Marcela Arza

Sabor de reyes

Los ojos redondos exultantes, para afuera se le ponían. Nos hablaba con las manos marcando cada detalle. Estaba tirado en la cama viendo Bonanza en la tele, en la pieza de sus abuelos, estaba. Dice que jugaba con la peineta de la abuela como si fuese el caballo. Y estaba ahí, esperando que lo llamen a comer. Y dice que él sentía el olor a tuco. Sentía olor a nuez moscada, a la provenzal. Y en un instante un ruido, y las manos le temblaban raro, dice que miró la tele y un piiiiiiii le empezó a sonar adentro de su oreja, miraba y no escuchaba al pequeño Joe hablando con sus hermanos Hoss y Adam, ni a su padre Ben. Sólo el piiiiiiiiiiiiii.


Sólo su olfato funcionaba, decía, y se dio cuenta de que el tuco estaba hirviendo. Las piernas se le habían puesto tan pesadas que no pudo salir de la cama. El acolchado de broderí lo agarraba decía, me agarraba el broderí. Y dice que en un momento, una ráfaga de tuco quemado y para más un humo asomando por afuera de la habitación y que ahí sí, dice que miró, y con una fuerza que nunca hasta ese momento había tenido, se paró, caminó por el pasillo lleno de humo y que entró a la cocina y vio a su abuela en el piso, con la cuchara de madera en la mano. Dice que tenía los ojos abiertos, así decía, y nos mostraba sus ojos que ya se le salían.
Hizo una pausa y con las manos se apretó el pecho. Se le caían las lágrimas y decía estaba afuera, estaba afuera decía el Colo Caretti. Pobre Colo Caretti.
Salió en la tele. Fue su abuelo con la escopeta que tenía colgada en el living, arriba de la chimenea.
Hace unas semanas lo vi. Trabaja en un restaurante de comida exótica. Uno que combina el futuro, la experiencia y el sabor. Son comidas que las ves y parecen pulpa de frambuesa, pero no. Son comidas con otra apariencia. Parece que no, pero re llenan.

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