Victoria Sarchi

Ser cielo

Yo quiero ser parte de eso, pensaba mientras tenía la sien clavada en la ventanilla del automóvil que se movía veloz por la autopista, quería ser celeste, fusionarse, abandonar las formas, todo lo corpóreo y ser flotante, volátil, espiritosa. El día apenas se alzaba y ella ya quería volver a dormir para soñar a ser cielo y poder abarcarlo todo. ¿Cuándo va a valer la pena estar acá abajo? se preguntaba mientras sonaba la radio y el locutor anunciaba la temperatura máxima del día. Los ojos se le enardecieron y lloró en silencio, estaba ya muy acostumbrada a enmudecer su garganta, a llorar sin hacer ruido, podía hacerlo por largos tramos, si hasta hacía viajes enteros sin que lo notara, sin que hiciera ni una mísera mención sobre sus lágrimas, sobre sus ojos irritados, sobre su nariz enrojecida. 

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Victoria Sarchi

La sobremesa

Fue incómoda, lo que parecía que iba a ser una cosa alegre no lo fue y yo creo que nos sorprendió a todos. Ni mi padre, ni su novia, ni mi hermano, ni yo esperábamos lo que finalmente pasó. La sobremesa estaba siendo de lo más tirante, y no había forma de cortar esa soga de la que nos habíamos colgado y que nos mantenía a todos malhumorados y con ganas de hacernos sentir mal unos a otros.

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Victoria Sarchi

Copacabana

Caminábamos por la rambla mirando hacia la playa, había una bruma sobre el agua que lo hacía todo más especial, ya estaba cayendo la tarde y buscábamos un puestito en la playa para tomar cachaça, el viento caliente y pesado nos peinaba bien, nuestra gran preocupación era a dónde íbamos a bailar esa noche y así andábamos, enérgicas sobre las famosas baldosas onduladas negras y blancas de la playa de Copacabana. 

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Victoria Sarchi

La menor

Puso sus dos pulgares en cada uno de mis ganglios del cuello y me dijo, respira y larga el aire despacio. A mí me daba un poco de nervios pero siempre hacía todo lo que me decía. Ella era algo así como la dueña de mi voluntad porque yo no quería más que agradarle todo el tiempo y por eso le decía que sí a todo. Me estaba entregando ciegamente al “juego del desmayo”, me había puesto en sus manos para divertirla, para ser por un rato parte de su mundo, mundo del que toda hermana menor quiere ser parte, un mundo que se le retacea la mayor parte del tiempo.

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Victoria Sarchi

Pasajera

Estuve muy triste, dije con la voz un poco quebrada y el decirlo trajo de nuevo esa sensación de angustia inacabable por unos segundos. Recordé las persianas de mi luminoso living completamente bajas y la bronca que me daba ver como, aunque las cerrara  con fuerza, se colaban irreverentes los rayos del sol dándole un poco de luz al pozo negro en el que quería refugiarme. Ver todo y a todos en color sepia, sin gracia, sin color, sin atractivo, sin ningún tipo de entusiasmo. Me empeñe en no llorar pero no pude, la memoria de mi amiga sacándome el buzo y la remera de manga larga en pleno mes de enero me deshizo, recordé sus manos pasando crema en mis codos resecos y desenredando mi pelo como a una niña pequeña.

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Victoria Sarchi

Ideal

El estruendo en el piso la asustó. Fue instintivo cerrar los ojos. Automático. El plato de aluminio quedó resonando en el espacio por un rato. De a poco fue descomprimiendo la fuerza que usaba para no mirar y su cara se relajó, siguió con los ojos cerrados por un momento. Los mantuvo así hasta terminar de tragar las ganas que también le daban a ella de revolear cada cosa que había sobre la mesa de la cocina. El vaso plástico con agua, el mantel individual, los juguetes didácticos que lo ocupaban todo. Escuchó el repicar del tenedor plástico contra la mesa de madera varias veces pero seguía sin ver. Tiene ritmo, pensó. Quizá haga música como papá, y esbozó una pequeña sonrisa.

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Victoria Sarchi

Esquivo

Hay un no sé qué en esa mirada que no me gusta. Algo esquivo, algo inquieto, algo que no llego a ver pero que está, que subyace, algo que intuyo que pronto se va a hacer carne. Lo miro mientras recorre la habitación desabrochando su camisa y deja desnudo ante mis ojos su torso fibroso. Me acercaría, porque siempre me atrae su piel al aire libre, pero hay una barrera invisible que me contiene. ¿Todo bien? pregunto lo más casual que me sale, , responde apenas moviendo los labios.

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Victoria Sarchi

París

Vamos a escribirte, a mandarte postales, le dijeron con la ventanilla baja, saludando alegres mientras arrancaban y se zambullían acelerando fuertemente el coche en el camino de tierra dejando una estela espesa y densa de polvo. Violeta, tosió, mientras veía como sus padres iban desapareciendo y cuando dejó de escuchar el motor del auto no pudo evitar dejar caer dos lágrimas enormes sobre el camino. Siempre que la dejaban en la casa quinta con sus abuelos para hacer viajes de “grandes” tenía en su cuerpo, por alguna horas, una sensación como de abandono.

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Victoria Sarchi

Mordiendo

Le rumian los labios, se mueven indecisos, confusos, turbulentos; le chirrían los dientes, la mirada, no perdida, perdidísima sobre la nada, cuánto me gustaría poder leerle la mente en este momento. Espero paciente a que su atención vuelva a mí pero los minutos avanzan y sigue con esa actitud ensimismada, bucólica, una fiebre nostalgiosa que empieza a sacarme de quicio. Hace un rato sacudí un sobre de azúcar con audacia, haciéndome la desafiante, queriendo hacerle creer que sabía perfectamente lo que estaba pensando. Ni se enteró. Abrí el sobre de azúcar y lo vertí por completo afuera del vasito descartable que contenía el café, estaba tan caliente que no lo podía agarrar, revolví con el palito de plástico transparente para mezclar, la poca azúcar que había entrado, y para enfriar, claro, y lo hice con aires de maleva pero no sirvió de mucho porque siguió sin mirarme.

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Victoria Sarchi

Crisopea

Burbujeaba, el calor del fuego le envolvía la cara. No podía mirar hacia otro lado, tampoco podía hacer una respiración profunda porque tenía miedo de que fuera mal interpretada por su maestro, su longevo guía, quien estaba sentado junto al fuego, acompañando con cuerpo y alma su último intento de lograr la crisopea, su último intento de convertir mercurio en oro. Así lo había sentenciado el viejo alquimista ya cansado de no poder lograr la magia que había estado intentando toda la vida. Harto de intentarlo. Última vez, dijo.

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