Marcela Arza

En mi casa

La nariz alargada, con la pera redondita. Nariz alargada y grande. Boca de labios finos. Está observando directo la puerta. Su torso, apenas, fantasea un brazo. La cortina de caireles ahí ya no me deja ver, la descuelgo y la apoyo en la cama.

 ¿Cómo no lo vi antes? ¿Cómo vivir con esa imagen sobre la puerta? Es tan real la cara, que me asusto y me subo a la escalera y con cepillo y lavandina, a las 3 de la mañana, rasqueteo la pared. 

Que tendría que estar haciendo otra cosa, sí. 

Que no puedo vivir con eso, ahora, también. 

Le doy con fuerza y cae como manantial polvillo blanco sobre el piso. Me alejo. Observo. Sigue siendo la misma cara, pero ahora la boca quedó como abierta. Un rostro que parece gritar hacia la puerta del baño. Me aterro. Rasqueteo con precisión. Me duele el brazo. Descanso y sigo. De tan cerca que estoy, la cara parece abrir un ojo que me mira con la boca abierta que no la puede cerrar.

 Bajo. Observo. Camino por la habitación. La mancha de humedad me mira. Quedó de tal forma que cualquier perspectiva le es factible. Levanto la cortina de caireles de la cama, y la cuelgo. La cara se volvió tan terrorífica, que decido poner los clavos más altos y taparla con la cortina. Voy a buscar el martillo y en la cocina escucho, percibo, una risita. Chiquita. Confío que son mis vecinos. Salgo al patio y miro sus ventanas. Espero y nada. Noche y silencio. Vuelvo y con el martillo en la mano, clavo la cortina sobre esa nariz alargada. Un clavo. Bajo. Subo. Otro clavo. Cuando voy a colgar la cortina, la mano me empieza a temblar. La boca de esa cara, de esa mancha de esa humedad, se abre y estira sus comisuras. Colgué rápido y bajé casi saltando los escalones. Me alejé y miré la pared. 

Un rostro debajo de caireles fucsia, vigila. 

Quiero ir al baño pero me resulta aterrador pasar por ahí. Pero, también, salir de la habitación es aterrador porque la cara mira para todos lados. Me siento en la cama y espero que ese rostro se duerma o se distraiga. Siento que si le paso cerca, algo me va a hacer y ahora que miro los caireles son filosos. Son como de plástico y punta redondeada pero de costado tajea, como una hoja de papel. La cortina, que mide como yo, se empieza a mover, así enredada, como si una ráfaga de viento la levantara, pero la ventana está completamente cerrada. Terror. De vuelta la risita. No es de afuera. El rostro parece tomar cuerpo y esos brazos empiezan a divisarse como garras que ahorcan al enchufe y a la tecla de luz. Asustado me mira el toma de enchufe con sus ojos hacia abajo y su boca redonda sorprendida. Quiero irme de ahí, pero la fascinación de este miedo no me permite. Sin dejar de observar a ese cuerpo de humedad pegado a la pared de mi pieza, veo que esas manchas que hacen de ojos se vuelven de un color brillante y como si viera una flor abrirse, entendí que eso estaba naciendo y sin dejar de mirarnos, el cuerpo de humedad abrió la boca y rió mostrándome que de ahora en más, no soy sola, ese cuerpo vive, por más que lo tape con caireles de colores, siempre está, ahí, vigilando quién entra y quién sale de mi habitación.


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Comentario sobre “En mi casa

  1. Martha Pérez Machado dice:

    Me gustó!
    Me recuerda cuando no podía dormir con la puerta de los placares abiertos.
    Me decían que de noche salía el diablo.???

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