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Le dolían

Por Tato Cayón

Caminó por el centro ida y vuelta unas cuantas veces. “¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?”, era lo único que se preguntaba. Si abría la boca, le salían esas palabras a borbotones, y si se quedaba en silencio, la pregunta era un martillito golpeando por dentro, incesantemente. Ese día le dolían los dedos. Le dolían, hinchados, a punto de explotar. Le dolían tanto las manos, ¡tanto! , que sin pensarlo, las cerraba en puño, como si así le pudiera dar unas cuantas trompadas a la vida. Es que la vida estaba siendo muy poco amable con su cuerpo. 

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Mil maneras de perder

Por Lucía Tirone

Estoy en mi baño contemplando los relieves de mi rostro. Las veo a ellas, mis ojeras, el maquillaje permanente que visten mis ojos. Un color purpúreo, un pigmento borgoñés que quiero que desaparezca. Me amargo profundamente de sólo notarlas. Están conmigo de día y de noche. Las compañeras más fieles que tengo. Desearía que también me abandonaran. Ya está, es el momento, tengo que dejar de tomar. Llegó la hora de romper mi más fuerte y duradero compromiso. Mi compromiso con el alcohol.

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Invitadx, Pecados Capitales

Pereza

Por Valeria Di Toto

Quiero pensar que no va a pasar lo mismo de siempre, aunque nada estaría demostrando lo contrario. Otra vez el mismo cuadro, yo en la cama, yo en la cama con un paquete de oreo, yo en la cama con un paquete de oreo y con un rollo de papel higiénico (porque las carilinas nunca me alcanzan y me da fiaca levantarme). Yo en la cama un viernes a la noche cayendo.

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Invitadx, Pecados Capitales

Ira

Por Roberto Cappella

No puedo dejar de sentirlo. Un asqueroso gusto a metal baila espeso en mi boca. Siento el líquido áspero rasparme el paladar como una lija granulada. Oprime mis labios con violencia implorando una salida. Al mismo tiempo voy cayendo en una profundidad sorda. Como si me hundiera en el mar arrastrado hacia el fondo por una boca negra que me devora y traga hambrienta sin piedad. No me defiendo. No puedo. No pude. No tuve tiempo. Sólo caigo. No hay fondo. 

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Invitadx, Pecados Capitales

Envidia

Por Brenda Bonotto

Está enojada. Es temprano y quisiera no haberse tenido que levantar de la cama. Los sábados -ahora que dejó de asistir a las clases de pintura en Bellas Artes- son para dormir un rato más de lo normal. Le gusta haraganear sin ser vista ni interrumpida en ese momento de intimidad; quedarse en la cama observando cómo se dibujan las figuras de los árboles en la pared cuando la luz atraviesa las rendijas de la persiana, escuchar al pájaro que canta bicho feo. Pero hoy, en este preciso momento, los ojos le pesan demasiado y las manos le sudan, lo cual no suele sucederle muy a menudo. Está nerviosa, sí, pero no es exactamente ese el estado. Siente algo extraño: algo en las vísceras le indica que a partir de hoy tendrá que asumir una responsabilidad a raíz de todo esto que no sabe muy bien cuál es. Nadie logró explicarle muy bien hasta ahora de qué se trata o qué se espera de ella. 

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Japón

Por Aliana Álvarez Pacheco

Como un destello, abro los ojos y por un segundo no sé dónde estoy. Siempre me pasa al cambiar de cama, de casa: mi cuerpo se desorienta y yo también. Tanteo en la mesa de luz y veo en el celular, son las seis y cuarto de la mañana. Félix todavía duerme, aunque su despertar es inminente.

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Mariposas (Segunda entrega)

Por Patricia Suárez

Otro de los ataques que en su momento pasó desapercibido, fue el de las mariposas.

En la residencia de veraneo en Sudamérica del Conde, un gran aficionado a las mariposas, fue invitada la señora Stuart y a su hija, Micaela, cuando ocurrieron los hechos. Había también por esas fechas una media docena de criados, pero ellos no fueron afectados por el singular fenómeno. Al señor Conde lo vinculaba con la señora Stuart una relación íntima, que aún no podía cobrar publicidad por razones del título nobiliario y la respetabilidad. Todavía hay quienes insisten en que el pasado de bailarina en la troupe del Tulsi podía tener alguna injerencia en los miembros de la rancia aristocracia del Conde. Por ende, según cuenta la crónica especializada, se limitó a llevarla en sus viajes a la Polinesia bajo el título de asistente de entomología, materia en la cual la señora Stuart era completamente ignorante. 

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Tuvo suerte

Por Malena Vince

Diciembre:

El Negro, mi viejo, era flojo. Tanto, que no murió de golpe por ninguno de los tres ACV que tuvo sino que se fue muriendo de a poquito. Tuvo suerte, pese a ser debilucho. Su mujer (que en lo concreto ya era su “ex”) decidió no separarse en los papeles porque conocía su historial de desidia médica y también (¿por qué no?) de ímpetu y su último acto de bondad fue dejarle la obra social al viejo. 

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Hámster (Primera entrega)

Por Patricia Suárez

Acá fue donde empezó todo y el primero fue un hámster.

Ocurrió casi al final del verano.

Mandaron al chico a casa de su abuelo, en las afueras de la ciudad. El nene tendría unos seis años, Eduardo, seis para siete, y lo mandaron a la casa del abuelo, el señor Mittler. A los padres les pareció una idea genial: el abuelo había enviudado de su segunda esposa meses atrás, y estaba todavía bastante triste. La hija fue durante la primavera a ayudarlo con las cosas que eran de ella, ropa que donaron al Ejército de Salvación, pequeños efectos personales, de tocador, que echaron a la basura. Se respiraba silencio en la casa, y eso era muy malo. Era una casa de dos plantas, pero a la planta de arriba ni siquiera entraba el canto de los pájaros, o el gorjeo, o el titar o como se diga lo que hacían los pájaros ahí fuera, en el parquecito.

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