Victoria Sarchi

Tiesa

Su cachetada me dejó sorda. La palma sobre el cachete, los dedos contra el oído, todavía retumba el zarpazo que me entregó feliz, como si yo lo hubiera pedido. Me sentí tiesa, como si me hubieran puesto en pausa desde algún control remoto universal que alguien con un aburrimiento mortal maneja desde alguna casa cercana. Una rojez que se asoma poco a poco por mi cara como manchas de petróleo en un mar turquesa.

Mi cabeza podría explotarse del calor que está sintiendo en este instante, todo hierve adentro mío. Lágrimas calientes salen a borbotones. Él se ríe. Yo no. ¡Es que no te despertabas con nada! me dice, dejando ver sus dientes que resplandecen de blancos. Hay gente que sí y gente que no, a los que sí se les ven los dientes cuando hablan y a los que no se les ven para nada. Él es ciento por ciento del primer grupo. Tengo ganas de matarlo ahora mismo, pero es tan hermoso que lo veo sonriendo frente a mí y lo único que quiero es morderle la boca. Está mal lo que hiciste, le digo sin dejar espacio entre palabras. ¿Vos querés perder el vuelo? me responde mientras sale de la cama y lo veo de espaldas, completamente desnudo, se le nota perfecto el límite donde no llegó el bronceado por el uso de la malla, me dan ganas de arrastrarlo nuevamente hacia la cama y montármelo con fuerza pero sigo tiesa, hasta hace apenas un instante este viaje era perfecto, pero ya no. No sé qué hacer. Él entra al baño y escucho que prende la ducha.

Yo siento que debería enojarme, sí, cuando salga del baño voy a enojarme, ¿por qué no me tiró un vaso de agua? Sé que tengo el sueño pesado pero… ¿A quién le parece una buena idea despertarme con un bife? ¡A un violento, eso es lo que es, un violento!… Aunque en estos cuatro meses nunca me pareció, al contrario, ha sido el hombre más cariñoso con el que estuve hasta ahora… voy a tener que estar atenta porque esta salida no puede ser buena, siento una desazón…. ¡Una vez que parecía que había conocido a alguien normal! Escucho que el agua deja de correr, yo sigo sin moverme de la cama, él sale envuelto en una toalla, me ve acostada, vos de verdad querés perder el vuelo, ¿no?, me dice, sonríe y relucen otra vez sus perfectos dientes. Sigo tiesa. Algo cambió. Le veo la boca y no quiero morderla. Acaba de pasar eso. A veces simplemente pasa a lo largo de los años y otras hacen algo tan inesperado que sucede de un segundo a otro, como ahora. No, le digo, no quiero perder el vuelo. Me levanto de la cama con rapidez y me pongo la ropa que elegí la noche anterior para viajar y dejé tendida prolijamente sobre la silla de mimbre de nuestra habitación de hotel caribeño. Él me mira, nota el cambio, todo se nota, creo que hasta el ventilador de techo nota que el aire se ha espesado entre nosotros porque mueve sus aspas con ruidosa pesadez. Me pongo el jean y cuando estoy por abrochar el corpiño en mi espalda siento sus manos en mis hombros. Me pinchan, me asustan, él nota mi incomodidad, fue en chiste, me susurra al oído. Quita sus manos, no insiste en dejarlas sobre mi cuerpo, yo sigo vistiéndome pero mi molestia crece y crece con cada segundo que pasa. Quiero decirle que nunca más me haga esos chistes pero la verdad es que no tiene sentido ya porque acaba de pasar eso… el rechazo, me da rechazo, hasta hace cinco minutos quería estar encima de él y ahora mismo me gustaría no tenerlo cerca. Guardo algunas cosas que me faltaban en mi valija, la cierro.

Él aún no está listo. Lo miro… Voy yendo, no quiero perder el vuelo, le digo y salgo raudamente por la puerta haciendo girar ruidosas las ruedas de mi valija. La puerta se cierra detrás mío y la escucho cerrarse como si fuera una cuchilla filosa de la que acabo de zafarme. Camino sobre una alfombra de divertidos colores hacia el ascensor. Él no me sigue y hace bien en no seguirme. Me espera un largo viaje a casa. Un viaje en silencio.


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