Victoria Sarchi

El plateado

Las alpargatas azules con suela de arpillera ya están completamente empapadas. El agua salada le sobrepasa los tobillos y sube lenta pero constante a taparle las piernas. La niebla no lo deja ver lejos, lo envuelve entre sus brazos invisibles y en cada respiración lleva humedad a sus pulmones. Varias cosas salieron mal esta mañana. Para empezar el sol apenas se mostró y él confiaba en su presencia para el abrigo. Pero eso no fue lo primero que falló.

Se despertó a la madrugada, con un ardor en el pecho, como si tuviera el corazón prendido fuego, se puso sus jeans de pesca, su remera blanca y sobre ella un chaleco color caqui repleto de bolsillos, se sentó en la cama para calzarse y notó que el ardor era mayor cuando estaba sentado, entonces apuró sus alpargatas y se puso de pie nuevamente. Cuando estaba mirando fijo la pared de su cuarto haciendo respiraciones profundas que disiparan el fuego se dio cuenta que no había soñado y se entristeció. Todas las noches mientras dormía sacaba de las aguas un pez plateado y brillante que lo llenaba de felicidad pero esta noche no y eso era raro, rarísimo, más que el ardor. Fue hasta la cocina de su pequeña casita en el médano y agarró su caña, como todas las madrugadas, pero esta enganchó la línea en un clavo inútil, porque antes sostenía un cuadro y ya no, y se cortó en dos partes. Eso lo retrasó un poco pero no mucho porque a pesar de la artritis reinante en los dedos seguía siendo muy rápido en hacer pasar el sedal por las anillas y el carrete, como un verdadero artesano colocaba los plomos, los flotadores y los anzuelos. Rápidamente estuvo listo, tomó también su caja de herramientas en la que ahora había carnada y salió, a los pocos metros se dio cuenta que olvidó su campera pero no le dio importancia porque estaba seguro de que iba a ser un día soleado.

Al llegar a la escollera se resbaló con una tripa de pescado que había en el piso. No se lastimó mucho, sólo se agujereó el jean y le sangró un poco la rodilla, sabía que mañana era cuando iba a sentir con más fuerza el traspié. Tiró su caja y su caña dentro de “Fliper”, su modesto bote de madera que se movía a tracción con un pequeño motorcito, saltó sobre su superficie sin reparar en la rodilla y le dio marcha. Se llenó de olor a nafta y avanzó sobre el mar cuando todavía era de noche, divisó en el bote su gorrita negra y se la puso mientras dirigía a “Fliper” hacia el mar adentro. Anduvo un rato largo hasta que empezó a amanecer, se escuchaba fuerte el despertar de las gaviotas. Él tiró sus redes un rato pero no sacó nada, entonces decidió irse un poco más lejos, le dio arranque al motor pero este se ahogó, esperó, si había algo a lo que estaba acostumbrado era a eso, a esperar, cuando intentó de nuevo el motor de “Fliper” ni siquiera se inmutó, entonces decidió seguir esperando y usar su caña por un rato, puso carnada en el anzuelo y lanzó la línea bien lejos. Su corazón empezó a arder fuertemente, como lo había comprobado empíricamente unas horas antes, se paró en el bote y el ardor fue más leve. Allí estaba en el medio del océano calmo contemplando el amanecer mientras el sol no terminaba de aparecer nunca y las nubes invasoras empezaban a bajar para nublar también la tierra y el agua. Siempre salía tempranísimo para llegar primero que nadie al área de pesca, dentro de poco ya empezaría a divisar a otras embarcaciones, si es que la niebla se lo permitía. A pesar del ardor sintió frío. Un frío súbito, repentino y sorpresivo. La rodilla empezaba a hacer gala de su raspón y para ver si menguaba el dolor torció un poco la pierna, al hacerlo se dio cuenta de que estaba pisando sobre agua. No le dio importancia al charco, pero poco a poco se hacía más grande y cada vez estaba más arrepentido de no haberse puesto botas y de haber confiado en el pronóstico del tiempo que había escuchado en la radio. Afinó sus oídos a ver si escuchaba el sonido del motor de alguna otra embarcación pero no pasaba nada.

Las alpargatas azules con suela de arpillera están completamente empapadas, él agarra con fuerza la caña y espera. Espera que el ardor en el pecho cese aunque cada vez sea más fuerte, espera no sentir mucho dolor en la rodilla a pesar del golpe, espera el sonido de otros botes, espera que alguien lo encuentre antes de hundirse del todo, pero lo que más espera, si todo lo otro falla, es que muerda de su anzuelo el pez plateado brillante con el que sueña noche a noche para mirarlo a los ojos e irse a lo profundo junto a él.


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