Marcela Arza

En mi casa

La nariz alargada, con la pera redondita. Nariz alargada y grande. Boca de labios finos. Está observando directo la puerta. Su torso, apenas, fantasea un brazo. La cortina de caireles ahí ya no me deja ver, la descuelgo y la apoyo en la cama.

 ¿Cómo no lo vi antes? ¿Cómo vivir con esa imagen sobre la puerta? Es tan real la cara, que me asusto y me subo a la escalera y con cepillo y lavandina, a las 3 de la mañana, rasqueteo la pared. 

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Marcela Arza

Rosal esquelético

Abriste la ventana del living y todo se volvió de un naranja melancólico. Un instante de pasado, bajo mis Nikes verde fluorescente. Seguiste para las habitaciones del fondo. Abrías maderas que crujían, luces destellantes, en lo que había sido el Caserón de Caseros. Lo único que había, era el sillón de tres cuerpos cubierto con las frazadas de invierno. Las frazadas de invierno a cuadros en tonos verdes y azules. Las mismas de siempre.  Las usábamos tres meses y las guardábamos en el placard de arriba, como reliquias. Las lavábamos a mano, al sol de la mañana y las guardábamos dobladas y correctas. Las mismas frazadas de invierno de siempre.

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Marcela Arza

Pésima idea

Te acompaño hasta la esquina. Nos miramos, nos abrazamos corto y fuerte y me decís: te voy a estar esperando. Te aprieto el mentón y te digo que fuiste lo más hermoso del último tiempo. Me doy vuelta y sin mirar atrás, camino apretando la cara para no llorar. Llego al departamento, me cambio y meto la ropa que había dejado secar, en la valija. Reviso el baño, la cocina.

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Marcela Arza

Detalle

Ya se habían ido todos. El eco del bullicio seguía como constante a pesar de la casa vacía. Le pregunte si quería café, y apenas hizo gesto y se desplomó en la silla, con el cansancio de una vida entera. No podía decirle nada. El nudo en la garganta asesina los tímpanos, cuando no hay más nada que hacer, que solo tomar un café. Me senté al lado de ella, le agregue dos de azúcar y prendí un pucho. Había algunos vasos sobre el modular, marcado de un labial violeta. No recordaba quién había estado con ese color en la boca. Tampoco recordaba bien, quién había estado. Como que el día había pasado, da igual si latimos o no. 

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Marcela Arza

Mi primer amor

Uno de los últimos días de enero en Gesell. El día más caluroso del mes. El sol a pleno sobre las canchas de voley. Churros, barquillos y “lloren chicos lloren”. Mi viejo en la orilla habla con Eduardo. Se lo ve efusivo en lo que charlan. El puño de su mano lo demuestra. Mi vieja está sentada, leyendo uno de Stephen King. Tan fanática, que leía de 15 a 20 libros al mes. 

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