Marcela Inda

Letras Impresas

No había pegado un ojo, y no era la única. En la pensión, todos habían escuchado la cadena nacional pasadas las tres de la mañana, y desde entonces, acurrucada en su camita, no podía entrar en calor. El cuerpo se le había llenado de frío. Le daba vueltas a las palabras, se enredaba en las sábanas y no sacaba nada en limpio. A las seis se levantó, calentó agua y se hizo un café, se acicaló y salió rumbo a la panadería. Sea lo que fuera ese día, la gente iba a ir a comprar el pan igual, pensó.

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Victoria Sarchi

París

Vamos a escribirte, a mandarte postales, le dijeron con la ventanilla baja, saludando alegres mientras arrancaban y se zambullían acelerando fuertemente el coche en el camino de tierra dejando una estela espesa y densa de polvo. Violeta, tosió, mientras veía como sus padres iban desapareciendo y cuando dejó de escuchar el motor del auto no pudo evitar dejar caer dos lágrimas enormes sobre el camino. Siempre que la dejaban en la casa quinta con sus abuelos para hacer viajes de “grandes” tenía en su cuerpo, por alguna horas, una sensación como de abandono.

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Marcela Inda

Mapa

Fue construyendo un mapa. Un contorno, una geografía. Sabe que primero hay que recorrer el terreno ignoto, con una observación minuciosa. Prestar atención a sus relieves, a sus colores, a sus irregularidades, sobre todo. Porque una tierra tan real como él, tiene, sobre todo, irregularidades. O, mejor dicho, particularidades. Así que se dedicó a eso durante bastante tiempo. Lo observaba con curiosidad, sí. Pero no con espíritu científico. Era más bien la adrenalina de un voyeur, que espía a escondidas a ver si descubre un nuevo lunar, un gesto, una forma de andar, un impulso… Todo suelto es caos. Una base de datos disímiles, algunos absolutamente nimios, en apariencia sin ninguna importancia. Pero reuniendo las piezas aparece el mapa, y se configura eso vivo, respirante, que sigue siendo ignoto, porque las capas son infinitas, pero se hace cuerpo-zona-vibración un poco más cercana. Y no deja de despertar curiosidad. 

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Victoria Sarchi

Mordiendo

Le rumian los labios, se mueven indecisos, confusos, turbulentos; le chirrían los dientes, la mirada, no perdida, perdidísima sobre la nada, cuánto me gustaría poder leerle la mente en este momento. Espero paciente a que su atención vuelva a mí pero los minutos avanzan y sigue con esa actitud ensimismada, bucólica, una fiebre nostalgiosa que empieza a sacarme de quicio. Hace un rato sacudí un sobre de azúcar con audacia, haciéndome la desafiante, queriendo hacerle creer que sabía perfectamente lo que estaba pensando. Ni se enteró. Abrí el sobre de azúcar y lo vertí por completo afuera del vasito descartable que contenía el café, estaba tan caliente que no lo podía agarrar, revolví con el palito de plástico transparente para mezclar, la poca azúcar que había entrado, y para enfriar, claro, y lo hice con aires de maleva pero no sirvió de mucho porque siguió sin mirarme.

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Marcela Inda

Volver

Noche. Humedad. Una llovizna que casi no es, y sin embargo… Los adoquines resbalan, pero ella no encuentra la vereda. Deambula. Cree que va hacia… pero no. En algún lugar de la cuadra hay un farol, o alguna especie de luz que dibuja líneas en lo mojado. Parecen saltar, cambiar, desdibujarse. ¿O es ella?

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Victoria Sarchi

Crisopea

Burbujeaba, el calor del fuego le envolvía la cara. No podía mirar hacia otro lado, tampoco podía hacer una respiración profunda porque tenía miedo de que fuera mal interpretada por su maestro, su longevo guía, quien estaba sentado junto al fuego, acompañando con cuerpo y alma su último intento de lograr la crisopea, su último intento de convertir mercurio en oro. Así lo había sentenciado el viejo alquimista ya cansado de no poder lograr la magia que había estado intentando toda la vida. Harto de intentarlo. Última vez, dijo.

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Marcela Arza

En el hueco

A Bandini lo adopté hace un mes. Con Chinaski vivimos juntos hace seis años. Desde ese día, el Chino duerme afuera y Bandini encima mío chupeteándome como mamadera. No duermen juntos, pero juegan y sobre todo de noche con gritos, corridas y drama. Hace un mes que duermo poco porque tiraron la maceta del patio, porque tiraron una bola de cristal que tenía de decoración y porque los juegos se me confunden en feroz pelea. 

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Marcela Inda

Él

Él

Me pasó una cosa de lo más extraña. 

Caminaba por un sendero hermoso, como todos por acá, y la mirada periférica vio algo que se salía del espectro. Algo pequeño, pero diferente. Me detuve, me acerqué, me agaché. Era un caracolito diminuto, mejor dicho, sólo su caparazón. Así rayadito, con círculos concéntricos que iban del marrón al amarillo brillante. Parecía olvidado hace siglos, como un último recuerdo de cuando, hace millones de años, el mar pasó por acá. Bello. Una pequeña perla en el camino, que llevé en la mano un rato, y guardé en el bolsillo un rato más tarde, como quien se lleva de recuerdo una piedrita de por ahí. 

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