Victoria Sarchi

Siesta y Febrero

Yo miro por la ventana sin saber bien qué mirar y la escucho quejarse de que ya está cansada, harta de que siempre pasen la misma película. ¿Cómo se llama? Dice y de repente eleva su voz ¡El diablo viste a la moda, otra vez, todo el día, pero qué cosa, che!  Ella me mira acostada desde el sillón, el cable ya no es lo que era antes con esto de Netflix, me contesta. Me hace reír, cuando la gente habla muy segura de algo me da gracia. Vuelvo a mirar por la ventana pero sigo sin saber qué mirar, hay un edificio en construcción enfrente, patios y jardines de casas, algunas con piletas, todo se ve lejano desde el piso doce, menos el cielo.

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Victoria Sarchi

La corteza

Su mano agarra con tanta fuerza el tronco del árbol que hace que este pierda poco a poco la corteza. Está en cuclillas, las puntas de los dedos de los pies se mantienen estoicas haciendo equilibrio. En la rama de abajo, Mary, su hermana menor sacude la cabeza y el flequillo largo que le tapa los ojos se mueve veloz hacia un lado y el otro. Shhh, quedate quieta, le dice apenas moviendo los labios. Está atardeciendo, el sol cae lento en el horizonte, se escucha el graznido de los cuervos que también, como las niñas, vuelan ávidos en busca de refugio.

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Victoria Sarchi

Teoría Retrovisor

Hice una cuenta dañina. De esas que te hacen sentir que ya hace un rato largo que permanecés en el mismo estado, en el mismo sitio, en la misma situación. De esas cuentas un poco malignas que llevan a conclusiones que aseveran que todo a tu alrededor mutó, evolucionó, vivió una metamorfosis y vos no. Vos seguís igual. Estancada. Enraizada. Inalterable. Por un rato me la creo, me comparo, me castigo, me hecho culpas, voy y vengo en pensamientos estériles que hacen que me hunda más y más en mi idea de estatismo.

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Victoria Sarchi

Es el jazmín

Andar. Caminar con la mirada sobre las baldosas sin tomar en cuenta el ambiente, ni los lados, ni a quien vaya por detrás o por delante.Tan sumida, absorbida al propio mundo, tan desatenta al exterior que se comparte, tan en automático, tan de memoria hago el camino que me pierdo cualquier cambio, cualquier alteración, cualquier variación posible en el recorrido. Tan más adelante, en aquello que no existe y por momentos tan atrás, en aquello que tampoco existe más. Desorientada. Extraviada. Lejos, demasiado lejos.

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Victoria Sarchi

Piedras Blancas

Otro primero de año en “Piedras Blancas”. Con el sol demoledor del litoral que te presiona firmemente a inventarte alguna sombra. La sombrilla turquesa de mamá está plantada cerca de la orilla con todos los trastes que llevamos para jugar en la playita. Mi abuela ya anunció que está lleno de palometas, que tengamos cuidado al entrar al río. Y así estamos los tres, queriendo entrar al agua pero no al mismo tiempo.

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Victoria Sarchi

Voz

Tu voz honda entra con densidad, con consistencia, se vuelve espesa y de a poco me perfora la piel. Te tengo sentado atrás, hablás como si yo no estuviera. Y no lo estoy, es cierto, porque tus palabras, aunque resuenan, no generan ningún sentido para mí pero el sonido de tu voz sí, ese sí me lastima. Estoy totalmente inexpresiva, enfocada en generar un campo electromagnético alrededor mío, una burbuja protectora para que tu vibrato no me envuelva, no me atrape, no me saque las ganas de seguir buscando, deseando, intentando. Hoy estás empecinado en ser brutal, insensible, lo sentí desde las primeras cuadras que caminamos juntos, pusiste cara de aburrimiento cuando te dije que fuéramos a ver el río. 

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Victoria Sarchi

Descontrol

Controlate un poco, no seas tan sensible, me dijo bajito y con disimulo, no de una forma evidentemente ofensiva pero sí demostrando un rotundo hartazgo hacia mis expresiones emocionales, más puntualmente hacia mis sentimientos. Por supuesto que en cuanto escuché su comentario, me sucedió lo contrario, el descontrol me contaminó todo el cuerpo, la garganta se me cerró tanto que parecía que me había atragantado con un trapo de cocina recién salido del secarropas y las lágrimas no salían de a una, pausadas, una atrás de la otra, no… mis lagrimales eran como dos canillitas diminutas completamente abiertas vertiendo agua sin cesar ni por un sólo instante.

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Victoria Sarchi

No va más

Siempre había relacionado el olor impregnante de la Estación de Retiro con el goce, con el recreo, con la aventura, con el deleite de comprar libros de bolsillo que jamás iba a leer pero nunca más fue así. Ese día no sólo empecé a detestar la Estación de Retiro sino que el mismo hecho de toda la existencia empezó a parecerme ridícula. Nos sentamos en uno de los bares a esperar el FlechaBus, ese que a mis dos hermanos y a mí nos llevaba a lo desconocido, ese mismo autobús de dos pisos que a mi padre lo llevaba a rascarse y hacer sangrar viejas heridas. Vino el mozo y pidió cuatro pebetes de jamón y queso con cuatro coca-colas. Yo apenas llegué a decir, sin mayonesa, mientras el mozo se alejaba. Papá solía hacer eso de unificarnos a todos en un mismo pedido sin importar si alguno tenía deseo de otra cosa. Ya no. 

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Victoria Sarchi

Eugene

Sonriente junto a su ventana, con una gran panza que le impide arrimarse del todo, cachetes inflados, rebosantes de rosado, generosamente calvo, espera expectante, preparado, para su momento favorito del día. Ya tiene una edad en la que no espera que la vida le depare aventuras fascinantes, aunque encuentra fascinante el saber apreciar, finalmente, las pequeñas cosas cotidianas como un buen ataque de risa. Mueve la cabeza hacia un lado y hacia el otro. Sin perder la sonrisa, con la seguridad de quien sabe que está perfectamente bien ubicado en tiempo y espacio.

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Victoria Sarchi

Los tres

Lo estoy haciendo todo mal, pienso mientras estrujo con fuerza un vaso de plástico descartable todo mordido y lo tiro a la basura. Con la bolsa de residuos en la mano descarto enteros los platos descartables repletos de chizitos sin tocar. No voy a guardarlos porque seguramente el cumpleaños siguiente Ramiro ya no sea un fan acérrimo de Rayo Mc Queen. Qué agradable es el silencio después de cuatro horas consecutivas a grito pelado de niños y adultos. Adrián me dijo que no compre chizitos, que los nenes ahora ya no los comen porque los padres son más conscientes de la alimentación saludable y ya no se los dan, pero no lo escuché… Y tenía razón, cosa que nunca le voy a decir.

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