Marcela Arza

Hakuna Matata

No hay palabras hoy.  

Quisiera ser canción, nomás. 

Un relato es un ordenamiento y acá no hay. No esperen. 

No se puede cambiar el pasado. Las flechitas del reloj sólo avanzan. Crueles. Despiadadas. Dictadoras de sentencia. ¡Que alguien las detenga por favor! ¡Que alguien les saque ese poder! 

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Marcela Arza

Los sapos, las ranas y Dios

Tenía doce años. Habíamos ido de campamento, con el grupo de la iglesia del Santísimo Redentor a Córdoba, al camping “Sol brilla”. Nos levantábamos temprano, desayunábamos, jugábamos al quemado y a la búsqueda del tesoro con pistas. Las pistas eran salmos adivinanzas. Lo jugamos dos veces. La primera vez, el tesoro fue una metáfora con ramas que me acuerdo que nadie entendió. Y la segunda, el tesoro fue un bizcochuelo con dulce de leche. Tenía doce años. Recién los había cumplido.  

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Marcela Arza

La delicia de la unión

Jorge se empecina en observar y hablar con entusiasmo.

¡Qué nobleza el pisingallo! ¡La magia de la transformación, a través de una tapa Essen! ¡El vidrio empañado del vapor de lo intenso, del estallido de la renovación molecular! ¡Éxtasis entre aceite y centígrados! Nada muere. Todo se transforma. ¡Qué noble! ¡Escuchalos Mabel! ¡Escuchá la magia de lo intenso, de la vida en proceso constante! ¡Escuchá Mabel!

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Marcela Arza

Terror al despertar

De un impulso. Como esos de película, que la persona se levanta, sudando, respirando fuerte, esos impulsos que al verlos resultan mentirosos porque nadie cree que alguien despierte así. Bueno, de ese impulso desperté y mi cuerpo disparó postura. Me senté al borde de la cama y me apreté el pecho con las dos manos. Bien de película. Bien de esas escenas tan sobreactuadas. Mis ojos para todos lados.  Quise gritar para llamar a alguien. ¿Pero a quién?

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Marcela Arza

Prendió la luz

Prendió. 

Prendió la luz de la cocina. Hace seis meses que la luz de la cocina no anda, entonces hay un velador, que le da luz a la cocina. Seis meses de desenchufar y enchufar el microondas para así, no tener el cable cruzando por toda la cocina, el cable del velador. Pero hoy prendió. Prendió la luz de la cocina. Y déjenme decirles, que la solución no fue nada heroica. No. La solución fue, lo que por estos seis meses varias personas me dijeron y que justamente la semana pasada a una amiga le comenté en tono irónico, imitando la voz de aquellos ilustres que se dieron cuenta, ¿no será la lamparita? ¿No probaste en cambiarla? A lo que yo me preguntaba, para mí, en mi mente, ¿la gente me cree idiota? 

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Marcela Arza

El mejor día de mi vida

Ese día, como quien dice, había empezado con el pie izquierdo. Literalmente, me desperté y bajé el pie izquierdo al piso. Apenas tocaron la cerámica, los dedos se inundaron en un charco de meo caliente, y no va que metí el otro pie también. Los dos. Parada sobre el meo. Alfonsa me miraba socarrona. Se reía de mí despertar con maullidos que exigían desayuno. Fui al baño, para limpiarme y ahí descubrí que no había luz. Me limpié a oscuras y en la cocina ¿qué había?  Un charco de agua, rodeando y amenazando la heladera. Charcos, charcos. Alimenté a la gata que a esa altura me daban terror sus alaridos de hambre, y sequé el piso y la heladera por dentro, y en un momento, pisé para atrás, Alfonsa se me metió entre los pies, me quise apoyar en la mesada, pero trastabillé y caí de lleno con el huesito dulce en el piso mojado de la cocina. Despatarrada, veía como la gata me caminaba encima ronroneándome. 

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Marcela Arza

Engaño

Su cara por todos lados. Del bolsillo de su pantalón, saca un chicle, que mete en su boca, mientras lee: Vivo o muerto. Recompensa 100.000. 

Eli, hace un globo con el chicle mientras observa con detenimiento la imagen de su rostro dibujado y fotocopiado, pegado al poste de luz. Se acerca y limpia el papel, como queriendo acomodar su pelo. El pelo dibujado. 

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Hitchcock, Marcela Arza

El sonido del silbato

Dorothy sale del departamento y cierra la puerta. El pasillo está atravesado por una larga alfombra roja, paredes de empapelado de rombos naranjas y un silencio ensordecedor.

Sus manos sudan, no puede dejar de moverse, o mover algo de sí. Toca el timbre de la puerta vecina. Mira hacia un lado, el pasillo pareciera no tener fin, miles y miles de puertas multiplicadas lo más lejos que la vista aguante, y del otro lado, a una distancia menor, un ascensor con la puerta abierta. Nadie contesta. Vuelve a mirar hacia el ascensor. Afina la vista y logra verse en el espejo roto que hay adentro, entre paredes, también empapeladas. Lo único roto en todo el lugar. Su imagen desfigurada. Sus ojos desorbitados. Enojándose por su reflejo, aprieta el puño y golpea la puerta. Se abre. Como si nunca hubiese estado cerrada. 

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