Marcela Inda

Descafeinado

Unos segundos antes de que suene el despertador Eric abrió los dos ojos con obediencia civil, sin pereza. Desactivó la alarma, se puso en pie. Sin hacer el menor ruido, para no molestarla, dejó el lecho y se dirigió al baño. Se higienizó con pericia y tomó su primer antiácido del día, junto con otras píldoras de colores que prometían activar sus sistemas y mantenerlo alerta. Sus prendas planchadas, nuevísimas, lo esperaban en el vestidor. Chequeó: llaves, teléfono, mascarilla. Al pasar junto a la puerta, se desinfectó las manos en el dispenser y salió.

En el bar de la esquina pidió su descafeinado. Con edulcorante. Hacía más de dos décadas que no probaba el azúcar, en ninguna de sus formas. Saludó con un gesto mecánico y salió a la vereda. Aunque era temprano el sol de enero ya picaba en las baldosas. Se calzó sus gafas oscuras, cruzó veloz y se acompasó a la sombra. 

Los auriculares le trajeron el refugio de una sonata. El mundo quedó afuera. El transporte público sólo llevó su cuerpo, que intentó entrar lo menos posible en contacto con el metal del pasamanos, sudado por tantos y tantas. Al bajar en su parada, desinfección general y exhaustiva de manos. Ya era experto. La sonata había terminado y le había seguido otra, aún más bella. 

Allí iba, ajeno y automático. Aséptico, ausente y eficiente. Trabajó sus ocho horas reglamentarias con un intervalo para comer (algo con nombre impronunciable, pero que básicamente eran unas verduras al vapor y que él pidió expresamente con sal baja en sodio). 

En su camino de regreso, comprobó en su dispositivo que aún le faltaba para alcanzar sus diez mil pasos diarios, y se bajó unas paradas antes. No era su recorrido habitual, pero estaba amparado por el piano. Los nocturnos. Una, dos, tres cuadras. Y había tomado ritmo, en blancas, negras, corcheas, semicorcheas… Y el rabillo del ojo creyó ver algo fuera de mapa. Fue un instante, no más. En el escalón de un portal, dos niños, sucios y cómplices, devoraban un sándwich de… ¿era un choripán? Creyó reconocer ese olor tan lejano en su memoria mientras oía sus risas entre hipos. 

Enseguida estuvo en su casa, saludó a unas paredes vacías, encontró en la heladera una nota avisando que regresaría tarde. Y entró a la ducha con más alivio que otra cosa. Bajo el agua bien caliente se refregó como si llevara en la piel la mugre del mundo. Eso sí, con jabón neutro, para pieles sensibles. Dos antiestamínicos después, bebió varios vasos de agua y se tendió en la cama de sábanas limpias. Apenas cerró los ojos, cayó en picada.

Está oscuro. No ve bien. Alguien prende un fuego. ¿Es su padre? Un sonido. ¿Son chispas? No. Es la grasa goteando de la parrilla a las brasas. Siente el olor. Es inconfundible. Son cuadras y cuadras de parrillas goteando. Y cada vez más gente se acerca. Y se ríen, y comen con las manos, y le convidan, y él no quiere, pero también quiere. Hinca el diente. Come uno, dos, y sigue y sigue. Y no puede parar. 

Y abre los ojos. Y sus sábanas de quinientos hilos son agua. Todo sudado, Eric no entiende qué día ni qué hora es. El blackout en las ventanas es un trabajo bien hecho. Mira el reloj pero no lo entiende. Nota que su respiración está agitada, será eso. Respira en ocho. Se calma. Vuelve a mirar y se da cuenta de que el despertador debe haber sonado hace ya diez minutos. No lo escuchó, por primera vez en años. Salta de la cama, y corre a la ducha.

Le espera otro día descafeinado, edulcorado, desinfectado.


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Comentario sobre “Descafeinado

  1. Lea dice:

    Qué cuento !!!! Un sueño puede más que 20 años de privaciones, de vida ordenada, de rutina alienante… Hasta se sienten olores de antaño cuando todavía no era vegetariano. Pero ese orden que parece dar seguridad necesita de comprimidos, de química que lo estabilice. Todo sugerido, como en todos tus cuentos… Excelente!!!

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