Marcela Inda

Ya no le temo a los murciélagos

Pánico les tenía. Era de esas cuestiones irracionales. E incontrolables. Ver (o intuir) uno aparecer y bloquearme. Ser capaz de meterme debajo de una mesa, como una niña pequeña, taparme la cabeza con las manos como si eso equivaliera a desaparecer, y no salir hasta asegurarme de que el asunto estaba controlado, o sea, hasta estar cien por ciento segura de que el bicho inmundo había sido expulsado del recinto (y/o muerto in situ).

Hoy, en uno de estos atardeceres raros y silenciosos que estoy teniendo, mi alrededor se fue oscureciendo… Eso no es lo raro, raro sería que no oscureciera… Caminaba. Con paso decidido. Ni rápido ni lento. Sólo hacia adelante. Respirando. Escuchando. Tratando de vivir al ritmo de mi respiración. Sin prisas por decidir lo que mi cuerpo todavía no sabe. Sin perezas de pasado. Caminaba por un sendero de monte en ese momento delicioso en que el bochorno de una tarde de sol intenso da paso a la calma que trae la brisa del atardecer. Se agradece en la piel, ese instante en que se relaja y descansa todo. 

El día se acababa, se volvía noche. 

Y ellos aparecieron danzando. Uno. Y otro. Y otro. Y un par más por ahí, para que no quepa duda de que esa era su hora, su territorio, su escenario. 

Y nada. Ninguna reacción. Mis pies siguieron su hacer. Y yo ahí, sin huir. Qué raro, pensé. Ya no le temo a los murciélagos. Me di cuenta de eso. No es poco, me dije, si puedo ingresar a la noche. Si avanzo decidida hacia la oscuridad que me rodea. No es temeridad. Pero yo toda me sumerjo, sin paraguas. Y habito lo negro, las sombras. Lo que no se ve. Y lo que, aun sin ver, allí encuentre. Porque, aunque no veo, escucho. A ver qué dice. A ver qué susurra, grita, canta. 

Mis pasos, que no se detienen, uno tras otro, marcan un ritmo que intento acompasar a eso otro, que está ahí afuera, pero también en mí. No hay tanta diferencia. Algunas membranas. Y poco más. Toda una experiencia, la de no salir corriendo, la de no intentar prender la luz. No veo, no entiendo nada, no sé. Suspendo el querer saber. Para quedarme. Para estar. Para sentir. Lo que me sea dado sentir. En mí y ahí (¿afuera?), que no es igual pero es lo mismo.

¿Qué música suena en el fondo de la noche? ¿Qué compás danzan ellos, los alados? Yo también quiero bailar en lo oscuro, así.


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