Marcela Inda

Con las cartas no se juega

Con las cartas no se juega- dijo, de golpe, juntando el mazo disperso. Lo envolvió cuidadosamente en el pañuelo de seda, y lo guardó en el bolso, apagó la vela, todo en dos segundos. 

Se hizo un silencio suspendido. Estaban los que habían entendido, o intuido, y los que se habían perdido hace rato y ahora miraban inquisitivamente a Mariela, a Jordi… esperando alguna traducción del genio de Elena, que parecía haber cortado el mambo sin motivo.

-Paso al baño -le dijo a la dueña de casa, como pidiendo permiso. Dio unos pasos, y se volvió. Manoteó el bolso y se dirigió al pasillo. 

Mariela les dedicó a todos una mirada helada y se fue a la cocina. Pedro, detrás de ella, aparentando ir en busca de bebidas y más papitas, que seguro había más en algún lugar, que cerveza había un montón todavía en la heladera.

Alguien subió la música, queriendo barrer ese silencio áspero. Lea abrió la ventana y salió al diminuto balcón. Sintió en la cara el aire frío, escarchado, que la alivió, y pudo volver a respirar. Jordi se le acercó despacio, la miró preguntando, puso su mano en el hombro de ella.

-Estoy bien… Sólo que fue tan claro lo que apareció ahí… ¿no? -los ojos húmedos, aflojando por fin esa cosa extraña que había durado sólo unos minutos pero que había tenido más intensidad que sus últimos dos años de vida en stand by.

-Si… y el boludo de Ramiro que no sabe dónde parar con la joda… 

-No registran nada, no sé de qué están hechos…

Un tren pasando llenó el silencio del balcón.

-Elena sabía… vos le contaste, ¿no?

-Jamás, nada, te lo juro. 

-¿Cómo que no?

-No… Hace re poco que la conozco, no sé… nunca se dio, no salió el tema… Hoy le dije de venir y se copó… A Marie y a Pedro los conoció el otro día en el recital, por eso se animó, pero no, ni ahí, mirá que le voy a andar contando esas cosas, no…

-Ah…

-Sí, raro

-Muy raro

-Ella dice que las cartas son así, que no mienten…

-Claro… ¿Por qué no vas a ver cómo está? 

-Sí, tenés razón… ¿Vas a estar bien? ¿No querés entrar?

-No…

-¿Le digo a Marie que venga?

-No, tranqui… Quiero respirar

Jordi entró y se sumergió en la cumbia que ya sonaba en los parlantes, se perdió entre los que bailaban y fue en busca de Elena. Pedro regaba los vasos con generosa cerveza bien fría y convidaba nachos con guacamole.

-Tienen que probarlo, no saben lo rico que me quedó, ¡y casi me olvido de sacarlo! A ver si adivinan qué tiene… hoy le puse un toque…

Desde el pasillo apareció una Elena muy pálida, con los ojos bajos, saludó con un gesto.

-Se siente maso y mañana labura, así que la llevo a la casa -dijo Jordi a modo de explicación.

Mariela apareció desde la cocina, con los ojos rojos. Habló fuerte, sobre la música.

-No te vayas, me gustaría que habláramos, podemos ir las tres a la pieza y hablar tranquilas…

-Es que no sé… mejor otro día capaz…

-No, ahora, por favor…

-No sé, no me siento muy bien…

-Por favor te lo pido… La busco a Lea y eso, un ratito nada más… ¿Dónde está Lea? No se fue, ¿no? 

-Recién estaba en el balcón…

A Ramiro se le ocurrió que sí o sí tenían que escuchar un tema que les iba a volar la cabeza a todos. Por eso, y porque tocó mal un botón, se hizo silencio. Y los que ocupaban la pista se quejaron, silbaron. 

Y después se quedaron mirando a Mariela, a Jordi y a Elena que a su vez miraban el balcón. Un balcón pequeño, helado, donde no había nadie.

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