Marcela Inda

Irau

Pueblo situado en el Pirineo, o eso se cree. De acceso remoto. Esto es: para llegar, hay que ponerle mucha, pero mucha voluntad. 

Su geografía: pequeñísimo valle rodeado de montañas, no le faltan ríos, cascaditas, sitios de ensueño. En el invierno hace un frío que pela, y el verano es escaso, como suspiro de yuppie. El otoño es generoso en colores, y la primavera en setas. No hay mapas detallados del lugar, ni carreteras cercanas, ni estaciones de servicio. Nada facilita el acercarse, y mucho menos el arribar.

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Marcela Inda

Reposera

Embadurnada con protector cincuenta, así toda pegajosa y medio blancuzca, se puso un vestidito sobre la malla, metió el termo en el bolso, miró alrededor. El sombrero, las gafas. Ah, sí, las botellitas de agua del freezer. Se las llevaba así congeladas y le duraban toda la tarde. ¿Qué más? Agarró la mejor reposera, bajó las persianas, y salió. La casita que habían alquilado ese año estaba a sólo cuatro cuadras de la playa, tenía hasta un jardín y una parrillita. Hermosa. Un pino en el patio daba una sombra que se agradecía en el sopor de la siesta. Le iba a preguntar a la dueña si también la alquilaban fuera de temporada, sí. Cerró la tranquerita, y rumbeó con sus bártulos, que ahora no podía evitar que le parecieran poquitísimos, bajo el sol de las cuatro, que decían que no era tan malo como el de las tres. 

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Marcela Inda

Enamorada

Siempre fue excesiva en el amor. De ahogar las plantas, por temor a que les falte agua, de ese estilo. Y a la gente, no sé por qué, le da pavura el ser amada en exceso, se suele sentir asfixiada y entonces le huían, y sufrió durante años las consecuencias de esos deleites de un instante que se transformaban en un dolor de entrañas de la noche a la mañana. 

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Marcela Inda, Pecados Capitales

Gula

Siempre sospechaba de ellas. De ellas y de todos los que se incorporaban a la casa brindando alguna especie de servicio. Pero sobre todo de ellas. Porque eran las que más cerca estaban de sus pertenencias, las que pasaban más tiempo en la casa, las que sabían mucho más de lo que a ella le hubiera gustado. Un mal necesario. Pero, salvo a su marido, jamás lo confesaba, eso nunca. Sólo tomaba recaudos, como le gustaba decir. 

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Marcela Inda

Resaca

“Beber, beber, beber es un gran placer, el agua es para bañarse y para las ranas que nadan bien”. Cantaron, brindaron, bebieron. Recorrieron la ciudad de bar en bar, hasta las tantas. Hasta que la noche se volvió desierta y no quedó barra que les sirviera una cerveza. Se rieron mucho, muchísimo. Se contaron historias increíbles, se confesaron pecados capitales, se adivinaron los pensamientos. Se alojaron en un cuartito, se contuvieron en la escalera, se desnudaron como lo más natural del mundo. Se disfrutaron sin desperdicio, se reconocieron. Se siguieron riendo hasta quedarse dormidos.

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Marcela Inda

Vaho

Es de noche, por lo menos ahí adentro.

En un salón, Marta y Herminia, dos mujeres de mediana edad, en una barra, con escotes que dejan ver. Copas, sonido de vajilla que llevan y traen. La música viene de allá, de la pista. Observan, miden, tantean.

MARTA -Es una lástima que sea tan pollito, tan débil, se da vuelta como una media. Un día te sopla flores al oído y al otro ni te saluda. Vos viste, ¿no? Pasó y ni miró. 

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Marcela Inda

Planta de interior

Qué chiquito y qué grande, el mundo.

Mirando el verde de la hoja del potus de mi cocina me fui de viaje. No sé por qué extraña sinapsis viajé a Ecuador, al verde-profundo-infinito de su selva. Fue hace unos seis años ya, un viaje hermoso, intenso, expansivo. Unos días nomás, pero unos días de inmersión total en esa humedad, en esa sinfonía de capas de sonidos-música, en esa superabundancia de vida.

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Marcela Inda

Tormenta

El ruido de la lluvia no me deja pensar. Truena. Moja. Ocupa todo el espacio a mi alrededor y no me deja pensar. No tengo claridad. Siento que debería estar tomando una decisión. Ya. De manera inminente. Y no amaina. El cielo se cerró y me dejó acá adentro. Adentro de esta lluvia que me envuelve y me confunde. 

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Marcela Inda

Mañana helada

Mañana helada. Helada en serio. Blanco el pasto. Blancos los rincones de la vereda. Entró y puso la estufa al máximo. Fue derecho a la cocina del fondo a calentar el agua, mientras calculaba cuánto tardaría en templarse el ambiente que era ahora más grande que nunca. Volvió al local, y empezó a sacarse capitas: la campera, los guantes… La chalina no, todavía no. 

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