Victoria Sarchi

Mordiendo

Le rumian los labios, se mueven indecisos, confusos, turbulentos; le chirrían los dientes, la mirada, no perdida, perdidísima sobre la nada, cuánto me gustaría poder leerle la mente en este momento. Espero paciente a que su atención vuelva a mí pero los minutos avanzan y sigue con esa actitud ensimismada, bucólica, una fiebre nostalgiosa que empieza a sacarme de quicio. Hace un rato sacudí un sobre de azúcar con audacia, haciéndome la desafiante, queriendo hacerle creer que sabía perfectamente lo que estaba pensando. Ni se enteró. Abrí el sobre de azúcar y lo vertí por completo afuera del vasito descartable que contenía el café, estaba tan caliente que no lo podía agarrar, revolví con el palito de plástico transparente para mezclar, la poca azúcar que había entrado, y para enfriar, claro, y lo hice con aires de maleva pero no sirvió de mucho porque siguió sin mirarme.

No sé muy bien qué es lo que me molesta tanto, si esa salita de espera color verde agua, que el vaso de café sea tan chico, o que mi hermano que está conmigo sentado en esta mesa no quiera hablarme hace quince minutos. Yo puedo entender que tenga algún momentito de congoja porque él y Josema habían sido bastante unidos de chicos pero hace como más de cincuenta años que no tenemos trato con nuestros primos. Es más, no comprendo mucho qué hacemos acá. Yo había arreglado con mi hermano que me acompañaba a cambiar la clave del cajero automático porque de las cataratas que tengo ya no veo y terminamos “pasando un rato” por el velorio de Josema. Parece que se hicieron amigos de Facebook hace unos años y por ahí mismo, anoche, lo contactó una nieta para avisarle que había fallecido y pasarle la dirección del velatorio… un compromiso, pero nadie se iba a enojar si no veníamos, si hasta ya nos cansamos de explicar quiénes somos porque nadie nos reconoce y nosotros… bueno, nosotros tampoco reconocemos a nadie. Yo chillé cuando me pidió que lo acompañe pero me corrió con que soy una jubilada que no tiene una mierda que hacer… y yo me dejo convencer muy fácil la verdad, porque prefiero mirar el canal Crónica en mi casa que pasar a ver “qué tal está” un velorio.Todo para no pelearlo, porque lo vi como extraño, como con ganas de venir a ver cómo era la cosa, como si nunca hubiera ido a uno. Tomo un sorbito de café y lo vuelvo a escupir adentro del vaso. Intomable.

Vuelvo a mirar a mi hermano y sus labios siguen imparables, la mirada lejos y me molesta sobremanera ese aire depresivo que lo envuelve, me irrita que esté así, que no me hable, que me haya traído a un velorio, cruje los dientes y me altera muchísimo ¡Para, para con eso, Enrique! ¿Qué estás haciendo?, le digo de muy mala gana. ¡Mordiendo, mordiendo un recuerdo!, me dice ahogando el llanto en la garganta. Me mira a los ojos y yo no entiendo nada, ¿Yo me volví una vieja fría? O… no sé, no entiendo cómo puede conmoverlo así la partida de Josema al que no ve hace cincuenta años, pero antes de que yo termine de pensar esto que estoy pensando, mi hermano dice: Volvió… y esta vez ya no la lucho. El eco de esa frase que no quería pero tuve que escuchar hace que lo entienda todo. Ya sé lo que muerde, ya sé a qué vinimos y también ya sé que pronto voy a estar muy sola. Una lágrima me recorre la cara y cae dentro del asqueroso café, para lo salado sí que tengo puntería.

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