Marcela Inda

Tarde o temprano

Soñó que llegaba tarde.

Y a pesar de las prisas, no podía dejar de hacer un montón de cosas que se suponía que tenía que hacer antes de salir. Y entonces cada vez llegaba más tarde, como en una película en la que no hay escapatoria. 

La sensación de estar dentro de un mecanismo del que, por más esfuerzos que se hagan, no se puede escapar, porque hay una fuerza superior que nos arrastra en una dirección y allá vamos. Tarde, muy tarde. Y nadie la ayudaba. Enredada. La acción más simple le era costosísima: vestirse, comunicarse, avanzar… El barro del que está hecho el suelo de los sueños, su carácter trágico… El pathos ineludible.

Se despertó.

Respiró un silencio extraño. Era tempranísimo. Pensó que nadie en todo el barrio se habría despertado aún. El reloj estaba muy lejos de sentirse responsable: faltaban un par de horas para que sonara la alarma. Por la ventana entraban las primeras señales de una claridad dudosa. Escuchó. Nada cerca, nada lejos… Más lejos, sí. Ese sonido de autopista que ya no escuchaba, pero estaba ahí…

Sintió, como en un recuerdo, las prisas del sueño. Quiso desestimarlas volviendo a la profundidad. Pero algo la convocaba, algo la había despertado, algo que la iba a hacer levantar. 

Se deslizó lo más suavemente que pudo para no despertarlo. 

Bah, ni que tuviera el sueño liviano, pensó. Pero igual, por las dudas. Había decidido vivirlo, así que ese momento era suyo. Sólo suyo.

La casa toda tenía esa respiración pausada de animal dormido. Los sonidos metidos en una cápsula, como guardados para no sonar. Sólo la heladera, en su eterno vibrar, la acompañaba en esos primeros minutos sagrados. Con gestos mínimos puso la pava, la yerba en el mate. Mientras el agua se calentaba, miró sin ver el mundo por la ventana. Su pedacito de mundo, que dormía ajeno a todo. Una bruma (¿serían sus ojos dormidos?)  cubría las cosas como una fina manta que todavía no se quitaba de encima, que hacía fiaca unos minutos más, un resabio de sueño… 

El sabor del primer mate en la boca en el silencio profundo de la mañana. Hay pocas cosas que puedan decirse mejores en todo el mundo, pensó.

Prendió la compu. Tardaba. Mate. El documento. Mate. 

Y algo instintivo la obligó a chequear, como si pudiera escuchar con cada poro, con cada célula. Nada. La casa seguía durmiendo. Entonces posó las manos y empezó a teclear. Obedecía. Escribía sin ver. Las primeras frases fueron rápidas, sin dudar. Como si alguien se las dictara, como si aún no se hubiera despertado esa crítica que tantas otras veces la hacía detenerse, borrar, ir para atrás.

Avanzaba el relato fácil. La protagonista parecía saber perfectamente lo que hacía. Ella sólo tenía que escribirlo, sólo eso. Por un buen rato se olvidó del mate y de todo. Perdió la noción del tiempo.

Hasta que el primer tren pasando lejos la trajo de vuelta. Le recordó que faltaba poco para que suene la primera alarma. Y ahí estaba. El cambio había sido imperceptible. Pero ya estaba afuera, ajena a la historia, mirando la pila de platos por lavar, el calendario en la puerta de la heladera… Ya repasaba mentalmente la lista de tareas del día, los traslados: escuela, fútbol, dentista, mercado… 

Un pájaro se posó en el alféizar de la ventana. Algo cantó. ¿Le quería decir algo? No podía entenderlo. Había llegado un minuto tarde.

Guardó el documento, cerró la compu y la volvió a arrinconar en el armario de la cocina. El mate se había enfriado. Necesitaba una ducha para activar, para enfrentarse al torbellino de inevitables del día. Se movía mecánicamente. Pero no encontraba las cosas. Los muebles, la ropa, las cosas… No eran más que obstáculos.

Tuvo la certeza de que hoy iba a llegar tarde.

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