Victoria Sarchi

Las razones

Dije que a partir de hoy sólo iba a hablar de mí, porque se supone que tengo la potestad absoluta en lo que al tema se refiere (mí, yo) y a juzgar por mis últimos días de vida parece, según lo que escucho, que todo lo que siempre he querido tener ha sido eso: RAZÓN. Para mí gritar un poco, levantar la voz es querer decir más claro pero bueno…. Ya no quiero ser puesta en tela de juicio, entonces acordé, conmigo misma, que sólo voy a referirme a lo que sé.

Me parece que de mí lo sé absolutamente todo, lo que me gusta, lo que no, cuánto tarda en crecerme el pelo, la cantidad de horas que necesito dormir para funcionar, sé que la mayoría de las veces tengo frío y pocas veces calor, conozco de memoria la textura de mis uñas y así podría pasarme horas completas enumerando todo lo que sé de mí, mi primer recuerdo, sí, yo sé con certeza cuál es mi primer recuerdo en la vida: 

Estoy en un taxi con mi mamá y mi hermana, el auto es un Peugeot 404, hay olor a cuero sobado, recuerdo perfectamente el olor de los taxis que tomábamos todos los días a la vuelta del jardín porque vivíamos “lejos”, ya no me huelen así los taxis, es el olor de esa época, tan potente como estático, no sólo porque me dolía la cabeza por un rato después de esos viajes sino porque sigue en mi memoria sensitiva vivamente inmutable. Parece que todo en esa “época” deja una huella profunda y mientras más me acuerdo más me doy cuenta de que en la infancia estamos de estreno, no es sólo una fase de la vida que nos marca a fuego sino que nuestros sentidos, todos ellos, los cinco, están todavía intactos, casi nuevos y quizá sea por eso entonces, que los colores del recuerdo son más vibrantes, texturados, que la voz de mi mamá suene más aguda, los olores, como el del taxi, penetrantes, las caricias en las mejillas más duraderas y los sabores a las golosinas que ya no existen, imborrables a la lengua.

Mis recuerdos de adulta ya no son así y sospecho que se debe a que ya empieza a estar todo demasiado usado. Andamos en el taxi por una avenida, en el carril central, somos tan chiquitas, mi hermana y yo, que podemos mirar las dos a la vez por la ventana que nadie le tapa a nadie. La primera que reacciona es mi hermana, yo como siempre, tardo un poco más en darme cuenta a lo que estamos asistiendo. Hay un chico joven apoyado contra el tronco del único árbol que hay en la vereda, un hombre viejo se para a su lado pero no muy cerca e intenta dar un paso adelante para asistirlo pero se vuelve hacia atrás en cuanto el joven vomita fuertemente a la vista de todos. Después de unos segundos parece que para pero no, vuelve a hacerlo, y el viejo retrocede una vez más. 

Mi hermana afirma: Está vomitando.

Yo, pregunto: ¿Vomita? 

Mi mamá: Ay, luego intenta dar una orden: ¡No miren, chicas, no miren!, pero invariablemente no le hacemos caso. Tanto mi hermana Mariana como yo estamos hipnotizadas. Es tan íntimamente asqueroso y vergonzante lo que está pasando que nos resulta imposible dejar de mirar. Yo tengo tres años, seguro que nunca había visto vomitar a nadie, mi hermana seguramente sí, deduzco yo por su siguiente comentario:

Tomó Nesquik, afirma nuevamente Mariana, con esa voz pesada que la caracteriza. 

El taxista se ríe, avanza y en cuanto lo perdemos de vista por la ventanilla derecha pegamos nuestras frentes al vidrio de la luneta trasera: ¡Basta, che!, dice mi mamá en voz más alta, cosa que me hace dar cuenta que pasa hasta el día de hoy eso de que cuando está cansada de algo termina la frase con un efusivo che y que claramente es el reemplazo de un insulto reculado. Ahora vemos que el hombre más viejo toma coraje y se acerca, aunque el joven no para de devolver incesantemente lo que tiene en las tripas, y lo toma del hombro. Un valiente. Yo no podría acercarme a nadie desconocido mayor a diez años de edad mientras vomita. El taxi dobla y los perdemos de vista. Y ahí me voy a negro, no recuerdo absolutamente nada más de ese día ni de esa edad. Estoy segura que este es mi primer recuerdo y a este sí que nadie me lo puede refutar. Sólo yo misma podría no darme la razón y en este caso me la estoy dando. 

Creo que hay una sola cosa que no sé de mí y eso es lo que los demás saben de mí y yo no. Porque a veces me escucho en la boca de otros y no me reconozco. Parece que soy yo pero en mi interior no es de mí de quién hablan. Es que hay gente que tiene el poder de confundirte, de sacarte hasta las certezas más pequeñas como un recuerdo, y lo hacen  todo, absolutamente todo con tal de tener la razón.

Como yo. 

Y me siento menos sola en esa lucha.

Si al final, en voz más alta o en silencio, teniendo la razón o no, acá estamos todos,

batallando.


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2 Comentarios sobre “Las razones

    • liliana Scarpatti dice:

      Me encantó el relato,descriptivo pero entretenido…Me deja con la sensación de que sos ” la que tenes razon” y un poco otra,que aunque no te reconozcas en boca de los demás, hay una parte de vos que te resulta desconocida. Bello relato. Felicitaciones!!!

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