Marcela Inda

Mapa

Fue construyendo un mapa. Un contorno, una geografía. Sabe que primero hay que recorrer el terreno ignoto, con una observación minuciosa. Prestar atención a sus relieves, a sus colores, a sus irregularidades, sobre todo. Porque una tierra tan real como él, tiene, sobre todo, irregularidades. O, mejor dicho, particularidades. Así que se dedicó a eso durante bastante tiempo. Lo observaba con curiosidad, sí. Pero no con espíritu científico. Era más bien la adrenalina de un voyeur, que espía a escondidas a ver si descubre un nuevo lunar, un gesto, una forma de andar, un impulso… Todo suelto es caos. Una base de datos disímiles, algunos absolutamente nimios, en apariencia sin ninguna importancia. Pero reuniendo las piezas aparece el mapa, y se configura eso vivo, respirante, que sigue siendo ignoto, porque las capas son infinitas, pero se hace cuerpo-zona-vibración un poco más cercana. Y no deja de despertar curiosidad. 

Un montón de hilos que no se ven se le enredan en su dirección, la llevan, tiran de ella hacia él y aunque se resista y se quede lejos, igual algo está yendo hacia allí, como una corriente marina, de esas que se mueven en las profundidades, y se pintan de azul en los mapas. Se siente parte de ese dibujo vivo y se marea cuando percibe por momentos que esa corriente parece también envolverlo a él, y reunirlos en cualquier esquina, con cualquier excusa, para intentar intercambiar algo parecido a un diálogo. Difícil. Difícil. Cuando están pasando tantas otras cosas. La nula importancia de la conversación. Poco y nada le preocupa qué decir. Hay mundo en común, eso lo sabe ella, y también lo sabe él. O eso le parece a ella, la mayoría de las veces. Se dijo que esta vez no iba a imaginar nada, que iba a mantenerse en los límites de lo observable, sin agregados. Y ahí está mirándolo, mientras intenta formular una frase. Y zas. El viento los vuelve a desperdigar.

Todo le parece veloz, se le escapa la arena entre los dedos. El mapa se reconfigura una vez más, respira. 

Se dice que tiene muchas cosas que hacer, y que mejor así, que estar pendiente de esa manera la desconcentra, y sigue su camino. Avanza, sube, baja, cruza, amplía su horizonte. Vive. La vida es una cosa tan amplia, tan abundante, tan inasible. Lo sabe. Sonríe al viento. Retoma su andar. Y así, de repente, en una vereda con sol, nota la sombra de alguien que acompasa sus pasos. Conoce bien ese lunar, ese gesto, esa forma de andar, ese impulso. Y esos ojos que ahora le sonríen tímidos, preguntándole a dónde va. El río que somos otra vez desembocó en el mar, y las corrientes no se cansan de arrastrarnos.  

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