinos de Lavalle. Teníamos las puertas enfrentadas en el pequeño pasillo del diminuto edificio. Desde la ventana de mi baño, poniéndome en puntas de pie y flexionando apenas los brazos podía verlos a través de la ventana de la cocina. Eduardo se despertaba a la hora que yo me iba a dormir. Preparaba mate y escuchaba la radio. En invierno, por las tardes, siempre había olor a galletitas de manteca en el horno, budín con vainilla. Mucho olor a vainilla. Las cenas eran de ella. Una noche la vi pelando papas. Estaba sonriente, eléctrica. Eduardo se le acercó y apoyándose un poco en el andador y en la mesada empezó a cantarle Sandro, Rosa, Rosa… ella lo miraba tan pícara moviéndole el culo y él meneando la pelvis. Todo lento y vivaracho hasta la carcajada de ambos. 

Este momento quiero, pensé y me resbalé y caí sobre la bañera y me dieron tres puntos en la pera.

Eduardo se enfermó primero. De un día para el otro. Ya no caminaba, ni hablaba casi. En los cuatro años de Lavalle, pocas veces los escuché salir. A Marta le costaba caminar así que esos meses le hice los mandados y la acompañé un par de veces a comprar pañales y carne. Le hacía bien caminar esas cuadras. El viento en la cara la volvía una niña.

Cuatro años fuimos vecinos. El día que me mudé, los dos en la puerta me dijeron, si necesitas algo acá estamos. Y así fue. Se me apagaba el calefón y Eduardo venía. Una vez me quedé con las llaves adentro y me hicieron entrar a su casa a esperar tranquila al cerrajero. Me dieron café y duraznos en almíbar. Siempre estaban ahí. La nena, me decían. Cuando les tocaba la puerta, escuchaba siempre a Eduardo gritar, ¡Es la nena! ¡Me parece que es la nena! Sabían de mi por la forma de golpear la puerta. 

Tal vez, me dijiste. Tal vez.

Ese fin de semana que nos fuimos a la casa de tus primos fue donde murió Eduardo. Ya al volver, subiendo por la escalera, un silencio exagerado y pesado circulaba en el pequeño pasillo. Y observé  la puerta de ellos tan sola y gigante. Fui al baño y desde la ventanita de la cocina la vi a Marta sacudiendo un saquito de té. El agua hirviendo a gritos y ella que seguía concentrada en ser parte de algo tan solitario. La noche chillaba como la pava. 

En las semanas que siguieron, fui todas las noches a tomar café con ella. Una taza y una charla. Me contó que se conocieron a sus 20 años, que ella antes tenía otro novio pero que lo dejó por él. Que al segundo de verlo supo que era el amor que buscaba. No hay dudas en ese momento, me decía con ojos de aprendete esta enseñanza. Me contó que viajaron de Salta a Buenos Aires caminando y a dedo. Que tardaron veinte días en llegar. Que hijos nunca quisieron. Ella nunca quiso. Me decía con énfasis, que ya podía comer lo que quisiera y eso le encantaba. Que era Eduardo el que se cuidaba con la sal y lo frito. Que Eduardo no se cuidaba y que ella había optado por no decirle más nada. 

Esos días que pasaron se llevaron su resplandor. Se le veía en la cara y el pelo, sobre todo. Una noche sentí la puerta y fui al baño. Me subí en puntas de pie con la pera aterrada y con tantas ganas de ver que es lo que pasaba, pero algo me paralizó y me senté en la bañera con la imagen intacta de ellos dos cocinando y de Rosa, Rosa…

A los días, me enteré que Marta murió. Me lo dijo Aldo, el encargado, chiquito como el edificio. 

Arturito y Citripio retumbaron contra la pared y cayeron al suelo, al unísono del golpe. Los miré un largo rato en silencio con la cara empapada en llanto. Sentí la puerta de enfrente tan cerrada…

Tal vez,dijiste.

Guardé los muñequitos en una caja y los dejé en la vereda. Al tiempo me fui de Lavalle y arranqué el viaje.

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