Marcela Inda

Acto fallido

Tuve mi primer acto fallido en euskera. O sea, el primero que registré.
Me di cuenta de mi fallido, de cómo el inconsciente se me coló en el lenguaje, por primera vez en esta lengua que habito ahora.
Escribí un mensaje y puse una “z” en lugar de una “s”. Sólo después de mandarlo me di cuenta. Un buen rato después. No daba borrarlo. Hubiera sido peor.


Mi maestra ciruela interior debe confesar que no fue un error de ortografía. Se trataba de una palabra muy simple, que escribí mil veces, y nunca la escribí mal. Hasta hoy. Porque yo creo que quería decir otra cosa. O sea, no yo, conscientemente…
Una letra, en euskera como en cualquier otra lengua, puede cambiar el sentido de una palabra. El sentido que viaja en esa cápsula que es la palabra, que toca resortes en el cerebro de quien escucha y encuentra referencias, que significa… Pero ese proceso, que lingüistas y semióticos se rompen el bocho en explicar, no es tan claro, tan diáfano.
Según como se mire… a veces somos opacos, otras muy transparentes.
No borré el mensaje. No creo que se haya dado cuenta de nada. A lo mejor pensó: qué mal escribe esta chica. Lo más probable es que ni haya reparado en eso. Era una letra, sólo una “z”.
Pero yo me quedé pensando en todo lo que no le estoy diciendo, en que debo estar haciendo bastante fuerza para no decirlo. Y entonces se me escapa y se lo pseudo-digo igual.
Porque esa palabra con z… si se mira de cerca, sin pensar en errores ortográficos (Miles Davis decía: no temas a los errores, no existen)… y sí, es bastante claro lo que le quería decir. Es verdad, me estoy callando cosas. ¿Quién no, por otra parte? Que tire la primera piedra…
También me quedó resonando una sensación casi feliz… La del “estreno”, la de comprobar que me siguen pasando cosas “por primera vez”, algo de la íntima sensación de estar viva, inaugurando vivencias… Y sonrío pensando cómo cala hondo una lengua amada y vivida cada día, aunque sea a tropezones…
Ahí se los dejo.
Mientras sigo hablando tanta paparruchada, en el cerebro del lector/a curioso/a se pone a trabajar la maquinaria imaginativa, y prueba combinaciones: cambia la “s” por la “z” en palabras sencillas del euskera, mil veces repetidas. Buscando, en su random de intentos, expresiones de deseos ocultos… Recuérdese: en el fondo, todo se reduce a Eros y Thanatos.

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