Marcela Inda

Mañana helada

Mañana helada. Helada en serio. Blanco el pasto. Blancos los rincones de la vereda. Entró y puso la estufa al máximo. Fue derecho a la cocina del fondo a calentar el agua, mientras calculaba cuánto tardaría en templarse el ambiente que era ahora más grande que nunca. Volvió al local, y empezó a sacarse capitas: la campera, los guantes… La chalina no, todavía no. 

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Marcela Inda

Gaumont KM 0

La invitó al cine. Quedaron en la esquina de Callao y Rivadavia. Ella pensó que irían caminando hasta Corrientes, a alguno de los cines de la avenida, y había mirado el horario en que pasaban “Frida”. Hacía unas semanas que estaba en cartel y tenía muchas ganas de verla. Quizás por eso le dijo que sí, vamos al cine, dale, de una. No se moría de ganas de salir con él. Pero sí de ver la peli.

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Marcela Inda

Gift Card

Se acerca su cumpleaños. Cumple en primavera, en esos días de septiembre en que el viento sopla, parece, en todas las direcciones. El viento tiene que desparramar semillas, es así, es la naturaleza… Pero, ¿él? Él empieza a mudar de humor, como una serpiente de piel. Es cambiante, imposible anticipar el pronóstico. Creo que lo trastorna cumplir años, no ser dueño del paso del tiempo. Hay que llevar saquito, paraguas, y manga corta. Nunca se sabe.

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Marcela Inda

Hasta Mañana

Éste compró un huevito, éste le puso sal, éste lo puso a asar. Éste probó un poquito. Y este pícaro gordito… ¡se lo comió toditooo!

Desde chiquito se había dado cuenta de que la cosa es comunitaria, de que nada se logra solo. Que necesitamos de los otros, y que cada uno puede aportar algo distinto, algo personal, su “métier”.  Y también se había dado cuenta, como dice la canción, de que siempre al final de la cadena, hay un pícaro gordito que se aprovecha del trabajo de todos y se lastra los dividendos. 

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Marcela Inda

Resabio

Parece que una historia es una historia si alguien la cuenta. El relato le da existencia, además de punto de vista, juicio, contexto y demás etcéteras.  Pero, ¿qué pasa con las no-dichas?  ¿Son historias? ¿Son? ¿Quedan ahí, de costado, en un olvido más marginal aún que las otras faltas de memoria? Quedan. Sí. Pero tal vez más confusamente, como nos resuena raro en el cuerpo todo el día un sueño que ni sabemos que tuvimos la noche anterior.

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Marcela Inda

Despacio

Se mudó a un séptimo piso con balcón. Luminosísimo. Hizo pintar las paredes de blanco, sólo blanco. Más luz. Llevó sólo lo necesario, lo mínimo. Lo demás, lo regaló. Era un nuevo comienzo, y trató, tanto como pudo, de escapar de la ansiedad, del apuro, de todo lo que comúnmente conlleva una mudanza. Estaba decidida a ir más despacio. 

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Marcela Inda

Ella

Pinotea. Finamente tallada. Con terminaciones y herrajes que ya no brillan pero permanecen, durando como duran las cosas buenas. Porque es buena, se nota. Una lona algo desteñida, reemplazo de la original, y ahora cubierta por una elegante pero sobria manta tejida en telar. Una mecedora que debe tener bastante más de cien años.

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Hitchcock, Marcela Inda

Ventanas

Sobre las nueve entra a su casa.

Enciende una a una las luces bajas, tenues, que eligió porque generan sombras, colores cálidos y rincones, son luces que juegan con las cortinas a medio correr.

Deja la cartera, se descalza en el camino. La llave cae en la mesita, el teléfono en el sillón, el echarpe en el pasillo. Como un dique que se abre, pero en cámara lenta, va dejando caer cada cosa, cada prenda, mientras recorre, en un estudiado ir y venir, las habitaciones del departamento desfilando por sus ventanas abiertas. Porque es eso, es el desfile del llegar. Y disfruta ofreciéndolo. A la familia tipo que está cenando, a los estudiantes del décimo piso que ya están provistos de binoculares, a la niña curiosa que espía ese mundo desconocido, a los invisibles que se avergüenzan tras persianas y cortinas, pero que ella conoce bien. Los sabe esperarla. Los deleita con su estar tan suave, tan musical. Tan entero, tan cuerpo.

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