Victoria Sarchi

Ideal

El estruendo en el piso la asustó. Fue instintivo cerrar los ojos. Automático. El plato de aluminio quedó resonando en el espacio por un rato. De a poco fue descomprimiendo la fuerza que usaba para no mirar y su cara se relajó, siguió con los ojos cerrados por un momento. Los mantuvo así hasta terminar de tragar las ganas que también le daban a ella de revolear cada cosa que había sobre la mesa de la cocina. El vaso plástico con agua, el mantel individual, los juguetes didácticos que lo ocupaban todo. Escuchó el repicar del tenedor plástico contra la mesa de madera varias veces pero seguía sin ver. Tiene ritmo, pensó. Quizá haga música como papá, y esbozó una pequeña sonrisa.

Su padre había sido baterista en una banda de jazz durante toda su vida, la vida de ella, claro. El repiqueteo rebelde de su bebé de once meses la llevó a recordar momentos que hacía mucho que no se detenía a recordar. El olor al cuero de las butacas, a las maderas del escenario, el sonido del cepillo tambor sobre el platillo que tanto le gustaba escuchar. Así, de un instante a otro, la ira se volvió música y sin ver miraba, en sus adentros, una película que corría suave, su propia infancia. Sus zapatos guillerminas blancos, moviéndose graciosos al ritmo de la música, su padre batiendo los brazos de un lado a otro, los músicos haciendo sonar los instrumentos de viento con toda la fuerza de sus pulmones, los dedos gordos del contrabajista a toda velocidad y su padre, otra vez, electrizado por la conjunción de sonidos, poseído, extasiado, feliz. Lágrimas se escaparon de sus ojos cerrados, una catarata inmensa de recuerdos la bañó enteramente, extrañó a su padre, cosa que no se dejaba sentir muy a menudo, pensó que él tendría las palabras justas para este momento en que quería salir corriendo de la casa, arrepentida por unos segundos de haber sido mamá. 

Si bien, su papá, había muerto hace rato y evitaba su memoria para no llorar, ella en sus adentros no había podido matarlo. Él era perfecto todavía, como casi toda chica de dieciséis años que cree que su padre es el hombre ideal hasta que con el pasar de los años ese velo cae estrepitosamente ante sus ojos, es entonces ahí cuando empieza a ver lo real y la idealización desaparece. Eso no le había pasado, ni le iba a pasar, siempre sería perfecto, lo sabía y le encantaba, era lo único bueno de haberlo perdido tan rápido. Sintió un golpazo en su frente que la despertó radicalmente, subió por su cuerpo la ira una vez más, abrió furiosa los ojos y vió a su pequeño sonreír ampliamente al notar que ella lo estaba mirando de nuevo, y todo el enojo desapareció mágicamente cuando se dió cuenta de que el nene, también la había extrañado a ella mientras estuvo dormida despierta por un rato.

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