Victoria Sarchi

Pasajera

Estuve muy triste, dije con la voz un poco quebrada y el decirlo trajo de nuevo esa sensación de angustia inacabable por unos segundos. Recordé las persianas de mi luminoso living completamente bajas y la bronca que me daba ver como, aunque las cerrara  con fuerza, se colaban irreverentes los rayos del sol dándole un poco de luz al pozo negro en el que quería refugiarme. Ver todo y a todos en color sepia, sin gracia, sin color, sin atractivo, sin ningún tipo de entusiasmo. Me empeñe en no llorar pero no pude, la memoria de mi amiga sacándome el buzo y la remera de manga larga en pleno mes de enero me deshizo, recordé sus manos pasando crema en mis codos resecos y desenredando mi pelo como a una niña pequeña.

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Victoria Sarchi

Ideal

El estruendo en el piso la asustó. Fue instintivo cerrar los ojos. Automático. El plato de aluminio quedó resonando en el espacio por un rato. De a poco fue descomprimiendo la fuerza que usaba para no mirar y su cara se relajó, siguió con los ojos cerrados por un momento. Los mantuvo así hasta terminar de tragar las ganas que también le daban a ella de revolear cada cosa que había sobre la mesa de la cocina. El vaso plástico con agua, el mantel individual, los juguetes didácticos que lo ocupaban todo. Escuchó el repicar del tenedor plástico contra la mesa de madera varias veces pero seguía sin ver. Tiene ritmo, pensó. Quizá haga música como papá, y esbozó una pequeña sonrisa.

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Victoria Sarchi

Esquivo

Hay un no sé qué en esa mirada que no me gusta. Algo esquivo, algo inquieto, algo que no llego a ver pero que está, que subyace, algo que intuyo que pronto se va a hacer carne. Lo miro mientras recorre la habitación desabrochando su camisa y deja desnudo ante mis ojos su torso fibroso. Me acercaría, porque siempre me atrae su piel al aire libre, pero hay una barrera invisible que me contiene. ¿Todo bien? pregunto lo más casual que me sale, , responde apenas moviendo los labios.

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Victoria Sarchi

París

Vamos a escribirte, a mandarte postales, le dijeron con la ventanilla baja, saludando alegres mientras arrancaban y se zambullían acelerando fuertemente el coche en el camino de tierra dejando una estela espesa y densa de polvo. Violeta, tosió, mientras veía como sus padres iban desapareciendo y cuando dejó de escuchar el motor del auto no pudo evitar dejar caer dos lágrimas enormes sobre el camino. Siempre que la dejaban en la casa quinta con sus abuelos para hacer viajes de “grandes” tenía en su cuerpo, por alguna horas, una sensación como de abandono.

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Victoria Sarchi

Mordiendo

Le rumian los labios, se mueven indecisos, confusos, turbulentos; le chirrían los dientes, la mirada, no perdida, perdidísima sobre la nada, cuánto me gustaría poder leerle la mente en este momento. Espero paciente a que su atención vuelva a mí pero los minutos avanzan y sigue con esa actitud ensimismada, bucólica, una fiebre nostalgiosa que empieza a sacarme de quicio. Hace un rato sacudí un sobre de azúcar con audacia, haciéndome la desafiante, queriendo hacerle creer que sabía perfectamente lo que estaba pensando. Ni se enteró. Abrí el sobre de azúcar y lo vertí por completo afuera del vasito descartable que contenía el café, estaba tan caliente que no lo podía agarrar, revolví con el palito de plástico transparente para mezclar, la poca azúcar que había entrado, y para enfriar, claro, y lo hice con aires de maleva pero no sirvió de mucho porque siguió sin mirarme.

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Victoria Sarchi

Crisopea

Burbujeaba, el calor del fuego le envolvía la cara. No podía mirar hacia otro lado, tampoco podía hacer una respiración profunda porque tenía miedo de que fuera mal interpretada por su maestro, su longevo guía, quien estaba sentado junto al fuego, acompañando con cuerpo y alma su último intento de lograr la crisopea, su último intento de convertir mercurio en oro. Así lo había sentenciado el viejo alquimista ya cansado de no poder lograr la magia que había estado intentando toda la vida. Harto de intentarlo. Última vez, dijo.

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Victoria Sarchi

Cristal

Lo sostengo fuerte entre los dedos para que no se rompa, es cristal, me dijo. Haciendo especial acento con la mirada a la palabra cristal, casi que tratándome de tonta. Me dio tanta bronca que agrandara así sus ojos que le saqué el joyero de las manos con rabia y debo confesar que fue peligroso. Fue un peligro el movimiento. Mi tía quiso insultarme pero se mordió la lengua, tan fuerte se mordió que apenas pudo decir: bueno. Dijo algo más parecido a: dueno. Creo que temía que si seguía hablándome de esa forma instructiva le estrellara su reliquia contra alguna pared de su amplio y extendido living de su piso con vista a la Avenida del Libertador.

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Victoria Sarchi

El humo

Sacate todo hasta quedar vacía, me decía amablemente, pero no me fue tan fácil. Era un manojo de contradicciones y… ¡cómo cansa ser una persona insegura! Es algo extremadamente agotador porque la calma que se siente al tomar “la decisión” aparentemente deseada es efímera, es después un ir y venir, un vaivén angustioso porque esa “paz” obtenida se esfuma cuando aparece la duda y con la duda, otra duda y se empieza a caer en un espiral interminable de vacilaciones hasta que la calma vuelve cuando se sostiene nuevamente una decisión, al menos por un rato, así funciono yo, perdiendo y ganando al mismo tiempo y de a ratos.

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Victoria Sarchi

Rebelión

La insolencia en su mirada era preocupante, se veía el desafío que proponían sus ojos aún estando de espaldas, el sol le volvía el pelo atado en una cola de caballo todavía más dorado y mientras miraba el exterior apoyada en la mesada por la ventana de la cocina, pergeñaba incesantemente como iba a hacer para huir de aquella casa de veraneo que supo ser un paraíso repleto de aventuras al comienzo de la temporada y que ahora se había convertido en un páramo aburrido y carente de atractivo.

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