Victoria Sarchi

París

Vamos a escribirte, a mandarte postales, le dijeron con la ventanilla baja, saludando alegres mientras arrancaban y se zambullían acelerando fuertemente el coche en el camino de tierra dejando una estela espesa y densa de polvo. Violeta, tosió, mientras veía como sus padres iban desapareciendo y cuando dejó de escuchar el motor del auto no pudo evitar dejar caer dos lágrimas enormes sobre el camino. Siempre que la dejaban en la casa quinta con sus abuelos para hacer viajes de “grandes” tenía en su cuerpo, por alguna horas, una sensación como de abandono.

Había algo de la vida rural que la deprimía. No tenía ganas de entrar en la casa, seguramente su abuela iba a pedirle que la ayudara con la cocina para distraerla, cada vez que la veía pensativa se las ingeniaba para darle una actividad, era de esas mujeres que no pueden ver personas sin hacer nada. Su abuelo era más calmo e interesante para conversar, había sido médico, pero tenía sus días completamente organizados y le costaba muchísimo hacer excepciones así que iba a tener que esperar unas horas para poder disponer de su compañía. Hacía tan solo unos segundos que sus padres se habían ido y ella ya empezaba a aburrirse. Empezó a preguntarse de qué parte de Madrid sería la primera postal que mandarían, mientras iba andando tranquilamente el camino que sus padres habían hecho con el auto, pateaba en cada paso las piedritas del camino de ripio. Pensó que luego de España iban a Francia y no podía contener la emoción de tan solo pensar en recibir una imagen de la Torre Eiffel desde el mismísimo lugar en donde está realmente la Torre Eiffel. Faltaba para ese momento pero eso, y los regalos que le habían prometido, era lo único que la mantenía entusiasmada en cuanto a semejante viaje del que no era parte.

Caminaba siguiendo la estela de polvo y pensaba, pensaba porque no había dicho nada a sus padres, porque no les había expresado el deseo de irse con ellos y las pocas ganas de quedarse con sus abuelos, ya no era una nena, estaba a punto de cumplir los catorce. No se había animado a pedir, tuvo miedo a que le dijeran que no, pero mientras andaba se sintió envalentonada y decidida a convencerlos a que la lleven con ellos en las próximas vacaciones. Saber que este era el último verano entero de vida rural la puso más contenta y animada, hasta sintió algo de ganas de ayudar a cocinar a su abuela. Llegó finalmente a la majestuosa reja blanca de la casa quinta, se agarró de los barrotes y apoyó su cara entre ellos, cerró los ojos por un rato y divago sobre el próximo verano y sobre el destino que soñaba… hasta que un impacto muy fuerte la despertó de su ensoñación. Violeta escuchó una frenada seguido de fuertes golpes de chapas, vidrios y un impacto. Abrió los ojos. Solo pensaba en París. Era todo lo que se le ocurría, París, la torre y la postal, recién todo eso francés se le deshizo cuando vio a su abuelo salir de la casa enajenado y correr por el camino de ripio de la quinta en dirección a ella y a toda velocidad.

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