Marcela Inda

Espero

Espero que la máquina se reinicie. El cosito da vueltas, ella está “pensando”. Eso nos dicen para que la respetemos un poco, o para que nos banquemos la espera. Esa, que es una de las tantísimas pequeñas esperas de hoy. Espero que el agua se caliente. Espero que el baño se desocupe. Espero que hoy no haga frío. Espero haber acertado con el abrigo. Espero el bondi. Espero que esté vacío y me pueda sentar. Me siento y espero. Espero encontrar el lugar. Toco timbre y espero. Espero en la cola para ser atendida. Espero mi turno. Espero que me toque una persona habilidosa, y que sea rápido e indoloro. Espero terminar pronto. Espero el resultado. 

Esa espera es larga y angustiosa. Llena de pensamientos enredados, indeseados, que trato de espantar como a las moscas. Lucho por mantener el control en esa mente que creía bajo mi gobierno. Pero quien está del otro lado de mi espera tiene ahora todo el poder. Y yo, pequeñita, no tengo más que ser-en-tensión-a-una-respuesta. “Hay que aprender a esperar”, nos dicen. Como si fuera la meca de todas las virtudes. Virtudes, claro, de una manada de obedientes, adoctrinados, adormilados, gente que hace cola para comprar churros en una playa atestada de gente que esperaría tranquilamente hasta para meterse al mar de forma ordenada.

La espera es, a veces, una sala espaciosa y vacía. Y de repente todo se tensa, se contrae. Se filtra un sonido chirriante, que perfora los tímpanos. Y no hay explicaciones. No hay a quién preguntar. Como una pesadilla en la que todo funciona según una lógica completamente desconocida, no podemos interpretar, nos falta la clave. Y sólo queremos huir, despertar.

Ojo, la calma también aparece de a ratos en mis esperas. Como un silencio, una respiración, una nada que camino con paso lento, hacia… ¿dónde? No hay rumbo en el desierto. A tantos años de estar conmigo, no me asusta verme, estarme. Pero la espera se dilata. Y eso es lo que me rebela. Me nace del centro de las tripas un “no” enorme. No quiero esperar más. No quiero estar atada a ese otro que me diga, que me responda, que me afirme. Porque, en algún lugar de mí, sé, percibo, intuyo, que, en la balanza de la espera, el peso mayor está de mi lado. La expectativa existe más en mí que en el afuera. Es acá, no allá, donde todo se detiene a esperar. Como si yo misma construyera ese dique enorme que contiene la vida y no la deja seguir. Porque se supone que hay que esperar, y ver qué pasa, y qué dicen, y qué sienten, y qué quieren los otros… Y me resisto, basta. Si está en mí, no quiero más. Con un cuchillo bien afilado cortaría todos los hilos que me unen a una espera. Zas. Así, de una. Y, de repente, qué liviana, qué libre, qué nuevo todo.

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