Marcela Inda

Gris plomo

Me gusta el color del cielo antes de que llueva. Justo antes. 

Gris plomo. 

Y esa luz, que todo lo tiñe de una claridad incandescente. Tensa. Dura sólo unos segundos en su mayor intensidad. Luego, descarga. Y aquí no ha pasado nada. 

La previa me gusta. Esa incertidumbre-tensión-incandescencia. Como si el sol se resistiera detrás de esas densas nubes, haciendo un descomunal esfuerzo para… 

Un momento que es a la vez fosforescente y gris. Enrarecido. Y avisa. Convoca las miradas, pone en alerta los sentidos. Estoy en casa. Miro, porque no puedo evitarlo, primero con el rabillo del ojo, el reflejo en el balcón de enfrente. Y me detengo. No importa lo que esté haciendo. Me interrumpe la potencia de ese instante antes de que estalle. Hay que hacer silencio. Lo que está pasando se parece a lo sagrado.

Como cuando el sol se pone en el horizonte de una llanura inmensa, o cuando la luna sale del mar… Ser testigo de esos segundos es como un privilegio, algo así. 

Por efímero será, por único.

En esta tierras donde habito ahora es más común el xirimiri. Hermosa palabra, ¿no? El xirimiri es una lloviznita persistente, cotidiana, como el pan nuestro de cada día. De esas que no moja y no deja de mojar. Que todo lo vuelve gris (pero gris claro, nebuloso). La tormenta posta sucede, últimamente por lo menos, más de vez en cuando. Y me doy cuenta de que la necesito. La potencia de los truenos y los relámpagos, el chaparrón, la descarga. 

Así que hoy, que vino, lo celebro. Agradezco que, por algún procedimiento (¿alquímico?), me haga experimentar las polaridades, la inestabilidad y la fuerza, la fuerza latente en la inestabilidad, el cambio rotundo que deviene…

Algo se suelta, se afloja, se transforma. Y llueve. Y la luz cambia. Y queda el patio mojado, las gotitas suspendidas en las hojas.

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