Marcela Arza

Clotis

Fuimos en el 504. Paramos en un semáforo, “Albóndigas frescas y despampanantes”, decía el cartel de la rotisería. La vi a mi mamá a través de la ventanilla del auto. Estaba sin gestos. Era un cuerpo de trapo, sin gestos. Mi papá empezó a silbar y que nosotras adivinemos qué canción es. Siempre hacía eso de animar a todos. Siempre quería caer bien y que todo esté bien. Pero no dijimos nada y se quedó callado.  Me caía bien mi papá, pero a veces me daba pena. 

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Marcela Arza, Pecados Capitales

Lujuria

Rebotamos contra las paredes. Me raspaban los ladrillos en ardor y tus manos me tironeaban el pelo. Cerré la puerta del baño y entramos. Te arrinconé en el vértice de la pared. Agarré tu cara como copa de agua en un desierto. Nos besamos a lengua viva toda la piel que podíamos. Entró alguien y simulaste un silencio pero yo seguía. Te desabroché el pantalón apretando la boca para contenerme y subí mi vestido. Vos estabas atento y estiraste la mano para cerciorar la puerta. Te miré a los ojos y te vi ardiendo en el fondo, ahí donde dicen que si mirás ves el alma y me vi ardiendo en tu alma. Las paredes transpiraban como nuestras espaldas.

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Marcela Arza

Helena

Me duele el labio. Pienso en qué fue lo que hice mal. Me paso la lengua por la boca y con la punta saboreo mi sangre. Chorreo. Nadie sale de esta casa, me retumba. No puedo sacarme esa frase de la cabeza.  El sol raja mi cara con una soberbia que duele. Siento como rompe toda mi piel y me dejo. La escucho agrietarse. El aspersor se activa y moja una parte de la entrada. Me da mucha sed verlo. Se rocía de tal forma que queda perfectamente delimitada la tierra mojada y la tierra seca. Es una frontera impenetrable.

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Marcela Arza

Dos lentos y tres chacareras

Las manos le temblaban histéricas. Sus ojos salpicados con sangre observaban a la nada y al todo a la vez. En estado de shock, empezó a caminar entre las ruinas hacia donde creía ver que no había humo. Se tropieza con una pierna. Cae. Las manos seguían en fuga. Mira y se da cuenta de que no hay cuerpo. Abre la boca, y apenas un respiro ahogado rebota dentro suyo. Alguien grita en algún lugar. La neblina de ese humo se concentra tanto que todo se vuelve blanco. Empieza a tantear por dónde ir.

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Marcela Arza

Zapato

Me senté al borde de la cama cuidando de no despertar a Sara que dormía con la boca abierta y roncaba. Me abroché la camisa, me puse el reloj pulsera y miré la hora. Eran las 7 menos 5 de la mañana. A las 7 salía de mi casa. A las 7 y 5 pasaba el colectivo por la esquina. A las 8 tenía que estar en la fábrica. El viaje tardaba 50 minutos, así que tenía el tiempo justo. 

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Marcela Arza

La paloma

Paredón de ladrillos. En lo alto, una ventana con la imágen de una paloma en vitraux. Arbustos pequeños subiendo por los ladrillos, intentando alcanzar la imagen. Lautaro apoyado en el paredón, observando hacia el campo abierto. Julieta con una linterna en la mano, la prende y apaga dos veces contra el paredón. Es de noche. La luna los ilumina.

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Marcela Arza

La carta

Me robaste el alma, cuervo negro. 

Me había estado obsesionando con la limpieza profunda de los muebles de la casa. Había puesto en vinagre las cajitas de plata y a la biblioteca de madera, la había pincelado a barniz. La casa se convertía en detalles brillantes con olor a limpio. Obsesionada. En ese momento estaba limpiando los libros de la biblioteca. Abría uno por uno y sacudía con la franela, así el polvo salía. Libro y escoba. Ya había hecho todo un estante, ciencia ficción y un poco de drama. Cada cinco franela a libro, salía disparada a la ventana y lloraba. Que las lágrimas queden afuera, que adentro reluzca. Afuera, el cielo oscuro con asomadas estrellas en una noche curativa.  

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Marcela Arza

Hakuna Matata

No hay palabras hoy.  

Quisiera ser canción, nomás. 

Un relato es un ordenamiento y acá no hay. No esperen. 

No se puede cambiar el pasado. Las flechitas del reloj sólo avanzan. Crueles. Despiadadas. Dictadoras de sentencia. ¡Que alguien las detenga por favor! ¡Que alguien les saque ese poder! 

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