Victoria Sarchi

Pirañas

Pateó rabiosamente lejos un cascote de piedra con la punta del dedo gordo y aunque no hizo ningún gesto con su cara se podía entrever que le dolía. La humillación del arrebato, del forcejeo, del despojo de lo propio… también dolía el dolor físico en su pie, me imaginaba al verlo como a la sangre le estaría costando circular por su dedo gordo y le dolía pero menos, mucho menos, se notaba en sus labios trémulos que lo que más le dolía era la violencia, la suya y la de los otros. Los ojos los tenía en un estado bastante border, no decidían si inyectarse en sangre de la bronca o si dejar salir lágrimas de angustia. Yo miraba todo desde la parada del colectivo y no hice nada, ninguno de los que estábamos en la fila hicimos nada. 

Conocía la sensación porque me había pasado alguna vez eso del “robo piraña” pero acá era distinto porque parecía que lo conocían. Fue todo muy rápido pero uno de las pirañas mientras le quitaba la remera lo llamo por su nombre seguido con un: dale, dale, soltá y el más bajito de todos le dijo mientras se escapaba; abrí la jeta y vas a ver, puto. Bien altanero como todo petiso, pensé. Lo dejaron en ropa interior, y fueron esas palabras que lo hicieron frenar el impulso porque su primer intención fue correr detrás de ellos pero esas palabras del petiso lo detuvieron en vez de seguir corriéndolos fue que pateó el cascote, creo que de haberlo pensado un segundo no lo hubiera hecho.

En la parada un señor grande que estaba al lado mío hizo una onomatopeya cuando vio lo que pasaba, dos chicas adolescentes salieron caminando rápido hacia la dirección contraria y una mujer con su hijito de dos años lo alzó en sus brazos y lo cubrió, ¡ni falta hacía! Fue todo tan veloz que el nene nunca se dio cuenta de nada. Si nosotros, apenas, pudimos verlo y entender que pasaba. Ahí estaba este adolescentes semidesnudo, dejando ver ante todos su cuerpo jovial, delgado y con varios tatuajes, la mayoría, inentendibles para los que lo mirábamos de lejos.

El muchacho los miro irse, quedó en medio de la calle de asfalto mientras los veía escapar levantando el polvo de las callecitas que eligieron para huir y no se, repartir el motín supongo. El chico desvió la mirada hacia nosotros por primera vez, yo y todos los demás, automáticamente miramos hacia otro lado, a mí me dio completa vergüenza lo que acababa de pasar, toda la situación, el haberme acostumbrado tanto que no me anime ni a gritar y a esto de que la sangre ya no me hierva ante la injusticia. Por unos segundos el trajín de la mañana se silenció.

El jovencito se sentó en la calle, sin importarle nada, entregándose a qué cualquier auto lo pasara por arriba. Y otra vez ninguno de los que observábamos hicimos nada. Fue ahí que decidí ser menos ordinaria y acercarme hasta el muchacho. Ahora veía de cerca esos ojos llenos de rabia y angustia, y cuando se encontraron con los míos un poco me intimidaron. Levantate, le dije, te van a llevar puesto, y él se rió con algo de ironía. Dale, insistí, a lo que se incorporó muy desganado, ¿querés mí teléfono para llamar a alguien?, le pregunté. No, respondió y caminamos juntos hacia la pequeña vereda dónde estaba la parada y fue en ese trayecto que se clavó algo en el pie que lo hizo mascullar, mis zapatillas y una grosería irrepetible.

Yo llevaba colgada de mí brazo una bolsa de hule con el regalo que había comprado para la Celia, la “nena”, ya casi adolescente, que cuido todos los días y que siente devoción por los zapatos pero a nadie le importa. A nadie, excepto a mí. Cómo era sorpresa ella no sabía que se lo estaba llevando ese día. Cuando vi la sangre que dejaba cada pisada del chico se me ocurrió ofrecerle la bolsa. Toma, para que no te infectes, son un poco chicos pero chancletealos… al mirar adentro de la bolsa, se puso enteramente nervioso, no,no,no yo no voy a… no soy ningún… yo no uso esas cosas, dijo bajando la mirada y se fue corriendo, rengueando hacia dónde se fueron las pirañas. Yo miré adentro de la bolsa y vi los zapatos rojos bien lustrados con el taco de madera reluciente y sonreí. Si al final era una alegría que no los hubiera aceptado, la Celia iba a estar feliz.


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