Marcela Inda

Letras Impresas

No había pegado un ojo, y no era la única. En la pensión, todos habían escuchado la cadena nacional pasadas las tres de la mañana, y desde entonces, acurrucada en su camita, no podía entrar en calor. El cuerpo se le había llenado de frío. Le daba vueltas a las palabras, se enredaba en las sábanas y no sacaba nada en limpio. A las seis se levantó, calentó agua y se hizo un café, se acicaló y salió rumbo a la panadería. Sea lo que fuera ese día, la gente iba a ir a comprar el pan igual, pensó.

La calle en su barrio a esa hora por lo general era tranquila, no pudo descifrar si ese miércoles el silencio era más profundo. Pasó por el kiosco de diarios y la golpearon las letras impresas, ineluctables: comunicado… nuevo gobierno… cayó… caducaron… se disuelve… se remueve… 

¿A qué hora habían escrito todo eso, para que ya estuviera ahí, a dos cuadras de la pensión? Todas las preguntas que se le venían a la cabeza se le antojaban estúpidas. Le aterraba que sus pensamientos, por algún extraño conjuro, se transparentaran en su rostro. ¿Y si alguien la leía? Sonrió como pudo al kiosquero y siguió a paso apurado. Atravesó la plaza, que cualquier otro día ya estaría poblada de guardapolvos blancos: vacía. Pensó que al salir de trabajar iría a ver a su amiga Inés, maestra de la 101, y compartiría esa… ¿desazón? … O algo, necesitaba compartir algo con alguien, y no iba a ser la panadería el sitio, de eso estaba segura.

La señora Bárbara ya estaba apoltronada detrás del mostrador, al lado de la caja, leyendo uno de esos diarios, y fumando, siempre fumando. La saludó eufórica, le pareció que nunca la había visto tan contenta. Hasta le convidó con unos cañoncitos, dijo que era día de celebración. Ella declinó la invitación excusándose con una dieta tonta; se le revolvía el estómago con la sola idea de festejar lo que estaba pasando con el dulce de leche y el humo del cigarrillo en una mezcla inmunda. 

Marta estaba retrasada. Así que cuando abrieron, no tuvo tiempo para pensar demasiado, y despachó ella sola mignon, flauta, facturas y bizcochitos, galleta y hasta coquitos. La panadería estaba de camino a la estación, así que entraba y salía mucha gente sobre todo a primera hora, después se calmaba, y ella podía sentarse atrás con Marta a tomar unos mates…

Pero Marta seguía sin llegar. Y ella no se atrevía a preguntarle a la señora Bárbara, que no decía palabra al respecto, seguía fumando y sonriendo como si hubiera ganado la lotería. La radio encendida le nublaba aún más la mente, el entendimiento, así que cuando, sobre las diez y media, pudo tomarse un descanso, se sentó en el cuartito de atrás, esa piecita minúscula que queda entre el salón de venta y el horno. Estaba como ida, sin reaccionar, cuando se asomó Julián, el panadero. 

-¿Te hacés unos mates, Laurita?

Hacía pocos meses que había empezado a trabajar ahí, y había hecho buenas migas con Marta y con ella, tan joven siempre en su andar, en su tararear…  No sabía si podía confiar en él. No tenía manera de saberlo, y sintió que de ahora en adelante eso mismo le pasaría con cada una de las personas con quienes se cruzase. No podía explicarlo, pero esa certeza le inundó los ojos en un llanto incontenible: le habían minado la vida. Nunca más sabría dónde pisar, a quién preguntar, donde descansar segura. Julián pareció entender, la abrazó, y le dijo bajito al oído:

-Marta está bien.

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