Marcela Arza

Detalle

Ya se habían ido todos. El eco del bullicio seguía como constante a pesar de la casa vacía. Le pregunte si quería café, y apenas hizo gesto y se desplomó en la silla, con el cansancio de una vida entera. No podía decirle nada. El nudo en la garganta asesina los tímpanos, cuando no hay más nada que hacer, que solo tomar un café. Me senté al lado de ella, le agregue dos de azúcar y prendí un pucho. Había algunos vasos sobre el modular, marcado de un labial violeta. No recordaba quién había estado con ese color en la boca. Tampoco recordaba bien, quién había estado. Como que el día había pasado, da igual si latimos o no. 

Se te va a enfriar, le dije, saliendo de mí y viéndola de vuelta. 

Obedeció y tomó un sorbo. Tenía la mirada sin ver. Se la veía un cuerpo que no estaba. Nos vi a las dos que no estábamos. Sentadas en la cocina, no estábamos. 

Cuando el eco desaparece, impregnan las preguntas. ¿Es el silencio la respuesta o la pregunta? 

De pronto, sale de su estado de coma y me pide que le alcance fuego. Le doy el encendedor. Me mira con ternura y me agradece.

Mamá tiene la misma mirada que recuerdo de chica. En Gesell, a upa de ella. no sé qué edad tendría, siempre pienso que era más grande de lo que en realidad era,  pero, patente en la retina de la memoria, tengo la imagen de sus ojos sonriéndome y la sensación de seguridad. Mi mama cuenta que se siente mal cuando ya sabe cómo sentirse mejor. No le sale compartirse. Y a mí tampoco. En eso somos parecidas, pienso. 

Se prende el cigarrillo. La miro. La mirada va y viene en recuerdos.  Una vez, tuvimos el debate con mi hermana de que los ojos son los que más hablan del cuerpo. Que ahí se ve la verdad. Mamá y yo pensábamos eso y mi hermana enojada no entendía, ya que los ojos, son ojos decía. ¡Nadie dice nada con mirar!, decía enojada ante nuestra teoría. 

Y si, la veía y la escuchaba en esa casa tan ruidosamente silenciosa. Las patas de gallo, esas hermosas líneas al costado de las ventanas oculares, se iluminan y espesan cuando la angustia empaña. Quería decirle que se vaya a dormir, que descanse, que al otro día nos quedaba el entierro y papeles y más papeles. 

Que agotador despedir a los muertos. 

Quería mirarla, como ella a mí de chica y darle seguridad. Quería decirle que iba a estar todo bien. Quería ser mamá de mi mamá y no verla llorar nunca. Llevarla de vacaciones, comprarle lo que quiera. Quería parar el tiempo y que la vida no sea tan chota. Quería la muerte de amiga no de arpía. Quería tantas cosas, sin decir nada y mientras el nudo de la garganta ahorcaba fuerte. A ella también, porque tosió y fingió que era el pucho. La mire y los ojos se le llenaron de agua. Y ella no llora nunca. Su mamá no lloraba, ni abrazaba ni le decía a nadie te quiero. Mi mamá es igual pero lo sabe y lo lucha. Pero no llora. Mi mamá no llora nunca. 

El café se me enfrió pero lo tomé igual. Por el reflejo del televisor apagado la veía fumar y despegarse en ese humo. No estaba acá. Mi mamá ya no estaba. Sin padre y sin madre.  

El reloj de la cocina se hizo referí del tiempo y solo jugaba en esa casa cada segundo más grande y vacía. 

Y nos quedamos así, sin dormir, en esas posiciones. Nos comió la noche y nos escupió unos gorriones bochincheros que nos avisparon. 

¿Quién tenía labial violeta? Me preguntó después de haber dormido con los ojos abiertos. 

¿La tía? 

Puede ser.


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2 Comentarios sobre “Detalle

  1. Paula dice:

    Marce: tu poesía, que rasga, grita, calla y acaricia, nos salva con su belleza del negronoche/muerte.

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