Marcela Inda

La tarde fue una fiesta

Miré alrededor. Parecía Kabul. Empecé por los almohadones, que habían sido bombas de una batalla campal. Y cada uno volvió a su lugar en los sillones. También las mantas, que fueron techos de casas, refugios y cuevas. El taburete del piano, que había bailado hasta la otra punta del cuarto. Los cucharones de madera, que supieron ser varitas de Harry Potter volvieron decepcionados a la cocina. 

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Marcela Inda

Eclipse de ballena

Miraba el horizonte con una tristeza infinita. Con esa mezcla de desasosiego y detención que le había tomado el cuerpo y el alma hacía meses. La muerte había entrado en su almanaque, le había magreado las carnes y silenciado el cerebro. Una inyección de nada. Esa era su sensación. La nada palpable en el cuerpo. Y ahí estaba, parada frente a ese mar inmenso, azul, brillante. El cielo despejado, transparente, era casi una burla. Y el viento. El viento que soplaba con una fuerza descomunal, como si intentara sacudirla, despertarla.

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Marcela Inda

Espero

Espero que la máquina se reinicie. El cosito da vueltas, ella está “pensando”. Eso nos dicen para que la respetemos un poco, o para que nos banquemos la espera. Esa, que es una de las tantísimas pequeñas esperas de hoy. Espero que el agua se caliente. Espero que el baño se desocupe. Espero que hoy no haga frío. Espero haber acertado con el abrigo. Espero el bondi. Espero que esté vacío y me pueda sentar. Me siento y espero. Espero encontrar el lugar. Toco timbre y espero. Espero en la cola para ser atendida. Espero mi turno. Espero que me toque una persona habilidosa, y que sea rápido e indoloro. Espero terminar pronto. Espero el resultado. 

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Marcela Inda

Letras Impresas

No había pegado un ojo, y no era la única. En la pensión, todos habían escuchado la cadena nacional pasadas las tres de la mañana, y desde entonces, acurrucada en su camita, no podía entrar en calor. El cuerpo se le había llenado de frío. Le daba vueltas a las palabras, se enredaba en las sábanas y no sacaba nada en limpio. A las seis se levantó, calentó agua y se hizo un café, se acicaló y salió rumbo a la panadería. Sea lo que fuera ese día, la gente iba a ir a comprar el pan igual, pensó.

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Marcela Inda

Mapa

Fue construyendo un mapa. Un contorno, una geografía. Sabe que primero hay que recorrer el terreno ignoto, con una observación minuciosa. Prestar atención a sus relieves, a sus colores, a sus irregularidades, sobre todo. Porque una tierra tan real como él, tiene, sobre todo, irregularidades. O, mejor dicho, particularidades. Así que se dedicó a eso durante bastante tiempo. Lo observaba con curiosidad, sí. Pero no con espíritu científico. Era más bien la adrenalina de un voyeur, que espía a escondidas a ver si descubre un nuevo lunar, un gesto, una forma de andar, un impulso… Todo suelto es caos. Una base de datos disímiles, algunos absolutamente nimios, en apariencia sin ninguna importancia. Pero reuniendo las piezas aparece el mapa, y se configura eso vivo, respirante, que sigue siendo ignoto, porque las capas son infinitas, pero se hace cuerpo-zona-vibración un poco más cercana. Y no deja de despertar curiosidad. 

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Marcela Inda

Volver

Noche. Humedad. Una llovizna que casi no es, y sin embargo… Los adoquines resbalan, pero ella no encuentra la vereda. Deambula. Cree que va hacia… pero no. En algún lugar de la cuadra hay un farol, o alguna especie de luz que dibuja líneas en lo mojado. Parecen saltar, cambiar, desdibujarse. ¿O es ella?

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Marcela Inda

Él

Él

Me pasó una cosa de lo más extraña. 

Caminaba por un sendero hermoso, como todos por acá, y la mirada periférica vio algo que se salía del espectro. Algo pequeño, pero diferente. Me detuve, me acerqué, me agaché. Era un caracolito diminuto, mejor dicho, sólo su caparazón. Así rayadito, con círculos concéntricos que iban del marrón al amarillo brillante. Parecía olvidado hace siglos, como un último recuerdo de cuando, hace millones de años, el mar pasó por acá. Bello. Una pequeña perla en el camino, que llevé en la mano un rato, y guardé en el bolsillo un rato más tarde, como quien se lleva de recuerdo una piedrita de por ahí. 

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Marcela Inda

Será la primavera

Estaba “des-ejercitada”. No sé cómo explicarlo (y ella tampoco). Fuera de training, algo así. Marmota, dormida, un poco despistada. Muy concentrada, pero en otras cosas, vaya uno a saber en qué. Allá iba, con sus quehaceres y sus demases. Sus bemoles y sus vaivenes. Iba y venía. Pero no se enteraba. A su alrededor pasaban las estaciones, las cosas, las personas, los trenes…

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Marcela Inda

Irau

Pueblo situado en el Pirineo, o eso se cree. De acceso remoto. Esto es: para llegar, hay que ponerle mucha, pero mucha voluntad. 

Su geografía: pequeñísimo valle rodeado de montañas, no le faltan ríos, cascaditas, sitios de ensueño. En el invierno hace un frío que pela, y el verano es escaso, como suspiro de yuppie. El otoño es generoso en colores, y la primavera en setas. No hay mapas detallados del lugar, ni carreteras cercanas, ni estaciones de servicio. Nada facilita el acercarse, y mucho menos el arribar.

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Marcela Inda

Reposera

Embadurnada con protector cincuenta, así toda pegajosa y medio blancuzca, se puso un vestidito sobre la malla, metió el termo en el bolso, miró alrededor. El sombrero, las gafas. Ah, sí, las botellitas de agua del freezer. Se las llevaba así congeladas y le duraban toda la tarde. ¿Qué más? Agarró la mejor reposera, bajó las persianas, y salió. La casita que habían alquilado ese año estaba a sólo cuatro cuadras de la playa, tenía hasta un jardín y una parrillita. Hermosa. Un pino en el patio daba una sombra que se agradecía en el sopor de la siesta. Le iba a preguntar a la dueña si también la alquilaban fuera de temporada, sí. Cerró la tranquerita, y rumbeó con sus bártulos, que ahora no podía evitar que le parecieran poquitísimos, bajo el sol de las cuatro, que decían que no era tan malo como el de las tres. 

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